• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Agustín Ortega
No hay verdadero amor sin promoción de la justicia en la transformación del mundo, para que se vaya ajustando al Reino de Dios

(Agustín Ortega).- Nos llega una buena y bella noticia: al querido salvadoreño monseñor Oscar A. Romero se le sigue reconociendo su santidad y será canonizado; junto a la ya anunciada de otro testimonio de la fe, al servicio del bien y de la justicia con los pobres de la tierra como es Pablo VI, al que tanto admiraba monseñor Romero.

Dos santos y testigos que tanto aportaron a la espiritualidad, a la solidaridad y a un desarrollo humano, liberador e integral en la equidad con los pobres. Siguiendo una de las últimas intervenciones de monseñor Romero, "la dimensión política de la fe desde la opción por los pobres", que está considerada como uno sus legados espirituales-teológicos y éticos, vamos a presentar diversas claves o realidades que nos muestra la vida y santidad de este ya santo del Salvador. Y qué, cómo vamos a ver, actualiza y profundiza el espíritu y enseñanza del Concilio Vaticano II.

Como todo santo, la vida de monseñor Romero está entrañada en el amor a Dios y al prójimo. Una existencia en la fe que, en el seguimiento de Jesús, se hace caridad fraterna con el otro, solidaridad transformadora con los pueblos y justicia liberadora con los pobres. Monseñor Romero vive esta espiritualidad teologal del Don (Gracia) del Amor de Dios, que le lleva a la vida santa y mística en la comunión fraterna con Cristo, con su Iglesia y con los pobres. Es una mística de los ojos abiertos que, con el principio-misericordia y la ética de la compasión, mueve a la encarnación solidaria en la realidad y en las esperanzas, sufrimientos e injusticias que padecen los seres humanos, los pueblos y los pobres.

Por tanto, monseñor Romero es testigo ejemplar de esa constitutiva dimensión social, pública y ética-política de la fe, la caridad política. Tal como nos enseña la teología y el magisterio de la iglesia con los Papas como Pío XI, Benedicto XVI o el Papa Francisco. Siguiendo asimismo al Vaticano II (GS 30), frente a un cristianismo burgués e individualista con un espiritualismo desencarnado, la fe y la ética no se pueden privatizar ni hacer que caigan en un individualimo insolidario.

No hay verdadero amor sin promoción de la justicia en la transformación del mundo, para que se vaya ajustando al Reino de Dios. Por la caridad política buscamos la civilización del amor y el bien común más universal. Toda esta caridad social y política, en la promoción de la justicia social (global), nos lleva a la opción por los pobres como sujetos de la misión y del desarrollo humano, liberador e integral.

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