• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Esperanza en la cárcel

(Xaquín Campo Freire).- Sí. Me duele el alma. Podía ser mi bisnieta. He recorrido los cien kilómetros de Teixeiro a Ferrol en un continuo sollozo. Y ahora estoy escribiendo y llorando. ¡Qué triste morir en la cárcel! Nadie la quería y decidió acabar, dijo con mucha pena una compañera.

Y sin embargo fue ella quien hace un mes consoló a su compañero en el desamparo cuando le llegó la noticia de que hacía tres días que un hermano de él había fallecido en una carretera de Madrid.

"La cárcel, la fábrica del llanto y el telar de las lágrimas". Maldigo a cuántos se les llena la boca diciendo: Que se pudran en la cárcel. Política de baja estofa o de taberna o incluso de alta alcurnia, mientras no les toque a ellos. Nunca entraste en ese lugar. Pues no hables. Y no me refiero al edificio. Estoy hablando de la soledad.

La cárcel consiste en eso: un único día que se repite inexorablemente 365 rutinarias veces cada año, multiplicado por los años de condena.

Qué poco saben de humanidad los que piden cadena perpetua revisable. Qué fácil es hablar desde un diván confortable arreglando el mundo, a ver quién dice la palabra más gruesa. Que les corten la cabeza, diría la Reina de Corazones. ¡Qué cómodas las butacas de los Parlamentos!

8 de marzo de 2018. ¡Vaya trofeo! Otra mujer sale con los pies por delante. Su vida fue triste. Madre muy joven y luego abusada en grupo. Y le quitan el hijo fruto de ese ultraje.

¿Qué sabréis los que salváis el mundo a golpes de Código Penal? Los códigos penales no salvan a nadie ni arreglan ningún problema. Sólo satisfacen odios vindicativos de los bien situados en el sistema y de cantos quieren sangre de pobres. Porque no nos engañemos. En la cárcel sólo están los pobres. Porque un rico o estudiado en la cárcel no tiene las mismas penalidades. Lean el libro de D. Mario Conde.

¿Por qué el art. 25, § 2 de la Constitución nunca se desarrolló? Para que todo lo de la reinserción, rehabilitación y resocialización constituyera una letra muerta.

Querida María: (Un nombre universal, con objeto de la protección de datos. Protegemos tus datos y no supimos protegerte a ti en tu vida). No te conocí físicamente. Pero tocaste mi corazón de voluntario en la cárcel. Hace tres años hice un máster de Pastoral Penitenciaria. La tesina fue: Aprendiendo a acompañar soledades en la cárcel. Hoy tengo una sensación de inmensa tristeza. Parodiando a Bécquer: ¡Dios mío, que solos se quedan los presos!

En la prisión todo el mundo padece soledad. Los funcionarios también.

La cárcel es la grande solución que ofrecemos para todo. Como el basurero de Meirama. La basura que generamos la llamada civilización va toda para allá, para lejos, y no importa cómo se trate.

Pero estos son seres humanos. Un altísimo porcentaje son psiquiátricos, neuróticos, psicóticos, etc. Da igual. Lo importante es sacarlos de delante y que se pudran allí. Tenemos una grande necrofilia apegada el alma colectiva.

Tengo que decirte adiós, amiga. Hoy me tocó celebrar misa ahí donde tú falleciste. Ya quisiéramos en las parroquias vivir tan intensamente estas celebraciones. Tú y tu familia, tus niños, llenasteis de ternura una fe profundamente encarnada en la realidad de la vida. Que sepas que alguien lloramos por ti. Sufriste mucho. Pero tu vida no fue inútil. Muchos corazones, gracias a ti, lucharemos por un mundo más justo.

Esa sí que es Semana Santa sin trampas ni capuchones. Y aquí la fe no navega a golpes de reportajes declarados de interés turístico por la Xunta de Galicia.
Queridos todos, los de los centros penitenciarios del mundo, agradezco que de vez en cuando me devolváis humanidad y no pueda remediarlo.

Cómo me duele el alma hoy: estoy llorando por una mujer.