• Director: José Manuel Vidal
Opinión
José María Álvarez
Si de verdad consideramos como valores positivos para la sociedad la igualdad, la libertad, la democracia, la participación, la creatividad, también han de serlo al interior de la Iglesia

(José María Álvarez*).- No puedo dejar de decir algo sobre la mujer en la Iglesia católica en el día después de la masiva reivindicación de los derechos de la mujer. Estuve en Gijón en la manifestación. Fue en verdad impresionante. Como en muchísimos otros lugares de España. Personas habituadas a este tipo de concentraciones no daban crédito a la cantidad de gente que se habían concentrado en la Plaza del Humedal. Durante todo el tiempo que estuve allí, pensaba también en la situación de la mujer en nuestra Iglesia.

Pudo haber alguna pancarta fuera de todo o de sitio, pero lo fundamental que se pedía para las mujeres era dignidad, un trato igualitario, teórico y práctico. En casa, en el trabajo, en las leyes. Yo creo que el mensaje ya ha calado en la mayoría. No se debe hacer nunca discriminación de género, no se debe hacer ni consentir ningún tipo de abuso, ni en manada ni individual. En esta lucha debemos implicarnos todos. También los hombres que estamos a favor de una sociedad cada vez más igualitaria. Para ello es necesario, entre otras muchas cosas, hacer leyes que impidan la discriminación o los abusos, el maltrato de la dignidad de la mujer. Lo que no vale es decir mucho y no hacer nada.

Y tampoco vale reivindicar la igualdad de la mujer en la sociedad y mantener leyes y comportamientos discriminatorios en la Iglesia. Los católicos que defienden la igualdad de las mujeres en la calle tienen que reivindicarla en sus iglesias, de lo contrario se puede sospechar una cierta falsedad o hipocresía en ellos. La igualdad no puede ser un valor distinto según un lugar u otro.

Es verdad que puede ocurrir que muchos de ellos, obnubilados por la ideología dominante en la Iglesia, no alcancen a ver con claridad la situación. Hay en ella un pensamiento machista radical, de género, que ha impedido que las mujeres sean consideradas y tratadas igualitariamente, sobre todo participando en las tomas de decisiones en todos sus niveles y sectores. No voy a poner como ejemplo el hecho de que les esté vedado el sacerdocio, pues para ser sacerdotes como se es actualmente, cuantos menos haya mejor es.

Llegamos así a un problema también básico en la Iglesia: el clericalismo, que estructuralmente existe hoy con tanta fuerza como en cualquier momento de la historia de la Iglesia. No se puede comprender la apatía generalizada ante semejante situación de desigualdad. En realidad se ve que a la gran mayoría de los católicos les importa muy poco la igualdad como valor y como situación. Sucede lo mismo que con la libertad. No se percibe el sometimiento, y si no es así, nada o poco les importa. Todo queda oscurecido, amortiguado, disimulado por la obediencia debida a la sagrada autoridad, que les han hecho creer que tiene su origen en Dios.

No, lo que hoy es bueno, lo que hoy vale y defendemos para la sociedad, también tiene que ser bueno y valer hoy para la Iglesia. Si de verdad consideramos como valores positivos para la sociedad la igualdad, la libertad, la democracia, la participación, la creatividad, también han de serlo al interior de ella misma. Esto atañe a todos los grupos sociales y en cualquier país del mundo. También a este grupo llamado Iglesia católica. No se puede admitir ningún tipo de sacralización, ni total ni parcial. Todo lo que existe aquí, entre nosotros, es secular, de este mundo. Hacer creer lo contrario es engañar.

Por otra parte, lo que sí está claro es la necesidad de un movimiento de liberación. Se necesitan lideresas y líderes que aglutinen en torno a sí a la gente que cree que es irrenunciable cambiar esta Iglesia para que pueda cumplir su misión: ser factor humanitario en este mundo. No se puede seguir creyendo todo lo que se cree o de la manera como se cree. Nunca la razón debe sentirse mal a gusto con la fe. Hay mucha gente que se ha salido de la Iglesia debido a ello y la mayor parte de la juventud ni se asoma a ella, pues ya a distancia huele a irracionalidad, a clasismo, a sometimiento, a superstición. Uno no puede entender la ceguera de la jerarquía católica ni tampoco como los demás hemos podido vivir en estas condiciones.

*José María Álvarez es miembro del Foro Gaspar García Laviana.