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Opinión
Josep Miquel Bausset
El P. Cassià deseaba una Iglesia más preocupada por comunicar el Evangelio de Jesús, que por tenerlo todo definido y legislado

(Josep Miquel Bausset).- Hoy 12 de marzo, se conmemoran los 10 años de la muerte del abad Cassià Mª Just, que a lo largo de su vida fue un reflejo de la bondad y de la misericordia de Dios. El abad Cassià fue un hombre con un corazón bueno. Un monje acogedor y lleno de ternura. Una parábola que nos anunciaba un Dios amigo del hombre.

Nacido en Barcelona el 1926, ingresó en Montserrat, primero como escolán, el 1939, y después como monje, el 1942. El año 1955, además de estudiar música en París, conoció las pastorales del cardenal Suhard, así como los escritos de Teilhard de Chardin y de Congar, que tanto influyeron en él. El 1964 fue nombrado prior y el 1966 fue elegido Abad de Montserrat.

El P. abad Cassià, siempre hablaba de aquel aire fresco que fue el Concilio, y que en Montserrat se vivió con gozosa esperanza: "Se ha mejorado mucho desde el Vaticano II, pero no hemos aplicado como seria de desear las grandes orientaciones de Juan XXIII y de Pablo VI, como es la corresponsabilidad de los laicos y especialmente de las mujeres, el sentido de servicio de la jerarquía, la opción preferencial por los pobres, la reforma de la Curia romana".

Con voz libre y profética, el P. Cassià deseaba una "Iglesia plural que no tiene respuesta para todo, pero que busca con confianza, abierta al diálogo con todos los que no se cierran al bien, a la verdad, al amor". Por eso el P. Cassià recordaba con afecto y gratitud a los cardenales Tarancon y Jubany, así como al obispo Pont i Gol y al nuncio Dadaglio, que hicieron posible la renovación de nuestra Iglesia con el Vaticano II. El abad Cassià, que me acogió en el monasterio, y delante del cual hice la profesión el año 1986, era un hombre de nuestro tiempo, que soñaba una Iglesia más sencilla y con un rostro más amable, una Iglesia alejada de la crispación y de las condenas.

 

 

El P. Cassià era una persona amable y cercana, que sufría por la situación de la Iglesia de los últimos años de su vida: "Me preocupa la imagen miedo y de negatividad que a menudo da el Magisterio de la Iglesia" afirmaba en una entrevista. Y continuaba: "Hay una falta de coraje para sintonizar con nuestra gente".

Durante su servicio abacial, Montserrat se convirtió en un lugar de libertad donde todos, fuesen quienes fuesen eran bien acogidos. Después del encierro de los 300 intelectuales en el monasterio por el Proceso de Burgos, en diciembre de 1970, el abad Cassià tuvo que ir a Roma, donde había sido acusado de recibir a comunistas en Montserrat. Pablo VI lejos de condenarlo, lo animó: "Ricevete tutti. Reciban a todos, me dijo el papa".

Defensor del País y de la cultura y la lengua de Cataluña, el abad Cassià vivió muy enraizado a la tierra, y Montserrat supo mantener encendida la llama de la lengua durante la dictadura. El P. Cassià decía: "Montserrat es una comunidad con presencia significativa en el corazón de nuestro Pueblo y de la Iglesia de Cataluña. Es una comunidad que cree, tenaz en la esperanza y en la reconciliación, defensora de los derechos humanos y de los derechos de nuestro Pueblo, acogedora de creyentes y no creyentes, dispuesta al diálogo con todas las culturas y religiones".

Sus últimos meses de vida, como yo era el enfermero de la comunidad, tuve la suerte de haber podido acompañar al P. Cassià en su enfermedad. Fueron muchos los viajes que hice con él al Hospital de Manresa, y muchas las horas que pasamos juntos, compartiendo la conversación, el silencio, la oración y la esperanza. Cuando le diagnosticaron el cáncer, la Dra. Montse Domènech y los Drs. Andreu Garcia y Hèctor López (tres médicos excelentes) quedaron gratamente impresionados por la paz con que reaccionó. Una paz que nacía de la confianza total y absoluta en Dios. A lo largo de su enfermedad nos acompañó siempre en las visitas al Hospital el libro, "Jesús", de Joseba Andoni Pagola, un autor que el P. Cassià apreciaba particularmente. Cuando más de una vez habíamos de ir de prisa a urgencias, siempre me decía: "Josep Miquel, no te dejes el libro de Pagola". Y en las horas de espera me pedía que le leyese algún capítulo. Le dolía en el alma como algunos obispos habían tratado a Pagola: "Ya ves Josep Miquel, decir que Pagola es arriano, me decía. Recuerdo de una manera especial su rostro lleno de paz, cuando le leí: "Los enfermos experimentan en su carne, la fuerza sanadora de un Dios amigo de la vida". Y con buen humor me decía: "Si con las burradas que ha hecho la Iglesia aún continua existiendo, quiere decir que es el Espíritu de Jesús quien la guía". El mismo Pagola le había dedicado su libro con estas palabras llenas de afecto: "A Cassià Mª Just, con un abrazo grande. Que encuentres siempre en Jesús, luz, gozo interior y paz".

 

 

El P. Cassià deseaba una Iglesia más preocupada por comunicar el Evangelio de Jesús, que por tenerlo todo definido y legislado. Ya en su fase final, tenía detalles con todos, y nunca salió de él ninguna queja. Ni tan solo cuando habíamos de esperar largas horas en Manresa. A una religiosa que le estaba haciendo una chaqueta de lana le dijo: "esta chaqueta, después que yo me vaya, ha de ser para Josep Miquel".

El P. Abad Cassià, con discreción y sencillez, nos mostró el rostro más amable y más evangélico de la Iglesia. Como el papa Juan XXIII y los obispos Óscar Romero y Pere Casaldàliga, el P.Cassià era una persona abierta y de espíritu integrador, acogedora y amable, que va ayudó a reencontrar el sentido de la vida a muchas personas a las que acogía con afecto, y a las que, con un acompañamiento espiritual, les hacía descubrir el gran amor que Dios tenía por ellas. Fueron muchas las personas anónimas que, con lágrimas en los ojos, pasaron por la capilla ardiente del P. Cassià, para agradecerle el don que había sido en sus vidas.

Hombre guiado por el Espíritu y lleno de él, el P. Cassià fue una persona con una gran sencillez, libertad y valentía. Su vida fue un regalo de Dios para todos los que lo conocimos, y él que soñaba con una "Iglesia de brazos abiertos, que no rechaza ni condena, sino que acoge y encuentra un lugar para cada uno de sus hijos e hijas", se habrá alegrado con la elección del papa Francisco.

El P. Cassià fue un monje arriesgado y valiente, con un espíritu crítico y a la vez profundamente evangélico.

"No estamos hechos para le reposo, sino para la libertad difícil que nos enseña el camino", escribía el poeta. Con su vida, el P. Cassià nos enseñó a soñar y a vivir como hombres y mujeres libres, a ejemplo de Jesús de Nazaret. Seguro que con su mirada de paz y de bondad, con su ternura y su sonrisa, velará por todos nosotros, por la Iglesia y por la comunidad de Montserrat a la que sirvió, primero como escolán, después como monje y como abad.