• Director: José Manuel Vidal
Opinión
El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla
Renuncie a la mitra, porque no se puede ser obispo malquerido y rodeado del 'odium plebis'

(José M. Vidal).- Con él llegó el escándalo. Desde el mismo momento en que Rouco le nombró obispo de San Sebastián, para cortarle las alas al clero demasiado nacionalista para el gusto del otrora vicepapa y, al mismo tiempo, cambiar el rumbo de aquella Iglesia diocesana, José Ignacio Munilla se convirtió en piedra constante de polémica. Tanto dentro como fuera de la Iglesia. Y así lleva años.

Munilla es un obispo malquerido. El 90% de los curas firmaron varios comunicados públicos (con nombre y apellidos) contra su obispo. Y los mismo hicieron muchos fieles. Es evidente que, con el paso del tiempo, las cosas se han ido calmando tanto entre el clero como entre los fieles. Munilla tiene sus feligreses incondicionales, que le siguen a pie juntillas. Y, a los curas, los soporta, porque no tiene más remedio y trata de puentear a la mayoría, trayéndose curas de fuera de su línea y colocando sus 'afines' en los puestos de responsabilidad de la diócesis. Algo de todos conocido y de denuncia pública constante.

Si los curas y la gente contraria al obispo ha bajado durante estos últimos años el diapasón de la protesta es, simplemente, porque saben que es ineficaz y que es muy difícil que se plame en realidades concretas. Munilla sólo tiene un superior: el Papa. La Conferencia episcopal no puede decirle nada. Sólo aconsejarle prudencia. La mayoría de los obispos españoles pasan de él y los suyos (los de la vieja guardia), en vez de aconsejarle moderación, le piden que siga dando caña. Y él, así de inconsciente, les hace caso, se crece y se viene arriba...

Y hasta cree y presume de ser buen comunicador y dominar el lenguaje de los medios y la dinámica de las modernas redes sociales. Quizás sepa tuitear, pero olvida que, incluso, en sus tuits y en las fotos que los acompañan, se refleja su forma de ser y actuar de obispo-señor, que vive sólo para una parte ínfima de su rebaño.

Por su parte, el Papa Francisco, que conoce bien la realidad española, sabe que Munilla es uno de los discípulos predilectos del cardenal Rouco. Sabe, por lo tanto, que su modelo es el del Concilio congelado. Conoce el magma toledano de donde procede y que le revienta la Iglesia en salida, hospital de campaña y con olor a oveja. Pero sigue esperando su conversión personal y pastoral.

Además, es muy difícil remover a un obispo. Sólo por una falta gravísima. Algún caso reciente ha habido, como el del obispo alemán derrochador absoluto o el de algunos otros prelados encubridores de los pederastas clericales. Ante todo lo demás, aunque machaque una diócesis, prácticamente no puede hacer nada o casi nada. Y, por otra parte, Francisco no puede ser el apagafuegos de todas las hogueras eclesiásticas del mundo.

Munilla lo sabe y, por eso, campa a sus anchas con sus viejas doctrinas y con sus arcaicos esquemas mentales y religiosos, en los que confunde la fe con la ideología más rancia. Por eso, relaciona el feminismo con el diablo o manda al infierno a los gays o condena a los podemitas.

Lo peor del caso Munilla no es su descrédito personal (porque ya no tiene crédito), sino el daño que hace a la imagen y a la credibilidad de la institución. Ante la imparable ola feminista, el cardenal Osoro había conseguido colocar a la Iglesia del lado de la historia y de este evidente signo de los tiempos. Pero llega Munilla, que se pirra por salir en los medios, y lanza su soflama sobre el feminismo diabólico. Y vuelve a colocar la imagen eclesial por los suelos.

¿No suele decir el obispo de San Sebastián que, si aceptó ser obispo de esa diócesis, fue por servir a la Iglesia? Pues, por el bien de la institución a la que dice servir, monseñor, calle ya. Haga una cura de silencio. O váyase de misionero a África. Aquí, da pena y hace mucho daño. Renuncie a la mitra, porque no se puede ser obispo malquerido y rodeado del 'odium plebis'. Le haría un gran favor a la Iglesia española.