• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Antonio Aradillas
Reivindicar los derechos y deberes de los/as más pobres, como en el caso de las mujeres, es tarea-ministerio de valor superior al del culto, ceremonias y ritos litúrgicos

(Antonio Aradillas).- Por aquello de la "deformación profesional", es posible que a la autocrítica -"facultad del ser humano para conocerse a sí mismo y al mundo que le rodea"-, los católicos, apostólicos y romanos le llamen "examen de conciencia", equivalente a "estudio minucioso que se hace sobre obras o conducta propia". La coincidencia es ciertamente exacta. Lo es también la seguridad de que, ni a personas ni a instituciones le complace, sino todo lo contrario, someterse al referido proceso. Sorprendentemente para algunos, es la misma Iglesia, y sus hombres más representativos, los primeros abanderados en negarse a ello.

Con ocasión del acontecimiento de dimensión y proyección universales, registrado en España a favor del feminismo -"doctrina y movimiento social que defienden a la mujer y le reconocen capacidades y derechos antes reservados a los hombres"-, desde nuestra perspectiva, en nuestro caso, eminentemente religiosa, creo de utilidad y provecho proponer las siguientes sugerencias:

Dudar de la dimensión, fervor y veracidad de los actos que se celebraron el día 8 de marzo, ni es serio, ni sensato, ni objetivo. Cualquier entidad, persona o colectivo de procedencia ciudadana, político-social y religiosa, habrá de percibir y entender clamor tan soberano y unánime, a favor de la igualdad de la mujer en relación con el hombre, con criterios constructivos y ecuánimes. No se puede hablar con mayor claridad que con la que se expresaron las mujeres.

No obstante, y así las cosas, la firme y documentada impresión de que de la única institución en cuyo entorno surgieron y perseveraron dudas acerca de la interpretación de proclamas, manifestaciones y gestos de mujeres y aún de hombres, fue y es precisamente la Iglesia católica. Obispos, curas, monjes y monjas, frailes, así como miembros activos de movimientos piadosos, dudaron y hasta descalificaron públicamente cuantas ideas, principios, sacrificios y esfuerzos invirtieron sus organizadoras en la feliz, pacífica y bendita coronación de los actos que se programaron.

Y es que a la Iglesia, y en ella a no pocos obispos, clero, Superiores de Órdenes y Congregaciones Religiosas, parte todavía numerosa del pueblo fiel, movimientos católicos ortodoxos "et supra", conservadores a ultranza, les ha de resultar gravoso, molesto e incómodo cambiar su criterio respecto a la mujer, sus valores y su rol -papel o función- dentro y fuera de la Iglesia.

Fueron, y siguen siendo, tan soberanamente machistas los citados miembros de la Iglesia y esta, en general, que hoy por hoy, su conversión a la realidad del evangelio y a las demandas de los tiempos nuevos, es pura ensoñación y fantasía pecaminosa. Lo del mito de Adán y Eva, la costilla de este y el signo religioso del total sometimiento al hombre-varón, les exigen interpretación literal bajo pena de herejía y descalificación en esta vida y en la otra.

Desgraciadamente, con interpretaciones bíblicas, teológicas, morales -"mujer, igual a tentación y pecado"-, como las definidas tan ardorosamente por los católicos "tradicionales", no será posible el feminismo ni en la Iglesia, ni en las obras e instituciones en las que esta pueda influir, como en los colegios llamados "religiosos".

Respecto al futuro, es lamentable tener que reconocer que, hoy por hoy, el optimismo no es su nota más característica. Hay movimientos "juveniles" piadosos, clericales o no, tanto o más avejentados, que no prometen "demasiado". Por ejemplo, ningún representante, ni oficial ni oficioso, firmó documento alguno, ni participó, en la manifestación referida. Es posible que no lo hiciera ante el temor de ser mal interpretado tal gesto, y aún positivamente rechazado. No me imagino al Secretario de la Conferencia Episcopal mostrando sus credenciales a las organizadoras y siendo entrevistado por los periodistas, aún por los más afectos radiofónicos o televisivos. Fotos y vídeos "episcopales" hubieran alcanzado precios "noticiables" de alta consideración e interés informativo.

Quede claro con toda nitidez, pastoral, teológica, cívica y eclesiásticamente, que a los ojos de Dios y a los de la religión verdadera, los actos celebrados a favor de la igualdad de derechos y deberes de las mujeres en relación con los varones, tuvieron, y siguen teniendo, tanto, o mejor significación y contenido religioso, que una peregrinación o una buena parte de las procesiones "semanasanteras" ya próximas. Reivindicar los derechos y deberes de los/as más pobres, como en el caso de las mujeres, es tarea-ministerio de valor superior al del culto, ceremonias y ritos litúrgicos.

La Iglesia es madre, pero deja de serlo, y se convierte en madrastra, cuando abandona a las mujeres que se manifestaron, y a quienes ellas representaban con veracidad, legitimidad y ternura, aunque un grupo de veinticinco de ellas, "desnudas de cintura para arriba", y "adoradoras de Lucifer", no se ahorraran el gesto "diabólico" de desplegar una pancarta con el texto "Munilla, deabrua zure billa" , es decir, "el diablo te busca", con referencias directas al supremo pastor precisamente de la iglesia catedral del Buen Pastor de San Sebastián, por más señas (dejo para otra ocasión desvelar por qué el diablo-demonio -"rebelde siempre contra Dios"- pertenece en todas las culturas al género masculino, que no al femenino, con cuernos y rabo y un pié humano y otro de pata de caballo. También explicaré cómo, por qué y quién decidiera, en su día, el nombramiento del obispo donostiarra actual)

¿Para cuando una canonización -reconocimiento oficial- de cualquiera de las mujeres que luchan nada más y nada menos contra algo tan inhumano y cristiano, como ser tratadas como el hombre-varón?. Conste que en tal proceso canónico no harían falta milagros. Sobran. La mayoría de ellas fueron -son- mártires de la violencia machista, a consecuencia de los malos tratos, recibidos por sus parejas, o exparejas, no pocas veces, presentes sus propios hijos.

La del 8 de marzo fue realmente una fecha histórica, también para la Iglesia, necesitadas su doctrina y su disciplina, de una renovada interpretación bíblica, teológica, ético-moral, pastoral, canónica y ascética. Quienes cierren los ojos, y no quieran percatarse de tan sacrosanta realidad, que programen cuanto antes su jubilación como sacerdotes, obispos, frailes, monjas y monjes. La Iglesia que dicen representar y servir, no es la de Cristo. Es -sería- la de Lucifer. Sin mujeres, o tal y como estas se encuentran y aguantan, a la Iglesia no le conferirían el "Visto Bueno", Cristo Jesús ni el papa Francisco.

+ La Iglesia -esta Iglesia-, y así, se acaba. Es una premonición y un aviso. Por supuesto, no un deseo. De nuevo, valores oficialmente "religiosos", y hasta "divinales", fueron superados por otros cívicos, humanos, paganos y aún meramente "políticos".