• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Agustín Ortega
Ese mundo de desigualdad e injusticia es un realidad de pecado personal, social y estructural, una auténtica estructura histórica de pecado que niega la vida y dignidad de las personas, de los pueblos y de los pobres

(Agustín Ortega).- Ya se está conmemorando el 50 aniversario de la celebración de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, que tuvo lugar en Medellín (1968). El episcopado latinoamericano en Medellín quiso realizar la actualización y profundización de la fe, de la misión e identidad de la iglesia en América Latina a la luz del Concilio Vaticano II.

Y para comprender esta encarnación y hondura del Vaticano II en Medellín, hay que situarse en el contexto de la realidad social e histórica latinoamericana. Una realidad que, como nos muestra Medellín, es dominada por la "miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria (que) como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo...El subdesarrollo latinoamericano es una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la paz" (n. 1). Es la "situación de injusticia", "situación de pecado", "violencia institucionalizada" (n. 16). Y "donde existen injustas desigualdades... se atenta contra la paz" (n. 14). Estas "desigualdades" internas y otras formas de "opresión" son "colonialismo interno" (nn. 2-7) y la "dependencia" económica y política de fuera es "neocolonialismo externo" (nn. 8-10).

Tal como se observa, siguiendo el método más inductivo del Vaticano II y de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) con el ver-juzgar-actuar, que habían promovido los movimientos apostólicos obreros como la JOC o la HOAC, Medellín efectúa la lectura creyente de la realidad.

En la inter-relación inseparable de la fe y vida, es el análisis de la realidad que, a la luz de la Palabra de Dios y con la mirada del Evangelio, discierne los signos de los tiempos. Esa realidad humana, social e histórica del mundo empleando asimismo la razón y sus expresiones como las ciencias (estudios) sociales. Y, de esta forma, escrutar dónde está clamando el Espíritu de Dios revelado en Cristo, tal como es manifestado en el grito de los pobres y de los pueblos oprimidos que se contrapone con el Plan (Reino) de Dios.

Ya que ese mundo de desigualdad e injusticia es un realidad de pecado personal, social y estructural, una auténtica estructura histórica de pecado que niega la vida y dignidad de las personas, de los pueblos y de los pobres. La cual está caracterizada, como afirmaría más tarde Juan Pablo II en Puebla siguiendo a Pablo VI, como "la riqueza creciente de unos pocos que sigue paralela a la creciente miseria de las masas...Los mecanismos que, por encontrarse impregnados no de auténtico humanismo sino de materialismo, producen a nivel internacional ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres" (III, 4).

Por tanto, Medellín supone una auténtica encarnación del Evangelio y del Vaticano II, con la DSI, en la realidad humana e histórica de los pobres y pueblos crucificados por el pecado del egoísmo e injusticia. En el seguimiento del Dios encarnado en el Jesús histórico. El Cristo de Nazaret, Pobre-Crucificado por el Reino de Dios y su justicia liberadora, el Señor Salvador y Liberador de todo mal, pecado, muerte e injusticia.

"Como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está llamada a seguir ese mismo camino. Cristo Jesús, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo y por nosotros, se hizo pobre, siendo rico; así la Iglesia no está constituida para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar la humildad y la abnegación incluso con su ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido. De manera semejante, la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana. Más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo" (Vaticano II, LG 8).

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