• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Ezzati
La vida, querámoslo o no, tiene más laberintos que lo que insistentemente llamamos "normal" o "natural"

(Matías Carrasco Ruiz-Tagle, en RyL).- Hace un año tuve la suerte de conocer a los padres de una niña trans. No fue un encuentro fortuito. Fue una conversación que busqué tras enterarme de que un colegio católico había aceptado que la niña de solo siete años viviera con libertad su decisión.

Tras conseguir los nombres de sus padres, me contacté con ellos y generosamente me invitaron a su casa a escuchar, de primera fuente, su historia. Eran personas normales. Una pareja común y corriente, católicos como yo, sencillos y acostumbrados a una vida tradicional. No eran activistas y menos portadores de la ideología de género. Eran más bien personas centradas, tranquilas, que solo querían darle una vida feliz a su pequeña hija. Se notaba el rastro del dolor y la angustia, pero también un amor inmenso frente a lo que para ellos era un misterio.

No solo salí emocionado de ese afortunado encuentro, sino también con la idea de que me podría haber tocado a mí. La cita, íntima y conmovedora, cambió mi mirada, me acercó a las fronteras de un mundo distinto y me permitió entender que la vida, querámoslo o no, tiene más laberintos que lo que insistentemente llamamos "normal" o "natural". Esa noche no dormí.

Por eso es que cuando escucho las desafortunadas palabras del Cardenal Ricardo Ezzati, pienso que a quienes guían los pasos de nuestra iglesia les hace falta disponerse a conocer. Estoy seguro que el Obispo no quiso hacer daño. Pero estoy convencido que detrás de sus palabras existe desconocimiento de lo que habita en el alma, en el fondo más lejano, de quienes sufren de esta condición. De lo contrario, no hubiera dicho lo que dijo.

En las últimas décadas la Iglesia chilena ha preferido detener la historia, atrincherarse y defender un legado de más de dos mil años. Y una vez levantado el fuerte y los escudos, lo único que ven al frente son enemigos, confabulaciones e ideologías que no siempre resultan ser tales. Y al pasar, sin quererlo, van haciendo daño.

La alternativa sería destruir las murallas, bajar los puentes y decidirse a meterse en el mundo de hoy. Sin el miedo de tener que defender un tesoro que nadie les quiere robar. Tal como lo hace un verdadero pastor: meterse en medio del rebaño. No para cazar o esquilar sus ovejas, sino solo para conocerlas e impregnarse de su olor.

¿Estoy diciendo con esto que los obispos deben estar de acuerdo con la ley de identidad de género que se tramita en el Congreso? Por supuesto que no. Ellos y la Iglesia Católica son libres de pensar lo que quieran. Están en su legítimo derecho. Pero si en sus hombros cargan con la tarea de orientar a millones de fieles con el mensaje de Jesús, un hombre justo, misericordioso y caritativo, tendrían que, al menos, bajar de la torre y sumergirse en aguas que por muy desconocidas que les parezcan, pueden darles a ellos y a otros, una vida nueva.

No es solo Ezzati quién, a mi parecer, ha equivocado el camino. Son nuestros líderes eclesiásticos y buena parte de los laicos quienes han querido, muchas veces, enseñar a un Dios inmóvil, lejano, frío y al margen de la historia. No como a ese que a mí me mostraron: humano, amigo, bueno, acogedor y empapado de la sangre de las heridas más profundas de nuestro mundo. En ese creo y, espero, seguir creyendo.