• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Canonizacions en San Pedro
El capítulo referente a la alegría fue tachado de los catecismos y de los manuales de educación- formación ciudadana, tal vez con el fin inicuo de robarnos fuerza, energía e identidad

(Antonio Aradillas).- Tan dramáticos como son, y están, hoy los tiempos, iniciar una "Exhortación Apostólica Pontificia" con las palabras "Gaudete et Exsultate" -"alegraos y regocijaos" en román paladino-, es una gracia de Dios para muchos, aunque para otros no deje de ser un atrevimiento más, "franciscano".

Una alegación de tanto mérito y categoría cristiana como esta, es merecedora de multitud de sugerencias y de reflexiones, tarea que afronto con prontitud, atención y gentileza periodísticas.

Reconozco que la idea, el planteamiento y el desarrollo de la exhortación, sintetizada en los 177 puntos de sus cuatro partes, de referencias ascéticas y místicas, es una muestra pedagógica de actualizada y certera catequesis, que para sí quisieran tantos autores y editores, de manuales de teología, de moral y de Derecho Canónico al uso. Me limito a reproducir y comentar levemente algunas palabras del papa, con el más ferviente deseo de que todo el texto se constituya de aquí en adelante en el "ritual" oficial de educación, reeducación en la fe.

Sí,¡alegraos y regocijaos¡. Y es que, sin "alegría" -"expresión externa de un sentimiento placentero y de gozo"-, al igual que sin "regocijo" -"júbilo y satisfacción manifiestos"-, no es posible ser y ejercer de personas y mucho menos, de cristianos. La alegría es exigencia del DNI, a la vez que de la partida bautismal, que testifican y facilitan la pertenencia al colectivo cívico o eclesial.

 

 

El papa Francisco, y cualquiera que comparta responsabilidades en el ordenamiento de la sociedad y de las sociedades, está tristemente convencido de que el capítulo referente a la alegría fue tachado de los catecismos y de los manuales de educación- formación ciudadana, tal vez con el fin inicuo de robarnos fuerza, energía e identidad. Tal presentimiento en el orden religioso, y más si este es católico, exigiría rápìdo y profundo arrepentimiento, propósito de enmienda y la reparación consiguiente.

La santidad es fruto y consecuencia de la alegría y del regocijo. Son dos términos que se entrelazan, estableciendo el mecanismo, gracias al que es, o puede ser, vida la vida para sí y para los otros. Sin alegría no hay vida. La fe, la esperanza y la caridad emigran a otras esferas, en las que los valores religiosos y cívicos no tienen cabida. Ni siquiera la tendría la muerte, de no haber sido esta aceptada no solo con resignación y "porque no hay más remedio", sino porque así lo demanda el propìo concepto de vida.

La santidad-alegría es patrimonio universal y no solamente de los cristianos. Y a nadie se le ocurrirá que entre estos, lo fuera de unos cuantos, a quienes las "santas" tradiciones "elevaran al honor de los altares", previos los correspondientes y caros -carísimos- procesos curiales de beatificación- canonización tal y como lo testifican la historia, las "leyendas áureas", la praxis todavía vigente y los "milagros", no pocos de ellos, "supuestos". Las canonizaciones no siempre fueron garantía única y suprema de identificación con la santidad. Menos lo fueron cuando precisamente la alegría no rubricara sus vidas, sino que prevalecieran en ella la tristeza, los temores, los miedos y las desesperanzas.

La prevalente, cuando no la única, razón de ser de los fastuosos reconocimientos "oficiales", al dictado del organismo curial dedicado a las "Causas de los santos", coincidentes con fundadores/as, de Órdenes o Congregaciones religiosas, papas, obispos, monjas, curas y frailes, con tan recatada referencia a los laicos - pueblo de Dios-, está generosamente suplida por el papa Francisco en su exhortación, con citas expresas para la santidad- alegría, cultivada por los cristianos en el ejercicio de su santa vocación de abuelos, padres, madres, esposos hermanos, amigos, "enemigos", enfermos, sanos, solos y desamparados, que pordiosean compañía y ayuda. Lo más opuesto a las canonizaciones será su frivolización o su promoción, por motivos distintos a los de verdad religiosos.

La santidad ni se compra ni se vende. Se es santo, solo por la gracia de Dios. ¿Cuánto cuesta un santo? Esta sería -es- una de las preguntas que, con sus correspondientes repuestas, resultaría la más irreverente, irreligiosa y "pecadora" que se registrara en el catecismo. Las cosas -y las "causas"- de los santos son innegociables de por sí, y bajo pena de pecado mortal.

"Santo en soledad" es empeño difícil y proclive al desaliento. Hay que ser santo, en comunidad. Esta-la comunidad- es lo que nos hace ser santos, y a la que nosotros mismos contribuimos a hacerla aún más santa. Y conste que la comunidad ni es ni se llama únicamente Iglesia, por católica, apostólica y romana que sea.

 

 

Todos fuimos creados para la felicidad. Convencimiento tan puramente cristiano
-revelación- supone una revolución transcendental, pero consoladora, en la renovación del proceso de la educación religiosa al que fuimos, y estamos, sometidos. Desertaríamos de la Iglesia, y caeríamos en abismos de paganería, si no se venciera la tentación de no creer, sentir y practicar, que no fuimos creados por Dios para ser y hacer felices o, en su caso, para que los privilegiados fueran unos cuantos, es decir, los de siempre.

Los ejemplos, consejos, doctrinas y testimonios de vida, que pudieran darnos los santos papas, obispos, fundadores/as "et sic de coeteris", que son los que mayoritariamente pueblan los "Años Cristianos" y los santorales, no poseen la fiabilidad y capacidad de convicción que la percibida en el amplio listado de aquellos con quienes convivimos en sociedad, "por obra y gracia de Dios". Los "santos de la puerta de al lado", son tan ejemplares y mediadores como los de los retablos. "Santos sin retablos" es aspiración teológica, alegre y regocijante, sin que falte el sentido del humor- amor, en fiel sintonía con las reflexiones del papa.

¡Gracias a él, quien con celestial largueza, acaba de desvelarnos en su exhortación reciente, los limpios y evangélicos manantiales de la alegría, con los que, como peregrinos hacia la Casa del Padre, recorreremos los caminos, en común unión y en la pluralidad de direcciones y trabajos.