• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Rufo González
Siempre amigo del entendimiento, de la ayuda mutua, de la amistad entrañable...

(Rufo González, sacerdote).- Desde la fe cristiana las despedidas de los difuntos son muy relativas. Podemos decir "hasta siempre, hasta luego, hasta ahora...". En todo momento y lugar la intimidad personal, ya "despierta", se nos hace presente. Cristo resucitado nos ha entreabierto el misterio de la vida.

Tras la muerte, su Espíritu les intimó a los discípulos que estaba vivo. Había entrado en una vida nueva. El Espíritu creador penetró su ser, y fue hecho gloria, luz, comunión, presencia ilimitada, transparencia plena, "espíritu de vida" , (1Cor 15,45), "carne olvidada de sí misma" (S. Ireneo, Adv. Haereses V,9,2), Amor sin límites.

Esta es nuestra fe y esperanza. También nosotros, conforme vamos terminando esta vida, nos vamos incorporando a la vida definitiva del Hijo de Dios, el hermano de todos, el que nos dejó dicho: "voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os lo prepare, vendré de nuevo y os acogeré de nuevo; así, donde estoy yo estaréis también vosotros" (Jn 14, 2-3).

Mi hermano está más "despierto", más "Gregorio" que nunca

Con esta esperanza despedimos ayer a mi hermano mayor, Gregorio. Ayer, cuando cumplía justamente ochenta y siete años (09.05.1931 - 09.05.2018), le despedimos con una eucaristía. Había fallecido el día anterior de paro cardiaco instantáneo en su misma casa. Esposa, hijos, nietos, hermanos, sobrinos, primos, amigos..., a todos nos unió su recuerdo y su cariño.

Siempre me pareció que mi hermano tenía un nombre que le iba muy bien. Su nombre procede del verbo griego "egueiro", cuyo pretérito perfecto segundo es "egrégora", que significa despertar, despierto. Es el verbo que utilizan los evangelios para anunciar que Jesús "ha resucitado", "está despierto" (Lc 24, 6). Mi hermano tenía un temperamento despìerto, un modo de comportarse muy vivo y atento a la realidad.

Ahora, ya fallecido, creo que mi hermano está más "despierto", es más "Gregorio" que nunca. Está ya unido al Amor con mayúscula, al "Amor" que es nuestro "Dios". A vivir en este amor somos movidos todos: "amigos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1Jn 4, 7-8).

Ahora ya podemos comunicarnos con él más expeditamente. Basta recordarle, y decirle con el corazón lo que el espíritu nos sugiera. El amor que siempre nos tuvimos es ahora más limpio. Ya no tendremos en cuenta los rifirrafes que en esta vida nos pudieron distanciar en algún momento. Ahora creemos que ya nos ama con el nuevo Amor resucitado, con el Amor sin límites que le abraza y le posee siempre en plenitud. Ahora podemos sentir su amor transformado, limpio de todo egoísmo, transfigurado, divino.

Gracias, hermano, por tu vida

Siempre admiré su amor por la familia, por su mujer, por sus hijos, por sus nietos... Me impresionó ayer el llanto de todos ellos, especialmente de los nietos. Siempre me contaba maravillas de ellos. Ahora compruebo que todo era verdad: sus lágrimas y desolación testificaban que les duele mucho su marcha. Sabían que andaba mal de corazón. Pero no creían que se iba a paralizar de golpe. Su dolor le conmovería en su cielo, y, seguro que les llegó su amor agradecido y consolador. Yo también lo sentí y le di gracias por ello a Dios en la eucaristía que todos celebramos.

También sobresalía por el amor al trabajo: puntualidad, honradez, amistad... Últimamente, en la jubilación, su tarea era el Hogar del jubilado, en Galapagar (Madrid). Ahí sirvió de todos modos: desde puestos directivos... hasta organizar excursiones, eventos, reparto de cestas navideñas... Para él lo importante era siempre agradar a los que trataba. Siempre amigo del entendimiento, de la ayuda mutua, de la amistad entrañable... Allí, en el tanatorio, se hicieron presentes algunos compañeros que recordaban sus "partidas" de cartas, su dedicación, su simpatía desbordante, su afán de alegrar la vida de todos.