• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Los laicos de Osorno RD
¿en qué está la Conferencia episcopal? ¿Existe de hecho el Comité permanente de obispos? ¿Vale para algo la Nunciatura que se ha visto sobrepasada y mira desde la ventana cómo otros han tenido que asumir las responsabilidades que le correspondían?

(José Agustín Cabré cmf).- No es bueno mirar con ojos rutinarios y corazón endeble lo que está aconteciendo en la comunidad católica de Osorno. Una situación que afecta más allá de sus límites y abarca al país entero y a la iglesia en su totalidad.

En estos días se espera que funcionarios de la curia de Roma vengan a Chile a lavar manchas de aceite, ver bajo el alquitrán y enmendar rumbos.

Con esto se confirma que la iglesia chilena es incapaz de revertir situaciones negativas enfrentando la verdad, reconociendo errores y haciendo propuestas de futuro.

¡Qué fracaso! ¡La solución tiene que venir desde Roma! Por eso es legítimo preguntarse: ¿en qué está la Conferencia episcopal? ¿Existe de hecho el Comité permanente de obispos? ¿Vale para algo la Nunciatura que se ha visto sobrepasada y mira desde la ventana cómo otros han tenido que asumir las responsabilidades que le correspondían?

Lo más positivo de todo este galimatías es el empoderamiento de la comunidad laical. Sin la voz, la presión y las razones, del laicado organizado no hubiera sido posible la sanación que empieza a darse para esa herida.

Se puede hacer la crítica que ha sido un grupo reducido el que ha estado alerta a que no le sigan pasando gatos por liebres. Pero casi siempre ha sido así en los buenos cambios históricos: un núcleo visionario, audaz, fortalecido por un ideario claro y rebelde a todo conformismo, termina por movilizar a las masas generalmente gregarias hasta que se convierten en movimiento provocador hacia nuevas tesis que hay que convertirlas en realidades.

Bien por el laicado de Osorno. Han dado una lección que deberá ser imitada por otras comunidades. Se tiene como consigna: nunca más pastores impuestos desde la estantería clerical; nunca más rebaños de ovejas que siguen a quien lleva la campanilla; nunca más la pasividad enfermiza de quien mira la vida social y eclesial como el gato mira un televisor: ve figuras que se mueven y no entiende absolutamente nada.

Las comunidades cristianas deben asumir su protagonismo y superar el clericalismo que ahoga, entontece y somete, olvidando que su misión es ser servidores y no señores en la comunidad.