• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Ramón Baltar Veloso
Por qué el Dios Padre que dispuso que una mujer llevara en el vientre a su Hijo desapruebe que manos femeninas toquen su santo cuerpo

(Ramón Baltar).- La salida con que el prefecto de la CDF pretende cerrar el debate acerca del sacerdocio de las mujeres sugieren una definición de teólogo funcionario: "Alguien que de buena fe trabaja para que las cosas de Dios tengan mala prensa". Habilidad que ni un volteriano esperaría del responsable de la ortodoxia católica.

La opinión ilustrada rechazará su argumentación: el Señor confirió el sacerdocio a hombres, que lo pasaron a otros hombres y así hasta hoy; la iglesia está obligada a respetar su voluntad y la tradición. Maravilla que un distinguido cultivador de los estudios sagrados omita considerar el hecho de que Jesús de Nazaret fue un reformista que no tuvo mientes de fundar una nueva religión ni ordenar sacerdotes (estamento que no le perdonó sus encendidas críticas y se conchabó con el poder político para eliminarlo).

Tenemos aquí un ejemplo del peligro que acecha al teólogo temeroso de los resultados de la investigación abierta: dejarse arrastrar por la tentación de tomar por definitiva la concepción establecida de un punto doctrinal y luego buscar el modo de que parezca de divina disposición. Lo cual explica que el susodicho se sienta dispensado de aclarar a los no iniciados por qué el Dios Padre que dispuso que una mujer llevara en el vientre a su Hijo desapruebe que manos femeninas toquen su santo cuerpo.

El cristianismo primitivo estaba por la igualdad de la mujer, propuesta liberadora desconocida en una cultura que tomaba a la hembra por varón menguado. La renuencia de la jerarquía católica romana a la incorporación de las féminas a las tareas de presidencia y dirección de la comunidad reniega de tan honorable tradición para seguir otra cuya insuficiencia ética e inadecuación al tiempo saltan a la vista.

En la cuestión del acceso de la mujer al orden sacerdotal se juega la ICAR su crédito de abanderada en la defensa de los derechos humanos. Están ciegos quienes no ven las resultas de una negativa injustificable en términos de doctrina y evangelización.