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Opinión
Alfredo Barahona
La siniestra trasnacional Monsanto y la faramaceútica Bayer se han adueñado y manejan a su arbitrio las semillas del alimento mundial, mientras más de mil niños por hora perecen por desnutrición o enfermedades asociadas

(Alfredo Barahona).-  Cultivar la tierra en busca del alimento imprescindible para la vida fue una actividad básica del ser humano desde algún momento de su evolución social. Antes, según diversos arqueólogos y antropólogos, la supervivencia humana se basó en la recolección de vegetales y la caza, realizadas por la mujer para alimentar a la prole; lo que hasta tiempos recientes muy pocos reconocían.

Con los primeros afianzamientos sedentarios surgió el cultivo de la tierra, que en la cuenca del Mediterráneo cosechó sobre todo el trigo y otros cereales. Y el pan, que según las primeras páginas bíblicas debió comer el Adán pecador "con el sudor de su frente" (Génesis 3,17), fue hasta hoy el símbolo natural del alimento.

Así buscaron el pan

El asesinato del pastor Abel por su hermano el labrador Caín (Génesis 4,8), parece reflejar en la Biblia la pugna original entre el pastoreo nómada y los primeros agricultores. Los más fuertes se apoderan de las mejores tierras, y los otros deben trabajar para ellos.

La dura labor agrícola del prototípico Adán, porque "la tierra se le volvió en contra" (Génesis 3,17), tuvo que enfrentar desastres naturales cíclicos que arruinaban los campos; en especial las sequías. Y los agricultores tuvieron que aprender a prever y a guardar parte de sus cosechas en los tiempos de bonanzas.

Así lo ejemplifica la historia del bíblico joven José, quien de esclavo y prisionero pasó a ser ministro de economía del faraón egipcio, gracias a sus dotes visionarias para interpretar los sueños inquietantes del rey sobre vacas gordas y vacas flacas.

Conducido por José, el pueblo egipcio guardó trigo en abundancia para precaverse de una gran sequía y el hambre consiguiente (Génesis 41).

Desastrosas sequías recogen también, entre otros relatos bíblicos, los dos libros de Reyes, con el portento obrado por el profeta Elías para dar de comer a una pobre viuda (1Reyes 17, 7-16); el de su discípulo Eliseo para multiplicar los panes (2Reyes 4, 38-44), así como las especulaciones abusivas y consecuencias horribles de una gran hambruna que llevó a una mujer hasta a comerse un hijo (2Reyes 6, 26-29 y 7,1-18).

Dios sufre por los hambrientos

Hermosa metáfora del Dios compasivo por el hambre de sus hijos ofrece el libro del Éxodo, capítulo 16. Enfrentados a la aridez del desierto tras su liberación de Egipto, los israelitas se rebelan contra el libertador Moisés: "¡estábamos mejor bajo la tiranía: teníamos carne y pan en abundancia!" Y el Señor les envía en respuesta una gran bandada de codornices, más un "maná del cielo" que como rocío diario los saciará por 40 años.

Pero las imágenes más conmovedoras de la compasión divina por los hambrientos las protagonizó el Señor Jesús.

Así lo muestran, entre numerosos testimonios inequívocos, los evangelistas Mateo (14,13-20 y 15,29-37); Marcos (6,35 y 8,1-8), y Juan (6,1-59), cuando de modo asombroso multiplica dos veces el pan, conmovido porque la gente lo sigue sin siquiera comer. Aunque primero entrega la consigna que debería seguir resonando hoy en los oídos de sus seguidores: "denles ustedes de comer".

Del "pan del cielo", al de los hombres

Pero es en el novedoso y diferente texto de Juan donde el Maestro asume la imprescindible necesidad del pan para mostrase a sí mismo como "el pan de vida; el pan vivo que ha bajado del cielo; quien lo coma vivirá para siempre; el pan que yo daré es mi carne, y la daré por la vida del mundo" (Juan 6,51).

Para sellar la comparación, la noche antes de su muerte entrega el Señor a sus discípulos el pan diciéndoles que es "su cuerpo", junto al vino, que es "su sangre, derramada por muchedumbres para el perdón de los pecados" (Mateo 26,26-27; Marcos 14,22-24, y Lucas 22,19-20).

La figura del pan como alimento básico del ser humano adquiere en labios y manos de Jesús el carácter sagrado que hoy pocos respetan. No así las antiguas abuelas, que ni jugar con migas dejaban a los niños, porque el pan -recalcaban, "es la cara de Dios".

Entretanto, más de 800 millones de personas siguen padeciendo hambre en el mundo, mientras se desperdicia el 30% de los alimentos; poderes arrasadores como el de la siniestra trasnacional Monsanto -comprada hace poco en 66.000 millones de dólares por Farmacéutica Bayer, emperatriz mundial de medicamentos- se han adueñado y manejan a su arbitrio las semillas del alimento mundial; mientras más de mil niños por hora perecen por desnutrición o enfermedades asociadas.

El mandato del Maestro de "dar nosotros de comer" es hoy un imperativo de primera prioridad. Si no se le aborda a nivel global con la suma urgencia que requiere, es ocioso multiplicar foros internacionales para hablar de cambios, justicia social, educación, empoderamiento de los movimientos populares... "Primero vivir, después filosofar", advertían viejos sabios.