• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Josep Miquel Bausset
El gobierno italiano que se ha negado a acoger estas personas, cualquier día expulsa de Italia al papa Francisco, un inmigrante venido del nuevo mundo

(Josép M. Bausset osb).- El valiente ofrecimiento de los gobiernos español y valenciano a acoger la embarcación Aquarius, con 629 inmigrantes, es una noticia llena de esperanza, ya que nos muestra el rasgo de la humanidad que consiste, como nos enseñó Jesús de Nazaret, a acoger a los que sufren, a los que huyen del hambre y de la guerra. La actitud de estos dos gobiernos y del alcalde de València, tira por el suelo refranes xenófobos como: "De fuera vendrán que de casa nos sacarán", o "Huéspedes vinieron y de casa nos sacaron", y aún: "Huéspedes tuvimos que de casa nos sacaron".

Desde hace unos años muchos gobiernos de Europa miran con indiferencia la crisis de los refugiados, sin acoger, como hermanos, a aquellos que huyen de la miseria y de la muerte. Y es que a menudo olvidamos que los españoles también hemos sufrido, a lo largo de los siglos, innumerables éxodos que han llevado a nuestros compatriotas a otros países de Europa o incluso a América. Todos recordamos las campañas de la vendimia en el sur de Francia, o los emigrantes que fueron al "Nuevo Mundo" o los exiliados que tuvieron que salir de España al final de la guerra civil.

En todos estos casos nadie dejó la tierra por placer o por gusto, sino por necesidad. Por eso, y de una manera particular para los cristianos, es un deber acoger a los extranjeros como nos pide la Palabra de Dios, que siempre nos exige un compromiso con la justicia. Esta fue la llamada que el papa Francesc nos pidió a los cristianos en la Exhortación "La alegría del Evangelio". Este grito del papa fue también el que propició el encuentro da alcaldes en Roma, en 2016, entre ellos el de València, para denunciar la política de Europa, que, indecentemente, pone barreras a los refugiados que huyen del hambre, del miedo y de la muerte.

Jesús, que luchó contra el mal y que denunció la situación de opresión de los más pobres y de los más frágiles de su tiempo, nos enseñó a estar al lado de los que sufren y de los que se encuentran explotados, para liberarlos de las cargas asfixiantes que les impone el Primer Mundo. La actitud de Jesús fue siempre una actitud de liberación, para dar sentido a la vida y más aún a la vida de aquellos que no encuentran ningún motivo para vivir.

El papa Francesc, en su exhortación "La alegría del Evangelio", nos llama al comprometernos con la justicia en la defensa de los oprimidos. Como hizo Jesús. Y así lo expresa el papa cuando nos exhorta a anunciar "un Dios que exige un compromiso con la justicia". Dios de los pobres y de los oprimidos, Dios de los que lloran y de los desconsolados, Dios que libera y que nos pide que también nosotros liberemos a los oprimidos y a los que sufren. Por eso la fe ha de ir acompañada de un compromiso por la justicia, porqué la fe sin obras, está muerta.

Como decía hace unos años el magnífico obispo emérito de Málaga, Ramon Buxarrais, "La Iglesia ha de ser el lugar donde aquellos que lo pasan mal puedan sentirse bien". Por eso hemos de hacer realidad una Iglesia y una sociedad acogedora, que rompa las cadenas injustas que privan a los hombres vivir con plenitud.

La actitud de acoger en València a los 629 refugiados, nos anima a romper la esclavitud y la opresión en la que vive tanta genta y a abrir caminos de libertad y de liberación.
En la exhortación, "La alegría del Evangelio", el papa Francisco nos recuerda que "el Evangelio nos invita a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su dolor, con su presencia física que nos interpela con su dolor y sus reclamos".

 

El drama de estos refugiados, rechazados vergonzosamente por Italia y por Malta, nos invita a no cerrar los ojos ante las necesidades de nuestro mundo. Por eso los cristianos hemos de denunciar con valentía a los gobiernos que han convertido el mar Mediterráneo en un inmenso cementerio, para los centenares de inmigrantes que mueren ahogados. Hemos de urgir a los gobiernos de la vieja Europa, como nos pide el papa Francisco, a "abrir sus brazos para acoger a todos los pueblos", alejando de nosotros la desconfianza y el rechazo, ya que, como nos vuelve a decir el papa, "Jesús se identifica con el extranjero" y por eso espera que lo reconozcamos "en los inmigrantes, los desplazados, los refugiados y los exiliados". Se trata de construir la cultura del encuentro, para acoger a los que más sufren.

Jesús en el Evangelio de San Mateo denunció a aquellos que eran insensibles con los que pasaban dificultades: "Tuve hambre y no me disteis comer, era extranjero y no me acogisteis" (Mt 25:31-46). Por eso la Palabra de Dios nos invita a "romper las cadenas injustas, a partir el pan con el que tiene hambre, a acoger a los pobres que no tienen casa" (Is 58:6-7).

Ante el expolio que, a lo largo de los siglos, Europa ha hecho al Tercer Mundo, ahora no nos podemos lavar las manos pensando, con una actitud racista, que los refugiados vienen a quitarnos el trabajo. Los flujos migratorios de hoy están provocados por la violencia y por la pobreza y por eso las personas que llegan a nosotros no lo hacen por gusto sino por necesidad.

Los valencianos hemos de denunciar la indiferencia, la hipocresía y el silencio de aquellos gobiernos que pudiendo acoger a los refugiados no lo hacen y que rechazando el rostro del hermano, están rechazando el rostro de Dios, ya que en los que sufren se manifiestan los rasgos de Jesús de Nazaret. El gobierno italiano que se ha negado a acoger estas personas, cualquier día expulsa de Italia al papa Francisco, un inmigrante venido del nuevo mundo.

Hace falta que los gobiernos de Europa, olvidando aquello de: "de fuera vendrán que de casa nos sacarán", aprendan a ser solidarios para acoger a los hombres, las mujeres y los niños que, desesperados, llegan al viejo continente.

Cuando recibió el Premio Carlomagno en mayo de 2016, el papa Francisco pronunció un discurso centrado en el derecho de los inmigrantes a ser acogidos y respetados: "Sueño una Europa donde ser emigrante no sea un delito". Este es el reto de todos los que queremos un mundo mejor. Un mundo donde no sea un delito emigrar para encontrar una vida digna.

Acogiendo a los refugiados en València, el País Valenciano pasa de la inmoralidad de los gobiernos de la Gürtel, de los sobornos y del fraude, al gobierno de la solidaridad y de la acogida fraterna hacia los más débiles.