• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Jesús Martínez Gordo
Es indudable que la aportación de Gutiérrez ha permitido sanear una Iglesia, ligada a un orden social injusto

(Jesús Martínez Gordo, teólogo).- La historia de la teología contemporánea, y puede que la de los próximos decenios, está marcada por las intuiciones y los desarrollos de Gustavo Gutiérrez. Pocos, antes de él, han reivindicado con tanta clarividencia, rigor y coherencia la centralidad de la perspectiva teológica y espiritual que brota del seguimiento de Jesús, a partir de sus preferidos, los parias y los crucificados de todos los tiempos y de nuestros días.

Y pocos, como él, han sabido considerar unitariamente la salvación y la liberación, Dios y los pobres, ortodoxia y ortopraxis, vida y muerte, contemplación y subversión, iniciativa divina y libertad humana, revelación y ocultamiento, silencio y palabra o justicia y gratuidad.

Pero, sin embargo, pocos teólogos como el peruano se han visto sometidos a tantas y tan graves sospechas sobre la calidad y ortodoxia de su pensamiento: premoderno, sociologista, asistemático, pauperista, pelagiano, fundamentalista... Probablemente, la que más dolores de cabeza le ha provocado durante el pontificado de Juan Pablo II fue la que cargó las tintas en imputarle que la suya era una aportación infectada de marxismo, una cosmovisión que, además de totalitaria, resultaba materialista y anticristiana. La teología de Gustavo Gutiérrez vendría a ser, al decir de estos críticos, marxismo puro y duro, eso sí, pretendidamente edulcorado o, si se prefiere, envuelto con celofán pseudo-espiritualista.

La respuesta del teólogo peruano a esta acusación ha sido cuádruple: desmarcarse claramente de algunas consideraciones sobre la relación entre el marxismo y el cristianismo que se le han atribuido; negar que su teología sea o haya pretendido ser un constantinismo de izquierdas ocupada en propiciar un empleo ideológico de la fe cristiana; enriquecer los análisis socio-políticos y económicos de una primera época con otros posteriores más culturales y argumentar, en cuarto lugar, la importancia de emplear la mediación socio-analítica en el quehacer teológico, más allá de filias y fobias marxistas.

El afrontamiento de este último punto es el que le ha permitido mostrar que la "lucha de clases" se ha de englobar en un marco mucho más amplio: el de la existencia de un incuestionable "conflicto social". Apelando a esta constatación, ha reivindicado que toda teología que pretenda ser significativa en nuestros días no solo ha de tener presente semejante hecho, sino que ha de emplear las ciencias sociales o, cuando menos, valerse de sus resultados para conocer más y mejor las causas y la naturaleza de semejante conflicto. Y, a la par, Gustavo Gutiérrez no se ha cansado de repetir que si bien es cierto que la teología ha de respetar los resultados a que lleguen los llamados científicos sociales, no lo es menos que cuando emplea una racionalidad no-teológica no lo hace de manera acrítica, sino modificándola.

La historia ilustra sobradamente que éste ha sido siempre el modo más común de proceder de la teología en su relación con otras racionalidades. Por ello, recuerda, reconocer la existencia de un conflicto social no equivale a bendecir, por ejemplo, la lucha de clases como la ley o "el motor de la historia" ni a proponer o aceptar el odio como el mecanismo dinamizador ni a renunciar o eliminar la ley (y la lógica) del amor universal. Más bien, lleva a proponer y defender -por coherencia, fidelidad y sabiduría evangélica- un proyecto de liberación integral, es decir, estructural, pero también antropológico y teológico o espiritual.

El hecho de que a partir de 1981 abunde en la importancia de la liberación del pecado (muy probablemente como reacción a una cierta proclividad prometeica y secularizante en determinados sectores liberacionistas), no invalida, en absoluto, la importancia de la liberación estructural y política. Como tampoco invalida la imperiosidad de que en todo este proceso liberador vaya emergiendo, junto a un cambio estructural, una nueva persona humana, imagen de Dios y llamada a asemejarse a Él. Ése es el test de "veri-ficabilidad" en el que cuaja y se visualiza la verdad evangélica a la que se debe todo teólogo. También el de la liberación.

Y ése es el test que preside la perspectiva analítica y la propuesta teológica de Gustavo Gutierrez cuando defiende un proyecto de liberación integral en el que se articula emancipación personal, cultural y estructural (política y económica); dejando bien claro, por supuesto, que la liberación definitiva y total no es tanto conquista humana sino, sobre todo, don amoroso de Dios que se visualiza en la solidaridad con los parias de nuestros días. Una vez mostrada la centralidad de la propuesta integral, queda al libre arbitrio y a la prudencia de cada uno primar perspectivas y diagnósticos más atentos a la liberación personal, cultural o estructural, sin descuidar la interrelación que existe entre todas ellas.

Así leída y acogida, es indudable que la aportación de Gustavo Gutiérrez ha permitido sanear una Iglesia, ligada, durante mucho tiempo, y de manera no tan coherente como pudo parecer, a un orden social injusto. Y, a la vez, ha posibilitado, por más que les pese a algunos, la apertura del compromiso de los cristianos a posiciones socio-económicas, políticas y culturales tipificadas y socialmente reconocidas como progresistas o de izquierda. Estos cristianos descubren en ellas una mayor afinidad con el corazón del Evangelio. Y éste no es otro que la percepción del Crucificado en los parias de nuestros días. A la luz de tal percepción se entiende (y celebra) la fuerza salvífica y liberadora del amor que, gratuitamente recibido, se ha de dar gratis. Y, por supuesto, el fundamento, clarificador y crítico, del examen de amor que nos espera al atardecer de la vida: Mt 25, 31 y ss.