• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Gregorio Delgado del Río
¿Por qué la Iglesia en España no podría hacer suyo, como gran objetivo pastoral, el participar y colaborar activamente en la tarea de sanación de la convivencia entre los españoles?

(Gregorio Delgado del Río).- Una de las ideas que más han marcado y guiado mi vida ha sido la promesa evangélica según la cual "la verdad os hará libres" (Juan, 8, 32). Si algo rechazo instintivamente es la mentira y la falsedad, pues conducen a la servidumbre y a la sumisión no debida. No puedo entender la libertad sin la verdad, su condición ineludible. Sin libertad, no sabría vivir.

A partir de tan esencial convicción, ya se pueden imaginar que, una vez más, me haya sentido indignado y apenado ante el falsario espectáculo que, con motivo de la moción de censura, nos ha ofrecido la clase política. Ya sé que todo ufanos, sus engañados simpatizantes, proclaman que así es la política, puro marketing, puro crear apariencias, puro faltar a la verdad con la finalidad de conseguir sus partidistas intereses, que casi nunca coinciden con el interés general. Están tan entrenados en el arte del engaño y la manipulación que llegan, incluso, a anular en el ciudadano medio la más elemental capacidad de reacción. Lo grave radica en que la mentira se ofrece como verdad salvadora y liberadora. Después resulta que es todo lo contrario. Mentir, en el fondo, es no atreverse a ser libre. ¡Qué pena!

Nada hay más manejable que el llamado pueblo soberano. Se le utiliza con facilidad, incluso en contra suya. Puede apoyar una cosa y la contraria. No se entera o, mejor, no quiere, a veces, enterarse de lo que ocurre. Se resiste a confrontar lo que le dicen con la realidad, único criterio que todo lo pone a prueba. No quiere advertir la inmensa politización que padece. Todo se juzga desde la política y, de este modo, el resultado final consiste en una increíble falsificación de la vida social. Acepta -quiero creer que sin pretenderlo-, un verdadero 'totalitarismo'. Es el tributo que ha de pagar, precisamente, por no querer reconocer y aceptar la realidad.

Si fuésemos mínimamente objetivos observadores, nos daríamos cuenta que hay grupos sociales, partidos políticos, publicaciones, tertulianos, medios de comunicación, redes sociales, que, con todos los matices que sean precisos, mienten y manipulan (presuntamente) la realidad de cuanto ocurre, si así conviene a los intereses a que sirven.

 

Es habitual encontrarse con que se tergiversen los términos de las cosas a fin de confundir a propósito al destinatario (lector u oyente). Es claramente perceptible que, en muchos casos, se sobredimensionan los hechos según interese y se extraen infundadas consecuencias, siempre favorables (oh, qué casualidad) a sus particulares intereses. Todo cuanto propugnan o comentan en estos ámbitos tan manipuladores de la realidad es presentado y ofrecido, por supuesto, con un halo ético superior (¡no faltaba más!). No en vano se consideran poseedores de una sabiduría política y cultural únicas. Dicen y ofrecen una cosa (jaleada por los medios afines) pero hacen otra, precisamente, la que ocultaron (también jaleada por los mismos medios). Es fácilmente detectable una doble o triple vara de medir. ¡Vaya forma de propiciar una sólida opinión pública!

Sin embargo, aparentemente no pasa nada. Como subrayaba Julián Marías, la mentira debería originar el desprestigio y la descalificación inmediata de su autor. Aquí ocurre lo contrario: quién miente sale reforzado y prestigiado. Tampoco, entre las fuerzas políticas, se piden cuentas sobre tan manipuladoras conductas. ¿Por qué será? ¿Acaso todas ellas ponen en práctica la misma receta? Pocos, muy pocos, entre los creadores de opinión pública, suelen reprochar esos comportamientos mendaces y provocar en quienes los padecen (el ciudadano medio) una justa indignación. ¡Todo un mundo al revés! La mentira sale gratis total.

Hemos llegado a tal estado de cosas que, en ocasiones, se hace muy difícil intervenir en el debate público. Cuánto más trascendente para la vida social y política es la cuestión que se debate más difícil se hace disentir de la interpretación que se quiere imponer. No se atiende a las razones esgrimidas. Simplemente no se permite el concurso de ninguna otra verdad ni matiz alguno sobre la verdad inventada. Si no te unes al coro, por ejemplo, en materias relativas a la ideología de género u otras referidas al feminismo militante, ya sabes la que te espera. Serás tachado como machista, serás desacreditado a nivel personal, pondrás en riesgo tu profesión y serás arrojado a las tinieblas exteriores. No existe más verdad que la calle.

Somos un país en el que, a pesar de la corrección política, la verdad y la libertad no acaban de arraigar. Nunca se ha hablado más de libertad de expresión. Pero, lo cierto es que, ante la intensa ideologización de amplios sectores de las instituciones públicas, prima el silencio, la discreción y la cautela.

 

Se teme -aunque no se reconozca en público-, la reacción. El corporativismo sigue reinando por doquier en muy amplios sectores de la vida social y de algunas instituciones públicas. El amiguismo y la militancia política (no la verdad de la competencia que se atesora) siguen imperando como méritos definitivos en muchas decisiones. La administración de justicia está, en amplios sectores de la misma, muy politizada y es bastante corporativista. ¿Quiénes, conocedores de su funcionamiento, se atreven a una sana crítica? La ideología separatista y supremacista divide e inferna la sociedad. No existe ni es posible, en el ámbito en que impera, ninguna otra verdad o visión de la realidad, salvo que prefieras ser marginado y calificado de fascista. Tenemos un gobierno fruto de la mentira (corrupción/nuevas elecciones), puramente decorativo e incapaz de gobernar. Tenemos un gobierno, entregado a los separatistas vascos y catalanes, que carece de fuerza parlamentaria para afrontar las reformas pendientes, por importantes y urgentes que sean. Iba a convocar elecciones de inmediato (se decía), pero ahora dice que agotará la legislatura. ¡Vaya panorama!

En todo este inmenso gatuperio, que es la convivencia actual en España, nos falta una referencia explícita a la Iglesia católica, que también es creadora de opinión pública. Uno tiene la costumbre malsana de hacerse algunas preguntas: ¿Por qué la Iglesia en España no podría hacer suyo, como gran objetivo pastoral, el participar y colaborar activamente en la tarea de sanación de la convivencia entre los españoles? ¿Acaso el situar a la verdad (la realidad) en el centro mismo de la convivencia no parece a nuestros obispos un objetivo digno de evangelización? ¿No les parece que lo que viene ocurriendo (con el silencio y la complicidad de tantos) es incoherente con el mensaje evangélico (verdad/libertad)? ¿Acaso entienden que los problemas actuales pueden afrontarse desde la falsificación de la realidad o que puede laborarse en la regeneración de la sociedad sobre la base de la mentira? Es más, en este contexto revisionista, podrían preguntarse de paso sobre el papel real de los medios de comunicación que regentan. ¿Realmente sirven a la paz social, al pluralismo, a la verdad y a la libertad?

En relación con las referidas preguntas, me veo en la obligación de recordar unas recientes palabras del Papa Francisco a los periodistas, en las que les insta a "no caer en la trampa de las lógicas de contraposición por intereses o por ideologías", pues "a veces no se pone en la mesa la información completa, sino que se la selecciona según los propios intereses, sean ellos políticos, económicos o ideológicos". ¡Casi nada! Ha puesto el dedo en llaga. ¡Quién tenga oídos, que oiga! Todos cuantos opinamos -seamos periodistas o no- podemos caer en verdaderas trampas y servir a intereses bastardos. La información es muy exigente y siempre debiera respetar el límite de la realidad. ¿Acaso no hemos traspasado con creces este límite con la anuencia y complicidad de todos? ¿Acaso, señores obispos, ustedes se sienten inocentes?

Es más, en este orden de cosas definitorio en la lucha por una sociedad libre, abierta y sana, el Papa insistió en una dimensión, a veces olvidada, a saber: "ser periodista es un trabajo exigente que tiene que ver con la formación de las personas, de su visión del mundo y de sus actitudes ante los eventos". Evidente, en todo caso. Más aún, si hablamos de medios de comunidad que regente la propia Iglesia católica en España. Es la responsabilidad y la función de quienes trabajan en esos medios. Y, sin andarse con medias tintas, el Papa les dice: "... se empeñan ante todo personalmente, por una comunicación que sepa anteponer la verdad a los intereses personales o de corporaciones". ¡La verdad como gran valor social! ¿Es así en los medios de comunicación que regenta la Iglesia católica en España?

La situación real es muy frágil. Lo cierto es que, en este momento, se cumple el diagnóstico que hiciera J. F. Revel: " La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira". ¡Qué se puede esperar!