• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Columnistas_Ramón Hernández
¿Cuánto tardará todavía la Iglesia católica en acoplar su sensibilidad religiosa a tan bella dotación de la naturaleza para asumirla en plenitud?

(Ramón Hernández).- La fiabilidad de quien pretenda aleccionar a otro sobre la sexualidad dependerá del talante y la naturalidad con que trate un tema tan bello e interesante, pero tan escabroso por las suspicacias en que lo envolvemos. Arrojar alguna luz en esta materia requiere seriedad y elegancia. Cómo debe abordar la Iglesia el tema de la sexualidad para bien de todos y para su propio gobierno es cuestión de gran trascendencia. ¿Por qué a la moral cristiana se le atraganta la sexualidad, su bestia negra, frontón contra el que rebota su artillería?

¿Mal menor?

Lejos de reconocer la hermosura y la hondura que la sexualidad tiene de por sí, la Iglesia la tolera solo como "mal menor" y restringe sin miramientos su ejercicio. Incluso hay moralistas para quienes Dios debió de equivocarse al hacernos seres sexuados y hacer depender la procreación del sexo. Ello no es óbice para que otros se vayan al extremo opuesto y piensen que el Creador fue tan sumamente sabio que puso un enorme placer en el sexo para que los seres humanos procreáramos.

Nada tiene de extraño que el cristianismo, debido a tales sospechas, haya ensalzado la castidad y, más aún, la virginidad. De hecho, el santoral está saturado de vírgenes. El placer es un factor desestabilizador al anclarnos a un mundo malo. En particular, el gran placer sexual hace que nos guste el transitorio mundo malo en que vivimos, nos distrae del camino de perfección e impide el imperio de lo sobrenatural.

La fuente del intenso placer sexual no puede ser más que pecaminosa. Por tanto, lo realmente cristiano es constreñir el sexo y rechazarlo para imitar a Jesucristo y compartir su indecible sufrimiento en la cruz.

Sea por la torpeza o por la sabia estrategia de Dios, lo cierto es que la sexualidad forma parte del cuerpo y de la personalidad humana. De ahí que, procediendo con el necesario equilibrio, debamos afirmar que la sexualidad tiene gran trascendencia no solo para la perpetuación de la especie humana, sino también para el equilibrio personal y para fundamentar una forma de vida razonable y rica.

Procreación, equilibrio personal y una forma de vida razonable y rica son pilares fundamentales para cualquier intento de mejorar la forma de vida que nos hemos dado. Es este un tema de gran interés social, pero no parece que el mundo eclesial tenga ganas de abordarlo en profundidad. La religión, al justificar la sexualidad por el hecho material de la procreación, la ha convertido, por así decirlo, en algo mecánico. Es demasiado lo que se ha edificado sobre la castidad, tanto en el organigrama clerical como en la espiritualidad de los cristianos, para que pueda modificarse el rumbo rápidamente. Pero el frondoso árbol del que todos formamos parte no puede seguir siendo sometido a una poda continua.

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