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Otras Confesiones
Francisco, durante el rezo de vísperas en San Pablo Extramuros RD
Todos nosotros, cristianos, hemos pasado a través de las aguas del Bautismo, que han destruido a nuestros enemigos, el pecado y la muerte. Y así hemos emergido como pueblo, conciudadanos de los santos y familiares de Dios

(Jesús Bastante).- Una oración, una promesa de salvación. Como el pueblo israelí fue salvado en el Mar Rojo, así los cristianos somos salvados "del pecado y del miedo" por el Bautismo. Francisco presidió esta tarde, en la basílica de San Pablo Extramuros, la oración de vísperas con la que se cierra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

No estuvo solo: a su lado, rezando junto a las reliquias del apóstol de los gentiles, representantes ortodoxos, anglicanos y de la Iglesia luterana. Todos ellos recordando el camino que queda por hacer y, como recalcó el Papa en su homilía, "cuántos hermanos sufren la persecución en el nombre de Jesús, y sus sangre derramada de confesiones diversas. Se convierten, juntos, en mártires de la fe".

En las oraciones previas, el representante ortodoxo pidió a Dios que "convierta nuestros corazones a la obediencia al Evangelio y a la caridad fraterna", mientras que el clérigo anglicano pidió al Señor que "escuche la gratitud que hoy la Iglesia eleva por las grandes cosas que has realizado por nosotros. Reaviva nuestra fe y no permitas que nos alejemos de ti".

En su homilía, Francisco contemplo la salvación "como una imagen del bautismo", pues "son nuestros pecados los que son anegados por el agua". Una sensación que permanece siempre. "El pecado amenaza con hacernos siempre esclavos, pero la fuerza del amor lo ha aplastado", señaló Francisco.

 

 

"Todos nosotros, cristianos, hemos pasado a través de las aguas del Bautismo, que han destruido a nuestros enemigos, el pecado y la muerte". Y así "hemos emergido como pueblo, conciudadanos de los santos y familiares de Dios".

La fe, a través del Bautismo, nos permite "compartir la experiencia fundamental, la gracia de Dios y su misericordia para salvarnos. Gracias a que Dios ha experimentado esto en nosotros, podemos cantar sus alabanzas".

Agradecer "la ternura de Dios, que nos salva del pecado, del miedo y de la angustia. Esta experiencia preciosa es custodiada en el corazón y la memoria", para siempre. Y, desde entonces, "no estamos solos a las orillas del Mar Rojo, sino rodeados de hermanos y hermanas que han recibido la misma gracia y proclaman la misma alabanza".

Una "potente experiencia", similar a la de San Pablo, recordó Francisco, quien "pudo convertirse de perseguidor en apóstol de Cristo", y "buscar la comunión con los otros hermanos, inmediatamente. Primero en Damasco y después con Jerusalén".

"Es esta nuestra experiencia de creyentes: a medida que crecemos, comprendemos que la gracia nos alcanza junto a otros, y que es para compartir con los otros. Cuando levantamos la acción de Dios con nosotros, descubrimos que no cantamos solos", añadió el Papa, quien reconoció el trabajo que, a lo largo del último siglo, ha servido para que los cristianos "nos encontramos juntos en el Mar Rojo, en el bautismo done hemos sido salvados, y así la alabanza de otros hermanos es también el nuestro".

 

 

"Deseamos rezar juntos, uniendo todavía más nuestras voces, y cuando nuestras divergencias nos separan, reconocemos formar parte del pueblo elegido, la misma familia de hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre", proclamó el obispo de Roma.

Tras la liberación, el pueblo ha emprendido un largo y difícil viaje a través del desierto, muchas veces vacilando, pero con el recuerdo de la obra salvífica de Dios", recordó el Papa. "También los cristianos de hoy -añadió- encuentran en el camino muchas dificultades, desiertos espirituales que hacen enardecer la esperanza y la alegría". También, el martirio.

"Junto a los amigos de otras tradiciones religiosas y cristianas, afrontan hoy desafíos que atentan contar la dignidad humana, huyen de situaciones de conflicto y miseria, víctimas de la trata y otras esclavitudes modernas", admitió. Pese a todo, reavivando esta memoria "podemos sostenernos los unos a los otros y armados por Jesús y la dulce fuerza de su Evangelio todo desafío con esperanza". Y, en fin sabiendo que Dios "continuará salvándonos y acompañándonos en el camino".

 

 

Homilía del Papa:

La lectura del libro de Éxodo nos habla de Moisés y María, hermano y hermana, que elevan un himno de alabanza a Dios a orillas del Mar Rojo, junto con la comunidad que Dios liberó de Egipto. Ellos cantan su alegría porque en esas aguas Dios los ha salvado de un enemigo que pretendía destruirlos. Moisés mismo había sido salvado previamente del agua y su hermana había sido testigo de aquel acontecimiento. De hecho, el Faraón había ordenado: "Echa en el Nilo todo niño varón que nacerá" (Ex 1,22). Después de haber encontrado la cesta con el niño dentro de los juncos del Nilo, la hija de Faraón lo había llamado Moisés, porque dijo: "Lo tomé de las aguas" (Éxodo 2:10). La historia del rescate de Moisés de las aguas prefigura así un rescate mayor, el de todo el pueblo, que Dios dejaría pasar a través de las aguas del Mar Rojo, para lanzarles luego, sus enemigos.

Nuestra historia de salvación forma parte de la historia de Dios
Muchos Padres antiguos entendieron este pasaje liberador como una imagen del Bautismo. Son nuestros pecados los que han sido ahogados por Dios en las aguas vivas del Bautismo. Mucho más que Egipto, el pecado amenazaba con hacernos esclavos para siempre, pero el poder del amor divino lo arrolló. San Agustín (Sermón 223E) interpreta el Mar Rojo, donde Israel vio la salvación de Dios, como un signo anticipatorio de la sangre de Cristo crucificado, fuente de salvación. Todos nosotros cristianos hemos pasado por las aguas del Bautismo, y la gracia del Sacramento ha destruido a nuestros enemigos, el pecado y la muerte. Saliendo de las aguas, hemos alcanzado la libertad de los hijos; hemos emergido como pueblo, como comunidad de hermanos y hermanas salvados, como "conciudadanos de los santos y familia de Dios" (Efesios 2:19). Compartimos la experiencia fundamental. Y precisamente porque Dios ha obrado esta victoria en nosotros, juntos podemos cantar sus alabanzas.

En la vida, experimentamos la ternura de Dios, quien en nuestra vida diaria nos salva amorosamente del pecado, el temor y la angustia. Estas preciosas experiencias deben mantenerse en el corazón y en la memoria. Pero, al igual que sucedió con Moisés, las experiencias individuales se unen a una historia aún más grande, que es la salvación del pueblo de Dios. Lo vemos en la canción cantada por los israelitas. Comienza con una historia individual: "Mi fuerza y ​​mi canción es el Señor, él ha sido mi salvación" (Éx 15,2). Pero más tarde se convierte en la narrativa de la salvación a todo el pueblo: "Guiaste con tu amor a este pueblo que has rescatado" (v. 13). Quien eleva este cántico se ha dado cuenta de que no está solo en las orillas del Mar Rojo, sino rodeado de hermanos y hermanas que han recibido la misma gracia y proclaman la misma alabanza.

San Pablo: una conversión que busca la comunión con los demás
También San Pablo, cuya conversión se celebra hoy, ha vivido la fuerte experiencia de la gracia, que lo llamó a convertirse, de perseguidor, apóstol de Cristo. La gracia de Dios lo ha empujado, incluso a él a buscar la comunión con otros cristianos, de repente, por primera vez en Damasco y luego en Jerusalén (Hch 9,19.26-27). Esta es nuestra experiencia como creyentes. A medida que crecemos en la vida espiritual, comprendemos cada vez más que la gracia nos llega junto a los además y es para compartir con los demás.

De esta manera, cuando elevo mi acción de gracias a Dios por todo lo que ha hecho en mí, cuando le doy gracias a Dios por lo que ha hecho en mí, descubro que no canto solo porque otros hermanos y hermanas tienen el mismo canto de alabanza.

Las diversas confesiones cristianas han tenido esta experiencia. En este último siglo, hemos finalmente entendido que estamos juntos en las costas del Mar Rojo. En el Bautismo hemos sido salvados y el canto de alabanza agradecida, que cantan otros hermanos y hermanas, nos pertenece, porque también es nuestra. Cuando decimos que reconocemos el bautismo de cristianos de otras tradiciones, confesamos que ellos también han recibido el perdón del Señor y la gracia que obra en ellos. Y damos la bienvenida a su adoración como una auténtica expresión de alabanza por lo que Dios hace. Entonces deseamos rezar juntos, uniendo aún más nuestras voces. Y aun cuando las divergencias nos separan, reconocemos que pertenecemos al pueblo de los redimidos, a la misma familia de hermanos y hermanas amados por el único Padre.

Nuestra historia de salvación forma parte de la historia de Dios
Después de la liberación, el pueblo elegido emprendió un largo y difícil viaje a través del desierto, a menudo vacilante, pero sacando fuerza del recuerdo de la obra salvificadora de Dios y su presencia siempre cercana. Incluso los cristianos de hoy encuentran muchas dificultades en el camino, rodeados de tantos desiertos espirituales, que causan la sequía de la esperanza y la alegría. En el camino también hay serios peligros graves que ponen en riesgo la vida: ¡cuántos hermanos sufren la persecución por el nombre de Jesús!

Cuando se derrama su sangre, aunque pertenezcan a diferentes denominaciones, en conjunto se convierten en testigos de la fe, los mártires, unidos en el vínculo de la gracia bautismal. Incluso, junto a amigos de otras tradiciones religiosas, los cristianos se enfrentan a los desafíos actuales que degradan la dignidad humana, huyendo de situaciones de conflicto y de miseria; son víctimas de la trata de seres humanos y otros tipos de esclavitud moderna; sufren penurias y hambre en un mundo cada vez más rico en medios pero más pobre en amor, donde continúa aumentando la desigualdad. Pero, al igual que los israelitas del Éxodo, los cristianos están llamados a custodiar juntos el recuerdo de lo que Dios ha hecho por ellos. Reviviendo esta memoria, podemos sostenernos unos a otros y afrontar, armados sólo de Jesús y la fuerza suave de su Evangelio, cada reto con valor y esperanza.

Hermanos y hermanas, con el corazón lleno de alegría por haber cantado, hoy aquí juntos, un himno de alabanza al Padre, por medio de Cristo nuestro Salvador y en el Espíritu que da la vida, deseo extender mi cordial saludo a Su Eminencia el Metropolita Gennadios, representante del Patriarcado ecuménico, a Su Excelencia Bernard Ntahoturi, representante personal en Roma del arzobispo de Canterbury, y a todos los representantes y miembros de las diversas denominaciones cristianas aquí reunidas.