• Director: José Manuel Vidal
Solidaridad
José Carlos da Silva, en San Antón
Vi al Papa y le toqué. Y sentí algo especial. Fue un momento grande en mi vida. Nunca lo olvidaré

(José M. Vidal).- El primer regalo de Navidad (en Portugal no se celebran los Reyes) que recuerda es una bicicleta. Entonces José Carlos da Silva era un niño de cinco años y vivía feliz con su familia en Sintra. Hoy, a sus 47, no tiene hogar, es monaguillo en la iglesia de San Antón y solo le pide a los Reyes "muelas y un trabajillo, si puede ser".

José Carlos da Silva es uno de los más de 300 sin techo que se reunieron a noche en la iglesia madrileña del padre Ángel. Al calor de una taza de chocolate y un buen trozo de roscón, para celebrar los Reyes. Con la nostalgia en los ojos de la infancia perdida y de aquellos primeros regalos, que todavía recuerdan: La bicicleta de José Carlos, la peonza de Antonio, la pistola que disparaba un corcho de Francisco o la muñeca de trapo de María.

Y, como la infancia es la patria de la vida, a José Carlos, con muchos años en la calle, se le iluminan los ojos recordando sus Navidades con su familia portuguesa, a la que abandonó hace más de 20 años. ¿Por qué? "Por culpa de la vida o de la mala vida", responde en plan filosófico. Desde entonces, vaga por Madrid y se ha especializado en vivir de la caridad, tanto él como su nueva familia.

Porque José Carlos vive con un compañero, "desde que se fue una chica que encontré aquí, en Madrid". Vive acompañado, porque "es peligroso estar solo, donde yo vivo". Su casa está en la Casa de Campo, en un hueco de la parada del teleférico. Allí desde donde se ve todo Madrid...sin cielo para él, pero con muchos gatos.

"Tengo unos 35 gatos, que viven conmigo y a los que alimento. Todos los días tengo que encontrar comida para mí y para ellos", dice. E incluso, para algún intruso más. "A veces, cuando vuelvo, el zorro y las urracas, que son mis despertadores, se han llevado mi comida y la de los gatos".

Los trabajadores de la Casa de Campo le conocen y le respetan a él y a su 'casa' en el hueco del teleférico. Porque José Carlos no quiere oír hablar de albergues. "No los quiero, no son para mí. No tengo hogar, pero nunca perderé mi libertad, porque sigo siendo una persona", confiesa, mientras hace una mueca con los labios, se tapa la boca desdentada y me enseña su página de Facebook, que pone al día con la wifi de San Antón.

Como buen 'profesional' de la calle, conoce todos los sitios donde le pueden dar algo. Desde los voluntarios de plaza de España, a la Orden de Malta, pasando por San Antón. Aquí, en la iglesia del Padre Ángel, es un habitual. Todos los trabajadores y los voluntarios le conocen. Aquí tiene nombre y se siente arropado y querido.

Con el Padre Ángel se fue incluso a Roma, con una docena de compañeros sintecho, a ver al Papa Francisco. "Vi al Papa y le toqué. Y sentí algo especial. Fue un momento grande en mi vida. Nunca lo olvidaré".

Mientras hablamos, la iglesia se va llenando. Las mesas están preparadas con sus platos y sus tazas. Y todas ocupadas. Llega el Padre Ángel, salen los Reyes Magos con un paje robot, que los presenta y canta villancicos. Y comienza la ceremonia de entrega de regalos, mientras los voluntarios sirven chocolate y roscón. Primero, para los niños, porque algunos sintecho también tienen hijos. Después, los adultos.

El Padre Ángel saluda a los suyos, a los sin techo que conoce por sus nombres y que lo acogen con una ovación. "Es como nuestro padre. Es lo mejor que hay", comenta José Carlos, a mi lado. Desde el altar, al lado de los Reyes, el párroco de San Antón da las gracias a los presentes y les invita a volver a la infancia. "Porque hoy es un día para que los niños y los no tan niños seamos felices, con pequeños regalos envueltos en el oro de la solidaridad".

Y los voluntarios reparten, además de la chocolatada y el roscón, regalos a cada uno de los presentes. Para las mujeres, una bolsa con productos de belleza e higiene, amén de bufanda, gorro, guantes y calcetines. Para los hombres, un neceser con productos de higiene e, igualmente, un gorro, una bufanda, unos guantes y unos calcetines. Lo que más necesitan.

Porque aquí, en la iglesia de San Antón conocen sus necesidades. Conviven con ellos todo el año, les conocen por sus nombres y apellidos, saben de sus vidas y de sus miedos y están pendientes de sus necesidades más perentorias: La comida y el aseo.

"La iglesia de Sa Antón es hoy (y lo es también todo el año) la casa de la ternura y de la misericordia. No podemos solucionar sus problemas y sacarlos a todos de la calle, pero les damos cariño y acogida. Muchas de estas personas lo que más necesitan es que alguien les preste atención y les acaricie", dice el Padre Ángel.

Porque, gracias a sentirse acogidos y queridos, muchos sinhogar, como José Carlos, no pierden la esperanza. "Yo le quiero pedir a los Reyes paz para el mundo y, para mí, un trabajillo, aunque sólo sean unas pocas horas al día, haciendo cualquier cosa, aunque mi especialidad es poner pladur". ¡Ojalá te oigan los 'reyes' de la solidaridad!