• Director: José Manuel Vidal
Solidaridad
Tíscar Espigares, responsable en España de la comunidad San Egidio RD
La primera manera de vencer la desigualdad y la violencia es mirarla a la cara

(Jesús Bastante).- La Comunidad de Sant Egidio cumple medio siglo de vida. El próximo domingo, el Papa Francisco visitará a los responsables de esta asociación que trabaja por la resolución de conflictos, el fin de las guerras y, ahora, muy directamente, con el drama de los refugiados.

La responsable de Sant Egidio en España, Tíscar Espigares, subraya cómo, en este período, han aprendido que "el camino para extirpar las guerras pasa por el diálogo", "una de las asignaturas más necesarias en nuestra sociedad". Parece una obviedad decir que en el mundo del siglo XXI "hay que darle fuerza de nuevo al diálogo y al encuentro", pero hace falta gente valiente que lo diga.

La responsable de San Egidio en España da cuenta en esta entrevista del 50 aniversario que está celebrando la comunidad, y eso con "el impulso de mirar hacia adelante" tan fresco como siempre, "porque todavía hay mucho que cambiar y mucho por construir".

 

Hoy nos acompaña Tíscar Espigares. No es la primera vez.
Bienvenida. Eres una de la responsables de la Comunidad de San Egidio. Estáis de cumpleaños.

De cifras redondas: 50 años.

Medio siglo de la comunidad.

Sí; medio siglo desde que empezó en Roma.

¿Qué supone cumplir medio siglo? Porque ni sois una comunidad de las tradicionales, que algunas acaban de cumplir casi 800 años; franciscanos, dominicos... Y tampoco sois uno de esos nuevos movimientos, aunque nacéis en una época como es la del Concilio.

Supone una alegría, en primer lugar; la alegría de ver un camino recorrido. Aunque no sean 800 años, tampoco son diez, ya podemos hablar de una perspectiva. También supone una cierta madurez.

Pero la ingenuidad con la que comenzó San Egidio, en el 68, cuando el mundo era bastante diferente a como es hoy, de querer cambiar el mundo, de soñar a lo grande con un mundo en paz y justo, eso no ha cambiado. Y aunque sí lo haya hecho el escenario y muchas cosas más, el frescor del primer día se mantiene igual de intacto.

Tal vez los problemas sigan estando ahí, pero hay otras instituciones que han perdido esas ganas de cambiar el mundo, esa ilusión. Vosotros seguís ahí haciendo realidad algunos de esos sueños.

Claro, por eso decía lo de esta ingenuidad. Para nosotros, decir 50 años es hablar de juventud. Alguno tendría la tentación, ante un aniversario con esta cifra tan redonda, de mirar atrás, hacer balance de logros y este tipo de cosas, pero la verdad es que para nosotros, cincuenta años es, sobre todo, el impulso de mirar hacia adelante y mirar hacia el futuro porque todavía hay mucho que cambiar y mucho por construir. Y mucha violencia que extirpar del mundo. Mucha pobreza que acompañar, consolar y transformar.

Así, que estos cincuenta años suponen el equipaje de comprobar que es posible transformar muchas realidades. Nuestro lema es que no hay nada imposible. Bueno, no es nuestro; ya lo dice el Evangelio. Se trata de creerlo y mantener esta convicción. Todavía hay mucho por hacer.

Hay varios aspectos, pero sois especialmente conocidos por algunos de ellos. Uno lo decías hace un momento, es la lucha contra las violencias. Hoy es veintitrés de febrero y estamos celebrando, en toda la Iglesia, la jornada de ayuno y de oración por la situación de los países azotados por la guerra, el hambre y la injusticia, como son Sudán del Sur y Congo.

¿Cómo afrontáis ese tipo de realidades? ¿Cómo se trabaja desde San Egidio, y desde la Iglesia, para superar los distintos tipos de violencia? Porque no solo estamos hablando de guerras civiles, sino también de la violencia de la desigualdad y la de vivir en un mundo, lamentablemente, más pobre que el de arriba, etc.

Yo creo que lo primero es no aceptar la indiferencia. No aceptar las situaciones e interesarse por ellas, cosa que en un mundo paradójicamente globalizado e hiperconectado, fácilmente conocemos lo que pasa a miles de kilómetros de distancia, pero es que a veces no nos interesa; basta con cambiar de canal.

O mirar otra lista de trending topic.

Exacto. Entonces, para nosotros lo primero es no pasar de largo. No aceptar ni la indiferencia ni la resignación. No aceptar que las guerras, junto a la violencia, la pobreza y la injusticia, son una componente estructural del mundo. Que el mundo tiene que tener estos componentes y estos elementos forman parte de él inexorablemente...

Pues no: no aceptarlo y empezar a trabajar de muchísimas maneras. Hay mucha violencia. Y tampoco la violencia a pequeña escala; como es la soledad, la indiferencia.

Que no importa lo que le está pasando a alguien no solo a miles de kilómetros, sino a la personas que todos los días veo cuando salgo de mi casa, que está pidiendo o durmiendo en un banco.

Vivimos sin conocer prácticamente a nuestros vecinos de portal. Prácticamente solo al de la puerta de al lado.

Por eso, la primera manera de vencer esta desigualdad y esta violencia es mirarla a la cara, conocerla y preguntarse juntos qué podemos hacer.

Hay una primera respuesta para nosotros, los cristianos, que es la oración. También a lo que el Papa nos invitaba esta tarde, a rezar por la paz en el mundo. Porque, en el fondo, hacerlo es una forma de revolverse, de decir: no aceptamos este mundo.

Y de cargamos las pilas, porque también necesitamos la oración como alimento. Y debería de ser algo inseparable, para los creyentes, de la acción.

Sí, de hecho la alimenta. Creo que la oración no es tiempo inútil; te cambia, si verdaderamente te sirve para que la palabra de Dios eche raíces en tu corazón: si tu corazón se mueve, las manos llegan más allá de lo que supuestamente llegaban con todos nuestros cálculos, etc.

Rezar o, también, ponerse a trabajar; ver qué podemos hacer. En algunos casos se puede hacer más y en otros menos, pero siempre se puede dar una respuesta: esto, para nosotros es muy importante.

Hablabas, hace un momento, de dar por supuesto que el mundo tiene que tener guerras, injusticia y pobreza... ¿Podemos llegar a estar preparados para un mundo sin guerras, sin esa violencia tan extrema?

Deberíamos. Y para eso tendríamos que soñarlo, que quererlo. Hay muchas cosas que han cambiado en el mundo; hace un siglo existía la esclavitud, se veía normal y formaba parte de la vida misma. ¿Por qué no soñar, si la esclavitud ha sido abolida, (aunque sabemos que en algunas partes del mundo por desgracia todavía persiste) con un mundo sin guerras? Parece una utopía pero, ¿por qué no? Nosotros soñamos con eso y queremos trabajar para conseguirlo.

Sois conocidos como mediadores en conflictos, entre partes que sin esos mediadores nunca llegarían a un diálogo. ¿Cómo trabajáis en esos entornos?

Hay una palabra que es, para nosotros, grande e importante. Me refiero a la palabra diálogo; encontrar a las personas, mirarlas a la cara, dialogar... También significa entender, comprender, escuchar las razones del otro. Porque el otro también tienen unas razones. Eso no significa estar de estar de acuerdo. Es algo que se verá en cada caso.

Nosotros creemos que el camino para extirpar las guerras pasa por el diálogo. No son más violencias y nunca es la guerra. Para nosotros, muchísimas de las experiencias de las negociaciones de paz que ha favorecido la comunidad de San Egidio, han partido de esto: historias de amistad, de conocer a la gente que sufre. De tratar de hablar de hablar con unos y con otros. El caso de Mozambique fue el primero y el más paradigmático.

Teníamos comunidades allí, conocíamos a un obispo, de Beira, Monseñor Jaime Gonzálvez, y a través de él pudimos conocer y entrar en diálogo con la RENAMO, que era en, ese momento, la guerrilla. A través del presidente del Partido Comunista Italiano en aquella época, se pudo también hablar con el presidente del FRELIMO.

Se empezaron a tejer unas redes humanas que, al final, dieron como fruto este tratado de paz, vigente a día de hoy; han pasado más de veinticinco años desde que se firmó y es estable.

Siempre es eso; encontrar caminos, tender puentes, escuchar a la gente, crear confianza. Está claro que nuestro interés no es otro que el de la paz; no hay intereses oscuros y eso se nota.

Además, siempre se generan semillas de contradicción en algunas partes, porque la mediación no siempre es vista como tú lo explicas. Parece que siempre hay unos buenos y otros malos; los que tienen la ley de su parte y los incumplidores. Pero con esas reglas de juego no se llega a ningún puerto. Lo estamos viviendo en situaciones muy concretas.

El papa Francisco es un mediador nato, o da esa sensación; lo vemos en pequeños detalles, pero también en Cuba, en Colombia..., en determinados lugares donde se está implicando. Desgraciadamente en otros sitios, como Israel y Palestina, parece que sin fruto. Pero sí que se le está reconociendo como actor de la mediación en algunos de los conflictos, y entiendo que lo que está llevando a cabo tiene mucho que ver con el trabajo que vosotros desarrolláis. Ese estilo.

Está claro que el papa Francisco, en ese aspecto, es un pontífice en el sentido literal de la palabra. Es un hombre que verdaderamente representa y ejerce de pontífice. Y no es que diga amén a todo; cuando tiene que decir que algo no le gusta, encuentra la manera de decirlo. Pero no va de frente con la escopeta cargada; es una persona que sabe escuchar, dialogar y acoger al que tiene delante. Que nunca empieza juzgando a la gente, cosa que ocurre muchas veces, cuando ya vamos con algún prejuicio y se acaba el diálogo; ya se ha establecido un muro, aunque sea invisible entre nuestro interlocutor y nosotros.

El arte del diálogo hoy es una de las asignaturas más necesarias en nuestra sociedad. Estamos caminando hacia un mundo de gente sola; cada vez, la capacidad de hablar es menor, la fatiga... Pero es el camino, y los atajos no son buenos.

Da la sensación, al menos en nuestro mundo occidental, de que el tema de los matices se está perdiendo, de que nos movemos a golpe de tuit; esas certezas que nos faltan en nuestra vida cotidiana pero que las ponemos como ese muro: en blanco o negro. Sin posibilidad de encontrarnos... Es complicado.

Tienes toda la razón; a veces parece que hubiéramos vuelto a la tele en blanco y negro. Que solo tuviéramos dos canales. Que solo vemos en dos colores... Pero es cierto. Puede tratarse de una reacción a este mundo tan complejo, porque de repente se nos ha abierto un abanico tan variopinto...

Es curioso que, en un mundo globalizado, donde se supone que tienes al alcance distintas civilizaciones y modos de entender la vida, a la hora de dialogar, resulta que hemos perdido esa capacidad.

Eso es muy importante, mencionabas antes las nuevas tecnologías. El blanco y negro que, efectivamente, no es tal porque hay cantidad de matices. Al final, en el mundo de hoy, se ejemplifica con el "me gusta/no me gusta". Y ya está. Esto se está imponiendo, hay una simplificación tal que los matices desaparecen. Y con ellos el diálogo, que implica reconocer un motón de matices y que la verdad absoluta no existe solamente en una parte. Que todos tenemos nuestra parte de verdad y de equivocación. O, por lo menos, de duda.

La vida es un camino.

Y estamos en un mundo paradójico. Parece que tenemos una gran diversidad de posibilidades y de cosas a escoger, pero en el fondo nos movemos, como dice el filósofo surcoreano, Han, que es muy interesante. Él dice que extirpamos lo diferente y la única diferencia que admitimos es comercializable. Todos tenemos una tablet. Sea de una marca o de otra. Antes venía en el metro y es alucinante, todo el mundo mirando la pantalla. Esto se parece al gran hermano.

El Papa, en el mensaje para las jornadas de la juventud, hablaba de esa obsesión que tienen por la imagen, para conseguir muchos likes, que acaban por convertirse a sí mismo en fakes. Y encima, era un día complicado en las redes porque pasaron muchas cosas extrañas, desde la muerte de Forges hasta el tema de Joaquín Reyes confundido con Puigdemont y muchas cosas más que te impelen a poner ese me gusta/no me gusta o a poner la frase típica para buscar ese reconocimiento del que estamos necesitados, que es muy falso y deja atrás un montón de realidades sufrientes como la violencia de género y el drama de los refugiados, que vosotros vivís muy de cerca; la pobreza estructural.

Sí, es verdad, vivimos eso; todo muy variado pero cada uno encajonado en su pequeño mundo de iguales, de parecidos, de los que a mí me gustan. Y los que no, basta con cambiar de pantalla para que desaparezcan de mi vida. Por eso decía antes de mirar al mundo tal y como es, de conocer la realidad en su complejidad. No podemos aceptar otra cosa. Hay que salir a la calle y mirar a los ojos de la gente. Hay que darle fuerza de nuevo al diálogo y al encuentro, porque hay mucha soledad.

El otro día aluciné hablando con una niña pequeña que me dijo que por las mañanas se levanta y habla con el "Siri". Es terrible; si hasta los niños hablan con las máquinas, ¿qué mundo va a haber el día de mañana?

En realidad, tenemos que buscar esas razones para la esperanza, porque las hay y porque tenemos las herramientas. En este mundo, paradójicamente tan mecanizado y donde se supone que vamos a nuestro rollo, tenemos todas las capacidades para hacer lo contrario: para reivindicar la diferencia, esa riqueza, y fomentar la acogida en un mundo sin demasiadas barreras.

El problema es que nos da miedo, y que se hace una gran propaganda del miedo: el miedo al extranjero. ¿Por qué hay tanta reticencia? ¿Por qué este no, todavía, a la llegada de los corredores humanitarios? La diversidad es muy bonita, pero en plan flores; en cambio, la diversidad existencial, el cara a cara con el otro...

Somos una sociedad de acogida y de integración, siempre lo hemos sido. Y lo demostramos a diario como sociedad. Y, sin embargo, no sé si son los garantes de nuestra sociedad o qué pasa detrás para que esta acogida no se lleve a cabo. A todos se nos cayó el alma a los pies cuando vimos el cuerpo de Aylán en la playa o cuando vemos alguno de estos naufragios y conocemos la realidad de las mafias. Pero, después...

¿Cuántas personas han venido de esos 215 millones de migrantes y perdidos por el mundo aquí, a España? ¿Qué pasa con los corredores humanitarios? ¿Por qué no ha funcionado ya?

La respuesta habría que pedírsela al Gobierno. Porque los corredores humanitarios ya están en Italia, donde ha llegado más de mil personas, están en Francia y en Bélgica, donde se aprobó otro acuerdo con el gobierno el año pasado... No lo entendemos.

Es un tema testado, vosotros sois un ejemplo de eso en Italia, en Bélgica y creo que también en Francia. Y funciona. Y no supone ningún coste al Estado.

No supone ningún coste; lo único que tiene que hacer el Gobierno es aprobar estos visados humanitarios de personas que han sido escogidas por nosotros, que tenemos gente en los campos de refugiados de Libia, en Etiopía, etc, con el criterio de la vulnerabilidad: son familias con niños pequeños, personas enfermas, madres embarazadas, ancianos...

Identificamos a estas personas, los documentos se recogen, pasan al consulado del Estado X, que hace su investigación, su estudio del expediente y se emiten estos visados humanitarios. Desde este momento, las personas llegan al país y son acogidas en una red. En el caso de Italia, los primeros corredores los firmó San Egidio con las Iglesias evangélicas y con la Mesa Valdense. Y otro segundo protocolo se ha firmado Cáritas, en Francia ha sido con los evangélicos y con Cáritas, aquí tenemos también todo el apoyo de la Iglesia y, en fin...

Hace unos meses parecía que estaba prácticamente hecho, incluso hubo algunas reuniones, más o menos discretas, con los responsables de Interior. Parecía que era inminente.

Y seguimos sin respuesta. Me da mucha rabia porque es frenar inútilmente un deseo de solidaridad que mucha gente tiene. Para mí es sufrimiento gratuito. Habría muchas personas que podrían beneficiarse de estos deseos de ayudar que tiene tanta gente aquí, y que por estos motivos no se puedan realizar.

Es interesante lo que se puede aprender de la acogida. El Papa, hace ya un año, lanzó esa propuesta de que todas las comunidades parroquiales acogieran una familia.. Y luego empiezas a pensar que todas las comunidades parroquiales tienen, casi todas, pisos y gente dispuesta a acoger. No estamos hablando ni de coste para el Estado, ni siquiera para las parroquias. Estamos hablando de una labor de Evangelio puro y duro, y fuera de la fe, de acogida.

De humanidad pura y dura.

Es algo que resulta muy complicado de explicar, porque resulta muy complicado de entender. Yo no soy capaz de explicar, a alguien que me pregunta, por qué no funcionan los corredores humanitarios, tampoco sé explica por qué han venido tan pocas personas del cupo que se estableció. Además, es que son temas diferentes.

No tienen nada que ver. Por un lado están los cupos que la UE repartió entre los diferentes países miembros. Cupos que se han incumplido prácticamente en todos los países, y España destaca especialmente en este sentido. Son cupos a través de los cuales vienen las personas, con unos criterios de los estados, con una dotación económica por parte de la UE y con unos plazos también, porque son acogidos en centros de refugiados o en entidades que subsidiariamente hacen este servicio para el Estado, y pasado un tiempo el expediente se termina. La persona tiene el estatuto de refugiado o no lo tiene, se le puede ayudar durante un plazo de tiempo, alrededor de un año, a pagar una vivienda, pero luego se acabaron la ayudas que puedas obtener.

Los corredores humanitarios son otra cosa.

A largo plazo, claro.

Porque, además, no forman parte de los cupos de UE. Es una respuesta de la sociedad civil, que se da cuenta de que el problema es muy grande. Los Estados solos no pueden asumirlos, pero la sociedad civil organizada puede. De hecho, en países como Canadá ya existe un tipo como de esponsorización privada a la ayuda de integración de inmigrantes.

Los corredores, en ese sentido, no significan ningún coste y además garantizan la integración, porque no hay plazos. La personas llegan, sabemos quiénes son, las necesidades que tienen y si hay alguna necesidad especial de ir a algún hospital por enfermedad, o lo que sea. Se les busca el lugar donde van a estar mejor y se les acompaña hasta que puedan tener su vida de forma autónoma.

Como integración para aprender el idioma, o el trabajo que hacía.

Sí, buscar la manera de que puedan encontrar un futuro aquí, sostenible y sin plazos.

Es que si nos ponemos a pensar, a largo plazo también sería una inversión para nuestra sociedad, porque estamos hablando de personas que después van a trabajar y van a cotizar en un momento en el que estamos viendo las marchas de nuestros abuelos por el tema de las pensiones. Y pensando egoístamente...

También hay que pensar en nuestro futuro; las tendencias demográficas son terribles. Necesitamos personas, no nacen niños. Y viene esta gente, que son fuerzas vivas y, además, que no solamente quieren ayuda. El Papa lo ha dicho muchas veces: vienen a enriquecer. Son personas que también nos enriquecen con su humanidad y con su cultura.

Y lo que casi nunca se cuenta; son unos supervivientes. Yo no me imagino, no quiero imaginarme, la sensación de tener que abandonar todo lo que significa tu vida, donde has crecido y te has formado: tu sitio, tu lugar en el mundo porque alguien se dedica a cortar cabezas, a matar gente. Porque no te queda más remedio. Dejas todo y te vas. Y sobrevives a un montón de penalidades. Y te tratan como a un perro o peor. Y sigues ahí, luchando por la vida, que es algo que los que estamos ahí sentados, como dices tú, mirando la serie en la tele, es una experiencia que no tenemos, y tampoco hay por qué tenerla. Pero estas personas te pueden dar lecciones de vida constantemente. Son unos supervivientes.

Pienso en los prejuicios que, por desgracia, también hay gente que predica. Que predica el miedo, que siempre es un fatal consejero para todo. Y pienso que cuando miras a la cara, a los ojos de estas personas, te das cuenta de que somos hermanos. De que buscamos en la vida exactamente lo mismo.

Y también, que hay que saber ponerse en la piel del otro. Pensar si, de repente, empiezan a caer bombas aquí, en Madrid, no puedes salir a la calle, ves que tu familia corre el riesgo de perder la vida y tienes que huir y te encontraras continuamente con puertas cerradas, con gente que te dice: no. O poner tu vida en manos de unos traficantes de personas sin escrúpulos... No sé, es que es inhumano. Verdaderamente necesitamos el contacto humano.

En este país deberíamos saberlo más, porque tenemos una experiencia anterior que todavía está, lamentablemente, vigente. Deberíamos entender a los refugiados de Siria o de las guerras de Oriente Medio, que es la frontera sur. Es una realidad de gente que se recorren medio continente, pasando por el desierto, pasando por mafias, y después encuentran vallas repletas de concertinas y de iniquidad, también aquí, en el occidente perfecto, en el sueño de Europa.

Sí, es un problema el de las fronteras: frontera sur. Alguien pensará que una frontera es como un grifo, que lo puedes cerrar y abrir. Esta desigualdad tan tremenda que hay en el mundo no se sostiene. Es imposible.

Deberíamos tomar en cuenta la suerte que hemos tenido de haber nacido en un lugar determinado, donde no tenemos que preocuparnos de lo más básico, aunque hay muchas injusticias y hay que solucionarlas. Y concienciarnos de que hay colaborar. Entrar en contacto con las otras realidades no significa que olvides las de aquí, que ese es otro de los prejuicios; el de cómo vamos ayudar a gente fuera cuando aquí se pasa hambre.

Una cosa no lo quita la otra. De hecho, nosotros conocemos a muchísima gente que está por la calle, por ejemplo, a los que llevamos la cena caliente y la amistad, y ahí hay españoles, extranjeros, de todos los tipos. Cuando estás con ellos y cuando se construye un tejido de amistad, de afectos, te das cuenta de que esas barreras que nos hacemos, muchas veces es una escusa para no ayudar al de lejos cuando el de cerca no te ha preocupado antes.

Es un problema, como tú decías antes muy bien, de que hemos nacido en este lado del mundo, pero esto no es un mérito, es una suerte y una responsabilidad. En este sentido la globalización también puede ser espiritual, una globalización humana, no solo para que el dinero pueda volar y dar vueltas al mundo por estos circuitos financieros tan sumamente rápidos. ¿Por qué no pensar en una globalización en este otro sentido? ¿Por qué no nos sentimos como una humanidad/familia, que es un poco la idea de la Iglesia? Y además tenemos, como familia, un solo destino. Esto habría que recordarlo, habría que pensarlo.

Parece que estamos siendo pesimistas, pero no; estamos denunciando situaciones. La comunidad de San Egidio está demostrando que es posible construir otra sociedad, y que se está haciendo a nivel de corredores humanitarios, de solución de conflictos, de trato con la gente más desfavorecida y desde una base muy potente y muy válida para para el mundo globalizado, que es el Evangelio de Jesús, exportable a cualquier época del mundo, como se ha comprobado, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Y para toda persona.

¿Qué os planteáis de cara a los próximos cincuenta años, por poner una cifra? ¿Cuál es el camino que quiere seguir San Egidio?

El camino es el mismo del inicio. Por eso hablaba antes de la ingenuidad que no se ha perdido; es el de tratar de responder a las preguntas profundas, a las necesidades, a los dolores de este mundo, con el único arma del Evangelio, que es un arma potente como tú decías. No me gusta la palabra arma, porque parece que evoca guerras. Pero de alguna manera hay una batalla que librar, que es la batalla de la humanidad, la de la justicia, la de la vida, la de la paz. Y con esas armas nosotros continuaremos caminando.

¿Te imaginas poder cambiar el significado de arma o de batalla para convertirlo al bien?

Es una fuerza, nosotros lo creemos; el mal es muy fuerte y vemos sus frutos en este mundo, basta con querer mirar y enterarse de lo que está sucediendo. Pero pesamos que la fuerza del amor es aún más fuerte. Aunque pueda parecer buenismo, o una frase manida.

Que está en nuestras manos un mundo mejor, está claro. Es real.

La historia de estos cincuenta años nos dice que ese mundo diferente, que ese mundo en paz con las únicas armas de la fuerza del amor, de la misericordia, del diálogo, es posible. Nosotros hemos visto transformarse situaciones que parecían totalmente cronificadas. Y con esa misma fuerza seguimos caminando.

¿El futuro? No sabemos cómo será, porque no somos adivinos. Pero lo que sí que sabemos es que ahí estaremos, del lado de los pobres, dando la razón a la gente que sufra y tratando de cambiar esas situaciones de dolor en situaciones de consuelo y de esperanza. Eso sin duda.

Tíscar, ha sido un placer, y ojalá que el tiempo sea el que tenga que ser, trabajando por ese Evangelio que se encarna en situaciones de injusticia, para volverlas justas y esperanzadas. Viva la ingenuidad, ¡qué narices!

Desde luego, hay que soñar a lo grande.

Hay que seguir siendo niños que, al final, también lo dice el Evangelio, son los que están más cerca de Jesús.

Ya lo decían en el 68 en el muro de la Sorbona, ponía: "sé realista, sueña con lo imposible".

Pues sigamos soñando con lo imposible. Muchas gracias.