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Solidaridad
Lamin, la historia de un menor migrante no acompañado Misiones Salesianas
Cuando cruzaban el desierto en un camión con otras 50 personas su amigo Shamim se sintió mal "y el conductor lo empujó y lo dejó en el camino, abandonado como un animal"

(Misiones Salesianas).- Los Salesianos de Italia, como en otros muchos países, han abierto las puertas de sus hogares a los Menores Extranjeros No Acompañados" (MENA) desde el inicio de la crisis migratoria.

Lamin es uno de los muchos ejemplos de esta atención salesiana a los menores. Era un niño de Gambia que ahora tiene 17 años y hasta hace unos meses permaneció en la comunidad familiar Mamá Matilde de los Salesianos de Salerno, cerca de Nápoles.

"Crecí en un pueblo cerca de Benjul. Vi la pobreza y sufrí la guerra. En mi pueblo tuvimos que caminar muchos kilómetros para obtener agua potable y casi ningún niño íbamos a la escuela. Algunos jóvenes huían para tener una mejor vida y yo, con dos amigos, trabajamos unos meses en un campo de arroz para ahorrar y poder pagar ese viaje. Dejamos nuestras casas y comenzamos esta aventura", recuerda Lamin.

Cuando cruzaban el desierto en un camión con otras 50 personas su amigo Shamim se sintió mal "y el conductor lo empujó y lo dejó en el camino, abandonado como un animal". Cuando Lamin llegó a Libia, su otro amigo y él estuvieron en la cárcel durante 20 días. Una vez que salieron trabajaron en una tienda de ropa para pagar el viaje a Europa.

 

 

"Antes de subir al pequeño barco nos pidieron el dinero, pero teníamos miedo de que nos robaran y opusimos. Uno de aquellos traficantes contrabandistas disparó contra mi amigo y lo mató. En medio de esa escena yo y las otras 150 personas que queríamos viajar, le dimos el dinero y subimos a la embarcación".

Después de aproximadamente 10 horas de viaje, un barco italiano se acercó a rescatarlos. A Lamin, que era menor de edad, lo llevaron a Salerno, a la comunidad salesiana. "Durante meses no me había lavado bien y no había comido algo bueno" recuerda de aquellos días.

Ahora que ha encontrado una nueva familia, ve con normalidad como los chicos italianos van a la escuela, juegan y viven con sus padres. "Éstas son cosas que yo espero poder hacer, pero también me encantaría ayudar a mi familia, que sigue en Gambia", asegura el joven. "Gracias a Don Bosco, que me ha permitido ir a la escuela y estudiar, mi vida es ahora hermosa y hasta trabajo en una pizzería", finaliza Lamin.

 

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