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Asunción de María
No es de recibo, que los "Cristos", las "Vírgenes ", los ángeles y santos y santas, bendigan, patrocinen e indulgencien en cristiano determinados festejos, en igualdad, o con mayor y más fervorosa afluencia de devotos/as

(Antonio Aradillas).- Fiestas hay muchas. Veraniegas y religiosas, las más. Y, con cuernos, prácticamente todas. En versiones nacionales, autonómicas, municipales, locales o "por barrios", los calendarios ofrecen los casilleros de gran parte del retablo de los días para transformarlos, y revestirlos del rojo característicamente festivo.

Y empleo el término "retablo", con obligada alusión al concepto religioso que preferentemente es el que mantiene, define, inspira y difunde las fiestas, en mayor proporción que lo hacen las ideas patrióticas, históricas o legendarias.

Como preparación a las fiestas y a los cuernos que les confieren dimensión tipismo y relieve, en el marco estricto y concreto de lo cultural-religioso, creo que serán de interés algunas de las siguientes reflexiones, marginando ya desde el principio la cuestión de si "toros sí o toros no", por responder tal debate a otras motivaciones, no siempre simplemente festivas.

Cuernos y religión establecieron en la historia de las culturas relaciones ancestrales, con raigambre y proyección internacionales, constantes e indisolubles. En todos los "diccionarios de símbolos" se documenta este aserto, solo con asomarse y revisar conceptos tales como toros, machos cabríos, cabras, vacas, bisontes, uros, carneros, cuernos de la luna... "La pieza ósea, generalmente puntiaguda y algo curva, que nace en la región frontal de algunos animales", tuvo, y siguen teniendo contenidos y significados profundamente religiosos, tanto por humanos como por "divinos".

 

 

La explicación es así de sencilla y de inteligible: los cuernos simbolizan y proclaman ideas de poder y de fuerza, sobre todo viril, máxima aspiración del género humano. Son fuerzas procreadoras. Dones de Dios. Hacen superiores a quienes los poseen. Los torna invencibles. Por, y con, ellos, la naturaleza expresa la infinita capacidad de la protección que precisan las hembras, en nuestro caso, la mujer, por mujer, débil entre los seres más débiles.

De los sacrificios más agradables a Dios y a los dioses, de los animales dotados de cuernos, las referencias son múltiples en la misma Sagrada Escritura, sin dejar de mencionar al "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Del don de la fertilidad dan testimonio, con argumentos a veces científicos, los mismos "cuernos de la luna", en sintonía con creencias más o menos legendarias.

De suyo, en la liturgia de la misma Iglesia, los cuernos aparecen con espectacular y atrevida frecuencia, simpatía y donosura, hoy en disonancia con la pastoral y el evangelio, sobre todo entre los paramentos sagrados, en forma de mitras. Tal artilugio, por definirlo de alguna manera reverencial, es copia fiel y exacta de la "prenda de vestir que cubría la cabeza de los "Generalísimos" y Sumos Sacerdotes del dios Mitreo, de las religiones orientales, como sus más genuinos representantes y "alter ego". Los rayos de luz que en forma de cuernos se desprendían de la cabeza de Moisés -"cuernos cultuales"- al recibir las Tablas de la Ley en el Monte Sinaí, son signo y testimonio de la veracidad del encuentro con Él, de modo asimilado a como la "facies cornuta" lo es, en consonancia con la "fuerza divina" a la que se refiere san Lucas (1,69) al redactar su evangelio.

Por muy ancha y misericordiosa que sea la capacidad de imaginación de la que dispongan los cristianos al interpretar como "religiosos", símbolos tales como el de las mitras episcopales, no es posible hoy tener tal seguridad. Esto, entre otras cosas y con urgencia, demanda su desaparición. Por muchas explicaciones históricas que se aporten, símbolos como estos no solo deslucen, sino que confunden, escandalizan y hasta provocan la risa, de tal modo que hasta en las representaciones carnavalescas es donde precisamente son más aceptadas y hasta imprescindibles. Y conste que no se trata de irreverencias, sino de definir parte de la realidad en la que se vive.

A nuestras fiestas religiosas - populares o no tanto-, les sobran cuernos. Presiento que serán muchos los que disientan de esta aseveración tan simple, tal vez por lo de su larga, sacrosanta y tradicional historia y simbología "religiosa" a costa de la mujer y de la ecología ... "Sí, pero ya desde lo más alto de las torres de nuestras iglesias parroquiales no se echan la vacío las cabras en las fiestas patronales..." Algo es algo. Pero esto es poco. Muy poco. Los cuernos, aún en su versión "más culta y civilizada", desaparecerán un día de las fiestas patronales.

 

 

Dudar de la incongruencia que supone el hecho de que las fiestas patronales de pueblos y ciudades se celebren sobre todo, y por encima de todo, "religiosamente" con "acontecimientos y festejos taurinos", "picados o sin picar", supone ya al menos un paso positivo en dirección a la obra creada por Dios, a sus animales- sus criaturas, y a la ecología, sin la que no es posible la vida.

No es de recibo, que los "Cristos", las "Vírgenes ", los ángeles y santos y santas, bendigan, patrocinen e indulgencien en cristiano determinados festejos, en igualdad, o con mayor y más fervorosa afluencia de devotos/as, que sus respectivas misas solemnes, pontificales o no, con sus procesiones, romerías, platos típicos y postres, danzas... en los lugares, y con los ritos, tan respetados por familiares y amigos. La cabra pertenece a la historia, pero sigue siendo historia, si bien con rasgos tal vez menos feroces e indómitos, pero igualmente blasfemos.

"¡Pobre de mí...y de la capacidad de cuernos que en manada, embisten a diestro y a siniestro en tantos ruedos por esos mundos de Dios¡"