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Laudato Si, la encíclica de Francisco sobre el cuidado de la Creación

La encíclica “verde” del Papa clama contra el calentamiento global y alienta una “revolución”

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“La Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”

Francisco arremete en “Laudato Si” contra el sistema económico y financiero que ahoga a los más pobres

Jesús Bastante, 18 de junio de 2015 a las 12:00

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Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos
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El mundo como casa llena de porquería

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Portada de Laudato Si

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(Jesús Bastante).- Y, al fin, vio la luz. "La Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería". Es una de las muchas frases impactantes que se recogen en "Laudato Si" (Alabado seas), la nueva encíclica del Papa sobre "el cuidado de la Casa Común". Un auténtico "Cántico a las criaturas" del siglo XXI, en el que el nuevo San Francisco advierte del "gemido de la hermana Tierra", acosada por un brutal cambio climático y la "cultura del descarte", que necesita urgentemente un cambio de rumbo antes de que sea tarde. Un texto que, sin lugar a dudas, marcará un antes y un después para el futuro del planeta y de sus habitantes.

"Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático (...). Si la actual tendencia continúa, este siglo podría ser testigo de cambios climáticos inauditos y de una destrucción sin precedentes de los ecosistemas, con graves consecuencias para todos", subraya el texto, que está siendo presentado en estos momentos, y en el que Bergoglio arremete contra los poderes políticos y económicos del planeta, que azotados por la corrupción, llevan al mundo y a sus habitantes hacia su autodestrucción, ante la "general indiferencia" del hombre y la mujer de hoy.

"El gemido de la hermana tierra se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo", afirma, rotundo, el Papa, en este texto llamado a marcar un antes y un después en las relaciones del ser humano con el planeta. Y también, un llamamiento a una "valiente revolución cultural" que arremeta contra los poderes políticos y económicos y que abogue por un empoderamiento de la sociedad civil.

"La sociedad debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos", afirma el pontífice, quien se muestra implacable con el sistema que impuso "la salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el sistema entero".

"A cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle", incide el pontífice. "Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco".

El documento cuenta con una introducción, seis capítulos y dos oraciones finales. "Laudato Si" arranca con una declaración de intenciones: "Nuestra casa común es también como hermana, con la cual compartimos la existencia". Una hermana, la Tierra, que "clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella", pues "hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla.(...). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra".

¿Cuáles son los ejes que atraviesan la encíclica? El propio Pontífice lo explica: "La íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida".

El texto, en el que Francisco se dirige no sólo a los católicos, sino "a cada persona que habita este planeta", incluye las aportaciones de los papas anteriores y del patriarca Bartolomé, "con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena". Y un recuerdo especial para San Francisco de Asís, "un modelo bello que puede motivarnos", y el "ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad (...) Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados (...). En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior".

En la introducción, Francisco ya deja claras sus intenciones: "Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos". Y es que "el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza".

"El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común.(...) Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos", clama Francisco, haciendo "una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta".

"Lamentablemente -prosigue el Papa-, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás. Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas". Por ello, "necesitamos una solidaridad universal nueva".

 


Capítulo 1. Lo que le está pasando a nuestra casa

La contaminación y el cambio climático, que se asocian a la cultura del descarte, son las principales preocupaciones de esta parte del documento. Así, Francisco denuncia cómo "se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos". "La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería (...) Muchas veces se toman medidas sólo cuando se han producido efectos irreversibles para la salud de las personas", incide el Papa.

Unos problemas que "están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura". Frente a ello, es preciso "moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar"

El clima es un bien común, de todos y para todos, pero lo estamos destrozando, afirma el Papa, quien hace una rotunda condena del impacto del cambio climático en el presente y el futuro del planeta, lo que a buen seguro generará duras críticas entre las multinacionales y los sectores ultraconservadores. "Nos encontramos -asegura Francisco- ante un preocupante calentamiento del sistema climático. (...) La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan".

Un cambio climático que "es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad", cuyos impactos "recaerán en las próximas décadas sobre los países en desarrollo", Con crueles consecuencias que ya estamos observando: "Es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental, que no son reconocidos como refugiados en las convenciones internacionales y llevan el peso de sus vidas abandonadas sin protección normativa alguna".

"Lamentablemente, hay una general indiferencia ante estas tragedias, que suceden ahora mismo en distintas partes del mundo. La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos y hermanas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil, "sostiene el Papa, quien incide en que "se ha vuelto urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de anhídrido carbónico y de otros gases altamente contaminantes sea reducida drásticamente" desarrollando fuentes de energía renovables.

El texto hace especial hincapié en el problema del agua y la pobreza, señalando que "ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza (...). La pobreza del agua social se da especialmente en África, donde grandes sectores de la población no acceden al agua potable segura, o padecen sequías que dificultan la producción de alimentos. En algunos países hay regiones con abundante agua y al mismo tiempo otras que padecen grave escasez". Y cuando se da, su baja calidad "provoca muchas muertes todos los días". "Este mundo -constata el Papa- tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable"

Bergoglio también muestra su preocupación por la falta de preservación de los "pulmones del planeta", como el Amazonas, el Congo, los grandes acuíferos y los glaciares, así como "el crecimiento desmedido y desordenado de muchas ciudades que se han hecho insalubres para vivir". Sin embargo, denuncia el Papa, "no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas".

"Hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres". Empero, en lugar de "resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva»".

Para Francisco, "culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos, es un modo de no enfrentar los problemas. (...) sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y «el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre»".

Esta inequidad afecta "a países enteros", y obliga a pensar en "una ética de las relaciones internacionales". Porque "hay una verdadera «deuda ecológica», particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales".

Como siempre, los pobres pagan las consecuencias de los desmanes de los ricos. "La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica", advierte el Papa, quien insiste en que "necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia".

"Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos", subraya el texto, que sin embargo alerta de la "debilidad de la reacción política internacional", que se explicita en "el fracaso de las Cumbres mundiales sobre medio ambiente".

"Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas", denuncia el Papa, quien añade que el agotamiento de algunos recursos pueda crear "un escenario favorable para las nuevas guerras".

"La guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de las poblaciones, y los riesgos se agigantan cuando se piensa en la energía nuclear y en las armas biológicas (...). los diseños políticos no suelen tener amplitud de miras. ¿Para qué se quiere preservar hoy un poder que será recordado por su incapacidad de intervenir cuando era urgente y necesario hacerlo?". Pese a lo crítico de la situación, y el "gran deterioro de nuestra casa común", Francisco cierra este capítulo con un llamamiento a la esperanza, que "nos invita a reconocer que siempre hay una salida".

 


Capítulo 2.- El Evangelio de la Creación

Las relaciones entre la fe y la Creación forman la base de este segundo capítulo, en el que el Papa aclara que "ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje". Y es que "las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos, y en parte también a otros creyentes, grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles".

"No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada", añade Francisco, rompiendo los antiguos esquemas, basados en una mala interpretación de las Escrituras, que daban al ser humano un poder omnímodo. "Hoy -señala- debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas". Así, "mientras «labrar» significa cultivar, arar o trabajar, «cuidar» significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza".

"La injusticia no es invencible", subraya el texto, que presenta "un mundo frágil, con un ser humano a quien Dios le confía su cuidado, interpela nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder".

Esto es relevante porque otra visión, la "que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder: el ganador se lleva todo".

Frente a ello, Francisco rescata el sueño de la "familia universal" de todos los seres del universo. "Especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta". "Seguimos admitiendo en la práctica -concluye- que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos".

Coherencia: "Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada". Esta indiferencia ante las criaturas acaba "trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos". "El corazón es uno solo, y la misma miseria que lleva a maltratar a un animal no tarda en manifestarse en la relación con las demás personas. Todo ensañamiento con cualquier criatura «es contrario a la dignidad humana»".

"El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros", insiste Francisco.

 


Capítulo 3.- La raíz humana de la crisis ecológica

Estamos ante una crisis ecológica, señala el Papa, causada por el hombre y su escalada hacia un progreso tecnológico sin límites. "Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo en que lo está haciendo", subraya, recordando "las bombas atómicas (...), el gran despliegue tecnológico ostentado por el nazismo, por el comunismo y por otros regímenes totalitarios al servicio de la matanza de millones de personas".

"Es posible que hoy la humanidad no advierta la seriedad de los desafíos que se presentan, y «la posibilidad de que el hombre utilice mal el poder crece constantemente» cuando no está «sometido a norma alguna reguladora de la libertad, sino únicamente a los supuestos imperativos de la utilidad y de la seguridad»", advierte Bergoglio, quien subraya la "mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a «estrujarlo» hasta el límite y más allá del límite".

El documento es especialmente crítico con el actual sistema económico y financiero. "Las finanzas ahogan a la economía real -señala-. No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental", pensándose, por ejemplo, que "los problemas del hambre y la miseria en el mundo simplemente se resolverán con el crecimiento del mercado".

La "cultura ecológica", afirma el Papa, "debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático". Una mirada en el que la gente "toma conciencia de que el avance de la ciencia y de la técnica no equivale al avance de la humanidad y de la historia, y vislumbra que son otros los caminos fundamentales para un futuro feliz".

Junto a ello, se hace urgente "avanzar en una valiente revolución cultural". "Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano".

"Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad -por poner sólo algunos ejemplos-, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado", denuncia Francisco, quien insiste en que "no se puede prescindir de la humanidad" y que "no hay ecología sin una adecuada antropología".

En este sentido, Bergoglio señala que "tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades"

"Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción?", se pregunta el texto. "¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres? Es la misma lógica del «usa y tira», que genera tantos residuos sólo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita".

La encíclica también se detiene en defender la dignidad del trabajo como parte de la sana ecología humana. "Más allá de los intereses limitados de las empresas y de una cuestionable racionalidad económica, es necesario que «se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos»", apunta el Papa, quien insiste en que "ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo".

Y, también, el amor a los animales: "El poder humano tiene límites y que «es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas».Todo uso y experimentación «exige un respeto religioso de la integridad de la creación»"

 


Capítulo 4.- Una ecología integral

El Papa apuesta por una "ecología integral", que no separe la naturaleza del hombre, ni a éste de los distintos "ecosistemas", culturales, económicos y sociales. La política, y los mercados. "Junto con el patrimonio natural, hay un patrimonio histórico, artístico y cultural, igualmente amenazado. Es parte de la identidad común de un lugar y una base para construir una ciudad habitable".

Sobre las ciudades, el Papa pide "incorporar la historia, la cultura y la arquitectura de un lugar, manteniendo su identidad original. Por eso la ecología también supone el cuidado de las riquezas culturales de la humanidad en su sentido más amplio". Por contra, una "visión consumista del ser humano, alentada por los engranajes de la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, que es un tesoro de la humanidad".

Porque "la desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. La imposición de un estilo hegemónico de vida ligado a un modo de producción puede ser tan dañina como la alteración de los ecosistemas", señala el Papa, quien pone como ejemplo a las comunidades aborígenes.

Junto a los grandes asuntos, también está el día a día, lo que cada uno podemos hacer. Así, Francisco constata con admiración "la creatividad y la generosidad de personas y grupos que son capaces de revertir los límites del ambiente, modificando los efectos adversos de los condicionamientos, y aprendiendo a orientar su vida en medio del desorden y la precariedad". Y tratando de acabar con dicha precariedad, pues "los habitantes de barrios muy precarios, el paso cotidiano del hacinamiento al anonimato social que se vive en las grandes ciudades puede provocar una sensación de desarraigo que favorece las conductas antisociales y la violencia".

"La falta de viviendas -añade- es grave en muchas partes del mundo, tanto en las zonas rurales como en las grandes ciudades". "No sólo los pobres, sino una gran parte de la sociedad sufre serias dificultades para acceder a una vivienda propia", añade el Papa, quien incide en que "la posesión de una vivienda tiene mucho que ver con la dignidad de las personas y con el desarrollo de las familias. Es una cuestión central de la ecología humana".

Bergoglio también se detiene a abundar en la necesidad de "aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana", y a valorar "el propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. (...) no es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»".

Y, en definitiva, apostar por el bien común, en mitad de una sociedad mundial "donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos". "El principio del bien común -añade- se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres".

Un bien común que tiene mucho que ver con el futuro de la humanidad. "Las crisis económicas internacionales han mostrado con crudeza los efectos dañinos que trae aparejado el desconocimiento de un destino común, del cual no pueden ser excluidos quienes vienen detrás de nosotros. Ya no puede hablarse de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional".

"¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo? (...). Somos nosotros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá. Es un drama para nosotros mismos, porque esto pone en crisis el sentido del propio paso por esta tierra", sostiene Francisco, quien denuncia cómo "las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad".

"El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones", advierte.

"Nuestra incapacidad para pensar seriamente en las futuras generaciones está ligada a nuestra incapacidad para ampliar los intereses actuales y pensar en quienes quedan excluidos del desarrollo", lamenta Francisco, quien pide que "no imaginemos solamente a los pobres del futuro, basta que recordemos a los pobres de hoy, que tienen pocos años de vida en esta tierra y no pueden seguir esperando".

 

 

Capítulo 5.- Algunas líneas de orientación y acción

Tras el diagnóstico, algunas propuestas para caminar, que "nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo". En primer lugar, el diálogo en la política internacional, pues "la interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común".

En este punto, cobra importancia la necesidad de acabar con el consumo sin límites. "La tecnología basada en combustibles fósiles muy contaminantes (carbón, petróleo o gas) necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora". Mientras no haya un amplio desarrollo de energías renovables, que debería estar ya en marcha, "es legítimo optar por lo menos malo o acudir a soluciones transitorias". No es fácil, pero hay que intentar que "mientras la humanidad del período post-industrial quizás sea recordada como una de las más irresponsables de la historia, es de esperar que la humanidad de comienzos del siglo XXI pueda ser recordada por haber asumido con generosidad sus graves responsabilidades".

Más hechos, menos decisiones. El Papa denuncia cómo "las Cumbres mundiales sobre el ambiente de los últimos años no respondieron a las expectativas porque, por falta de decisión política, no alcanzaron acuerdos ambientales globales realmente significativos y eficaces" Los avances han sido mínimos en lo relativo al cambio climático o la diversidad biológica. "La reducción de gases de efecto invernadero requiere honestidad, valentía y responsabilidad, sobre todo de los países más poderosos y más contaminantes". Y una mirada hacia los más pobres.

"Los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes; aunque deban analizar el nivel escandaloso de consumo de algunos sectores privilegiados de su población, y controlar mejor la corrupción", señala el Papa, para quien "urgen acuerdos internacionales que se cumplan, dada la fragilidad de las instancias locales para intervenir de modo eficaz". "Hacen falta marcos regulatorios globales", constata el Papa.

Al tiempo, "necesitamos una reacción global más responsable, que implica encarar al mismo tiempo la reducción de la contaminación y el desarrollo de los países y regiones pobres", con una diplomacia que sea capaz de "promover estrategias internacionales que se anticipen a los problemas más graves que terminan afectando a todos".

En cada país, y "dado que el derecho a veces se muestra insuficiente debido a la corrupción, se requiere una decisión política presionada por la población". "La sociedad -insta Francisco-, a través de organismos no gubernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más riguroso" porque, "si los ciudadanos no controlan al poder político -nacional, regional y municipal-, tampoco es posible un control de los daños ambientales".

"Hay que conceder un lugar preponderante a una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas", y que tengan en el diálogo y la transparencia sus señas de identidad.

Francisco es especialmente duro con el sistema que nos llevó a la mayor crisis económica de los últimos tiempos, y las recetas que se quisieron dar desde dentro. "La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente curación".

"Hay que pensar también en detener un poco la marcha, en poner algunos límites racionales e incluso en volver atrás antes que sea tarde", proclama Francisco, quien ve "insostenible el comportamiento de aquellos que consumen y destruyen más y más, mientras otros todavía no pueden vivir de acuerdo con su dignidad humana".

Los "sectores económicos", en ocasiones, "ejercen más poder que los mismos Estados. Pero no se puede justificar una economía sin política, que sería incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspectos de la crisis actual". Por ello, "necesitamos una política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis". Y es que "muchas veces la misma política es responsable de su propio descrédito, por la corrupción y por la falta de buenas políticas públicas".

 

 

Capítulo 6. Educación y espiritualidad ecológica

Para concluir, el Papa ofrece una serie de ideas para "orientar el rumbo", porque "la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos".

Pese a lo que pudiera parecer, "no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan". Son capaces "de mirarse a sí mismos con honestidad, de sacar a la luz su propio hastío y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad".

"A cada persona de este mundo -añade el papa- le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle", y que apueste por un "cambio en los estilos de vida", que "podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social", superando "el individualismo" para "desarrollar un estilo de vida alternativo".

En este punto, "la educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos comportamientos que tienen una incidencia directa e importante en el cuidado del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias". Pequeños actos que generan actitudes que cambian el mundo.

Para concluir, Francisco habla de la "conversión ecológica", que propone a los cristianos "líneas de espiritualidad ecológica" para "renovar la humanidad". Ello es preciso pues "algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente", mientras "otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes".

Sobriedad, libertad, conciencia, paz son otros de los aspectos abordados en este último tramo de la encíclica, en la que el Papa valora el descanso dominical y el hecho de "detenerse a dar gracias a Dios antes y después de las comidas".

"Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco", apuntala el Papa, reclamando la "fraternidad espiritual", y concluyendo que el camino es importante, y tiene un destino. "Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza".

 



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