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El Papa, contra los falsos ídolos

"Los ídolos siempre defraudan, son fantasía, no son realidad. Sólo en Dios encontramos la esperanza"

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Francisco: "A veces queremos un Dios que se pliegue a nuestros deseos y mágicamente intervenga"

El Papa advierte contra "la ideología con pretexto de absoluto, la riqueza, el poder, la vanidad"

Jesús Bastante, 11 de enero de 2017 a las 09:48
Advierte que quien pone la esperanza en ellos termina siendo como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, boca que no puede hablar. No se tiene nada que decir, se es incapaz de ayudar, cambiar las cosas, sonreír, donarse, amar
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Francisco saluda a los fieles en el Aula Pablo VI

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Francisco, en el Aula Pablo VI

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El Papa saluda a los fieles

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  • Francisco, en el Aula Pablo VI
  • El Papa saluda a los fieles

(Jesús Bastante).- "A veces queremos un Dios que se pliegue a nuestros deseos, y mágicamente intervenga para cambiar la realidad y convertirla en lo que deseamos". Las primeras audiencias después de las fiestas de Navidad suelen ser bastante alegres y frías. Alegres, por la presencia de villancicos y niños, muchos niños, como el que acaba de nacer en Belén. Frías, por el gélido invierno romano, que obliga a trasladarlas al Aula Pablo VI.

Allí se desplazó el Papa Francisco este miércoles para estrechar manos, recibir abrazos, intercambiar solideos y sonrisas. Bergoglio tarda en recorrer cien metros más de diez minutos, pues se detiene a cada instante, en esa teología del "mirar a los ojos" que defiende como una de las claves de su pontificado.

En su alocución, Bergoglio denunció a "los ídolos que nos ofrecen falsas esperanzas", frente a la "gran esperanza, y definitiva", que viene del Señor. "Esperar es un deseo primario del hombre; esperar en el futuro, creer en la vida y pensar en positivo", recalcó el Papa, quien incidió en que "es importante que esta esperanza sea respuesta en todo lo que puede ayudar a vivir, y a dar sentido a nuestra existencia". Por esto, la "Sagrada Escritura advierte contra las falsas esperanzas. Estas falsas esperanzas que el mundo nos presenta, enmascarando su inutilidad y mostrando la insensatez".

"La fe es fiarse de Dios, el creyente se fía de Dios, pero siempre hay un momento en el que, al encontrarse con la dificultad de la vida, el hombre experimenta la fragilidad y la duda, y siente el deseo de certezas diversas, de seguridades tangibles, concretas.... (Yo me fio de Dios, pero la situación es complicada, necesito una certeza concreta.... y ahí está el peligro)", recalcó el Papa.

 

 

"Somos tentados de conseguir un consuelo efímero, que elimine la fatiga de creer", denunció, apuntando que "pensamos poder encontrarlo en la seguridad del dinero, por ejemplo, o las alianzas con los poderosos, o la mundanidad, o en las falsas ideologías. A veces queremos un Dios que se pliegue a nuestros deseos, y mágicamente intervenga para cambiar la realidad y convertirla en lo que deseamos. Pero eso es un ídolo que no puede hacer nada, impotente".

En este punto, Bergoglio recordó una anécdota en Buenos Aires, cuando caminaba de una iglesia a otra y, en mitad del camino, se detuvo en un parque. "Esta lleno de gente, y un hombre. Tú le dabas la mano y él comenzaba a leértela. El discurso es el mismo: 'tú tendrás una mujer que vendrá, y dinero'... y luego tú pagabas.... Eso te daba la seguridad, permitidme la palabra, de una estupidez. Esto es un ídolo. Me han tirado las cartas.... yo sé que ninguno de vosotros hace esto, pero me ha hecho pensar", señaló.

"Esto es un ídolo: pagar para que te den una falsa esperanza", recalcó el Santo Padre. "Compramos falsas esperanzas. ¿Y la esperanza de la gratuidad, la que nos ha dado Jesucristo, gratuitamente? Esa... no la queremos tanto", lamentó.

 

 

Recordando la lectura del salmo 115, Francisco subrayó la "realidad absolutamente efímera de esos ídolos" que "no se trata solo de figuras de metal. Cuando las construimos en nuestra mente y los transformamos en absoluto, renunciamos a Dios en nuestros esquemas, o le ponemos nuestra idea de divinidad, y lo convertimos en un Dios previsible, igual que los ídolos de los que habla el salmista".

Un Dios "a nuestra propia imagen", que "da una imagen reducida: no siente, no escucha y, sobre todo, no puede hablar", advirtió el Papa, quien lamentó que "a veces parecemos más contentos de andar con ídolos que de caminar con Dios. A veces, esa efímera esperanza, que es falsa, nos parece mejor que la gran esperanza, segura, que te da el Señor".

"A la esperanza en un Señor de la vida que con su palabra ha creado el mundo y conduce la existencia, se contrapone la creencia en simulacros: la ideología con pretexto de absoluto, la riqueza, el poder, la vanidad con su ilusión de eternidad e omnipotencia; valores como la belleza absoluta, cuando se vuelven ídolos y piden sacrificar cualquier cosa, confunden la mente y el corazón, en vez de favorecer la vida, conducen a la muerte", concluyó Bergoglio, quien pidió "esperar en Dios", porque "Dios dará sus bendiciones".

La tentación de los ídolos también se da "en los hombres de Iglesia, que corremos este riesgo cuando nos mundanizamos. Estar en el mundo, pero defendernos de las ilusiones del mundo". "Los ídolos siempre defraudan, son fantasía, no son realidad. Sólo en Dios encontramos la esperanza".

En su saludo final en italiano, el Papa sacó uno de los billetes rojos que dan acceso al Aula. "Debo decir algo que no quería hacer, pero tengo que hacerlo", señaló. "Para entrar a la Audiencia, tienen estos billetes. Escrito aquí, dice que el boleto de entrada es absolutamente gratuito. No se debe pagar. Esta es una visita gratuita que se da al Papa, al obispo de Roma", apuntó, denunciando que "he sabido que hay algunos que quieren cobrar el billete. Si alguien os dice que para entrar a la audiencia del Papa hay que pagar algo, ¡os están engañando! Estad atentos. Esto es gratuito. Aquí se viene sin pagar, porque esta es la casa de todos. Si alguien os quiere hacer pagar es un delincuente, ¿de acuerdo?".

 

 

 

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasado mes de diciembre y en la primera parte de enero hemos celebrado el tiempo de Adviento y luego el de Navidad: un periodo del año litúrgico que despierta en el pueblo de Dios la esperanza. Esperar es una necesidad primaria del hombre: esperar en el futuro, creer en la vida, el llamado "pensamiento positivo".

Pero es importante que tal esperanza sea colocada en lo que verdaderamente puede ayudar a vivir y a dar sentido a nuestra existencia. Es por esto que la Sagrada Escritura nos pone en guardia contra las falsas esperanzas: estas falsas esperanzas que el mundo nos presenta, encubriendo su inutilidad y mostrando su insensatez. Y lo hace de varios modos, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en el cual el hombre está tentado de poner su confianza, haciéndolo el objeto de su esperanza.

En particular los profetas y los sabios insisten en esto, tocando un punto central del camino de fe del creyente. Porque la fe es confiar en Dios - quien tiene fe, confía en Dios - pero llega el momento en el cual, enfrentándose a las dificultades de la vida, el hombre experimenta la fragilidad de esta confianza y siente la necesidad de certezas distintas, de seguridades tangibles, concretas. Yo confío en Dios, pero la situación es un poco fea y yo necesito una certeza un poco más concreta. ¡Y ahí está el peligro! Y entonces estamos tentados en buscar consolaciones incluso efímeras, que parecen colmar el vacío de la soledad y mitigar el cansancio de creer. Y pensamos de poderlas encontrar en la seguridad que puede dar - por ejemplo - el dinero, en las alianzas con los potentes, o seguridades de la mundanidad, o en las falsas ideologías. A veces las buscamos en un dios que pueda doblegarse a nuestros pedidos y mágicamente intervenir para cambiar la realidad y hacerla como nosotros queremos; un ídolo, precisamente, que en cuanto tal no puede hacer nada, impotente y mentiroso.

¡Pero a nosotros nos gustan los ídolos, nos gustan mucho! Una vez, en Buenos Aires, debía ir de una iglesia a otra, a mil metros, más o menos. Y lo hice, caminando. Y había un parque por ahí, y en el parque habían pequeñas mesas, muchas, donde estaban sentados los videntes. Y estaba lleno de gente, incluso hacían colas, había mucha gente; y tú le dabas la mano y él comenzaba... Pero, el discurso era siempre el mismo: hay una mujer en tu vida, hay una sombra que viene, pero todo saldrá bien... y luego, pagabas. Y ¿esto te da seguridad? Es la seguridad de una - permítanme la palabra - de una estupidez. Y este es un ídolo: he ido al vidente, a la vidente y me han leído las cartas - yo sé que ninguno de ustedes hace esto - y he salido mejor. Me recuerda a esa película, "Milagro en Milán", "que cara, que nariz... 100 liras". Te hacen pagar para que te alaben y ten una falsa esperanza. Este es un ídolo, y nosotros estamos tan atentos: compramos falsas esperanzas. Y aquello que es la esperanza de la gratuidad, aquella que nos ha traído Jesucristo, gratuitamente, ha dado su vida por nosotros, en aquella no confiamos tanto...

Un Salmo lleno de sabiduría nos describe de modo muy sugestivo la falsedad de estos ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza y a la cual los hombres de todo tiempo son tentados a encomendarse. Es el Salmo 115, que recita así: «Los ídolos, en cambio, son plata y oro, obra de las manos de los hombres. Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven; tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen. Tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan; ni un solo sonido sale de su garganta. Como ellos serán los que los fabrican, los que ponen en ellos su confianza» (vv. 4-8).

El salmista nos presenta, incluso de modo un poco irónico, la realidad absolutamente efímera de estos ídolos. Y debemos entender que no se trata solo de representaciones hechas de metal o de otro material, sino también de aquellas construidas con nuestra mente, cuando confiamos en realidades limitadas que transformamos en absolutas, o cuando reducimos a Dios a nuestros esquemas y a nuestras ideas de divinidad; un dios que se nos asemeja, comprensible, predecible, justamente como los ídolos del cual habla el Salmo. El hombre, imagen de Dios, se fabrica un dios a su propia imagen, y es incluso una imagen mal hecha: no escucha, no actúa, y sobre todo no puede hablar. Pero, nosotros estamos más contentos de ir en los ídolos que ir al Señor. Estamos muchas veces más contentos de las efímeras esperanzas que te da esto que es falso, este ídolo, que la gran esperanza segura que nos da el Señor.

A la esperanza en un Señor de la vida que con su Palabra ha creado el mundo y conduce nuestras existencias, se contrapone la confianza en imágenes mudas. Las ideologías con sus pretensiones de absoluto, las riquezas - y este es un gran ídolo -, el poder y el suceso, la vanidad, con sus ilusiones de eternidad y de omnipotencia, los valores como la belleza física y la salud, cuando se convierten en ídolos a los cuales sacrificar cada cosa, son todas realidades que confunden la mente y el corazón, y en vez de favorecer la vida la conducen a la muerte. Y feo escuchar y hace tanto mal al alma aquello que una vez, hace años, he escuchado, en otra diócesis: una mujer, una buena mujer, muy bella, era muy bonita y se vanagloriaba de su belleza, comentaba, como si fuera natural: "He debido abortar para que mi figura es muy importante". Estos son los ídolos, y te llevan por el camino equivocado y no te dan la felicidad.

El mensaje del Salmo es muy claro: si se pone la esperanza en los ídolos, se termina siendo como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, bocas que no pueden hablar. No se tiene nada más que decir, se es incapaz de ayudar, cambiar las cosas, incapaces de sonreír, donarse, incapaces de amar. Y también nosotros, hombres de Iglesia, corremos este riesgo cuando nos "mundanizamos". Es necesario permanecer en el mundo pero defenderse de las ilusiones del mundo, que son estos ídolos que yo he mencionado.

Como prosigue el Salmo, se necesita confiar y esperar en Dios, y Dios donará bendición: «Pueblo de Israel, confía en el Señor [...] Familia de Aarón, confía en el Señor [...] Confíen en el Señor todos los que lo temen [...] Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga» (vv. 9.10.11.12). Siempre el Señor se recuerda, también en los momentos difíciles; pero Él se recuerda de nosotros. Y esta es nuestra esperanza. Y la esperanza no defrauda. Jamás. Jamás. Los ídolos defraudan siempre: son fantasías, no son realidades.

Esta es la estupenda realidad de la esperanza: confiando en el Señor nos hacemos como Él, su bendición nos transforma, nos transforma en sus hijos, que comparten su vida. La esperanza en Dios nos hace entrar, por así decir, en el rayo de acción de su recuerdo, de su memoria que nos bendice y nos salva. Y entonces puede surgir el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros ha nacido de María, ha muerto en la cruz y ha resucitado en la gloria. Y en este Dios nosotros tenemos esperanza, y este Dios - que no es un ídolo - no defrauda jamás. Gracias.

 

 

Saludo del Papa en castellano:

Queridos hermanos y hermanas,
La esperanza, esperar en el futuro, creer en la vida, es una necesidad primaria del hombre. Pero es importante que pongamos nuestra confianza en lo que verdaderamente pueda ayudar a vivir y dar sentido a la existencia.
La Sagrada Escritura nos advierte contra las falsas esperanzas que el mundo presenta, denunciando la paradoja de sus ídolos. El hombre, al buscar seguridades tangibles y concretas, cae en la tentación de las consolaciones efímeras -dinero, alianza con los potentes, mundanidad, falsas ideologías- que parecen colmar el vacío de soledad y mitigan el cansancio de creer.
El salmo 115 describe de modo sugestivo la realidad absolutamente fugaz de estos ídolos. Advierte que quien pone la esperanza en ellos termina siendo como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, boca que no puede hablar. No se tiene nada que decir, se es incapaz de ayudar, cambiar las cosas, sonreír, donarse, amar. El hombre en cambio ha de ser imagen de Dios, confiando y esperando en su gracia y bendición.
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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los invito a poner plenamente su confianza en el Señor para que de su vida brote la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros nació de María, murió sobre la cruz y ha resucitado en la gloria. Muchas gracias.

 

 



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