Religión Digital

Francisco saluda a víctimas y victimarios

El Papa preside un emocionante encuentro de reconciliación en Villavicencio

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"Todos, de un modo u otro, también somos víctimas. Inocentes o culpables, pero todos víctimas"

"Colombia, déjate reconciliar. Es hora de sanar heridas, tender puentes, limar diferencias"

Jesús Bastante, 09 de septiembre de 2017 a las 00:28
Es la hora para desactivar los odios y renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, la verdad y la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad
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Una de las intervenciones

  • Los cuatro testimonios
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  • Una de las intervenciones

(Jesús Bastante).- Cuando dentro de muchos años, los fieles hablen sobre el pontificado de Francisco, resultará imposible no recordar el momento vivido esta noche en el Parque Las Malocas de Villavicencio. La emoción de un Papa que escuchaba, visible conmovido, las palabras de víctimas y victimarios, a los pies de la rotunda imagen del Cristo de Bojayá, una figura sin brazos ni piernas, destruida en una explosión durante los combates entre las FARC y los paramilitares en 2002. Aquel día, en el templo, murieron 79 personas.

El Cristo mutilado fue testigo mudo de las experiencias de cuatro personas, reflejo del dolor y el sufrimiento de un país, pero también de sus ganas de levantarse y construir un mundo nuevo, donde la paz, la justicia y la misericordia venzan al odio, la venganza y la enemistad. Los distintos conflictos en Colombia se han cobrado la vida de 8.432.104 personas. "Todos ellos víctimas", como recordó el Papa en su alocución.

Sin lugar a dudas, el testimonio más impactante vino de la mano de Pastora Mira García, quien a lo largo de los años sufrió el asesinato de su padre y de su marido, el secuestro y muerte de su hija y el asesinato de su otro hijo. Que cuidó "al asesino de mi padre, que estaba enfermo, anciano y abandonado". Y que desde 2004 viene acompañando a familias víctimas de los secuestros, como ella misma. Durante siete años esperó el regreso de su hija, en vano. Su hija, que regaló una camisa a su otro hijo, muerto en 2005, tres días antes de que su asesino llegara a su casa malherido y le revelara cómo lo habían torturado antes de matarlo.

 

 

Y sin embargo, en su mirada, la misma del Cristo de Bojayá, sólo se veía un deseo, el de la paz. "Coloco el dolor y el sufrimiento de las miles de víctimas a los pies de Jesús, para que lo una al suyo, y sea transformado en bendiciones y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que en las últimas cinco décadas ha sufrido Colombia", señalaba Pastora, que quiso entregar, junto a la vela que cada uno de los intervinientes colocaban al lado de la imagen, la camisa que su hija entregó a su hermano, "como auspicio de que eso nunca vuelva a ocurrir, y que la paz triunfe en Colombia".

Antes, Juan Carlos Murcia, que fue reclutado por las FARC y perdió su mano izquierda manipulando explosivos; o Desisy Sánchez, reclutada para las autodefensas unidas de Colombia; o Luz Dary, víctima de las minas antipersonas. Juntos, víctimas y victimarios, que no se resignaron a vivir llenos de odio.

En sus palabras, el Papa parecía no saber qué decir, más que reconocer el gesto de sus cuatro interlocutores. "Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado. Una tierra regada con la sangre de miles de inocentes, heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la Humanidad".

"Estoy aquí no tanto para hablar yo, sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe", proclamó el Papa, quien deseó "llorar con ustedes". "Quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos. Yo también tengo que pedir perdón. Y que así todos juntos podamos mirar y caminar hacia adelante, con fe y esperanza".

Mirando al Cristo de Bojayá, "mutilado, herido", el Papa puso a todas las víctimas del conflicto. "Ya no tiene brazos, y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro, y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros, es más Cristo aún, porque nos muestra una vez más que él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo".

 

 


 

 

"Y para enseñarnos, también, que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia", y que se puede transformar el dolor en vida, "para que aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor".

"Estoy conmovido, son historias de sufrimiento y amargura, pero también y sobre todo historias de amor y perdón, que nos hablan de vida y esperanza, de no dejar que el odio la venganza y el dolor se apoderen de nuestro corazón", añadió el Papa, quien dio las gracias "por el testimonio de los que han inflingido dolor y piden perdón, de los que han sufrido injustamente, y perdonan. Eso ya es un signo enorme de que quieren restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana".

Dirigiéndose a Pastora Mira, el Papa sostuvo que "la violencia engendra violencia, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena, y eso solo es posible con el perdón y la reconciliación concreta". Es Cristo quien "te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija regaló a tu hijo no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia. Gracias, gracias".

 

 

Refiriéndose a Luz Dary, mutilada por las minas, Francisco subrayó que "las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo". La mujer entregó al Cristo una de sus muletas, y Bergoglio reconoció que "ese andar espiritual no necesita violencia, es rápido y firme porque piensas en los demás y en ayudarlos".

Finalmente, y sobre los testimonios de Daisy y Juan Pablo, el Papa indicó que "todos, de un modo u otro, también somos víctimas. Inocentes o culpables, pero todos víctimas, los de un lado y los del otro, todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte".

"No todo está perdido. Hay esperanza para quien hizo el mal", concluyó Bergoglio, quien recordó que "en Colombia todavía hay espacio para la cizaña, no nos engañemos. Estén atentos a los frutos, cuiden el trigo, no pierdan la paz por la cizaña".

 

 

"No impidamos que la justicia y la misericordia se unan en un abrazo. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la contribución de un orden nuevo donde brille la justicia y la paz", culminó. Porque "en todo este proceso largo, difícil pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es compañera inseparable de la justicia y la misericordia. Las tres son imprescindibles para construir la paz".

Ante eso, incidió en que la verdad "no debe conducir a la venganza, sino a la reconciliación y al perdón", pues "verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos, contar qué pasó con los menores reclutados, reconocer el dolor de las mujeres víctimas de la violencia y de abuso".

"Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios y renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, la verdad y la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad".

 

 

Tras el encuentro y la bendición, el Papa se detuvo en la Cruz de la Reconciliación en el Parque de los Fundadores, donde tras rezar por espacio de diez minutos, plantó un árbol junto tres niños, como símbolo de la paz entre los pueblos y la reconciliación que tanto ansía Colombia. Después, el "Pastor Uno" reemprendió vuelo hacia Bogotá, donde Francisco descansará. Próxima etapa: Medellín.

 

 

Por su interés, les ofrecemos los cuatro testimonios:

 

 

1) - Testimonio de Juan Carlos Murcia Perdomo (por 12 años en las FARC) sobre la Verdad

Papa Francisco,
Soy Juan Carlos Murcia Perdomo, provengo del Caquetá y por 12 años he estado en las FARC. Cuando me reclutaron tenía dieciséis años; después de poco tiempo perdí la mano izquierda, manipulando explosivos.
Al inicio colaboré con convicción en la causa de la revolución. Así, fui promovido a comandante de escuadra con la tarea de acercarme a la población para ilustrarla sobre la doctrina de nuestro grupo alzado en armas. Con el tiempo, sin embargo, me sentí frustrado y utilizado. Al mismo tiempo, sentía una ansiosa nostalgia por mis padres, de los cuales me habían obligado a perder cualquier rastro.
A pesar de que me enseñaron que el único verdadero Dios son las armas y el dinero, no perdí del todo la fe y Dios me hizo comprender que la violencia no es verdad y que debía salir de la selva más profunda, la de mi corazón esclavizado por el mal, si quería vivir feliz. Percibía que la verdadera revolución traía consigo, ante todo, que asumiera la verdad sobre mí mismo, como también la aceptación de las obligaciones de la justicia respecto a mí y la demostración de que definitivamente he cambiado.
De este modo nació Funddrras, una Fundación para el desarrollo del deporte: al inicio doce, y ahora setenta jóvenes, a quienes, a través del deporte, ayudo a no ser reclutados ni por las armas ni por las drogas. Ellos me han enseñado muchas cosas y yo he buscado trasmitirles a ellos la pasión por la verdad y la libertad.
Con esta misma pasión he aceptado dar hoy mi testimonio. Puedo pedir así una vez más perdón, mi corazón se desahoga y me siento más libre.

 

 

2) - Testimonio de Deisy Sánchez Rey (reclutada para las Autodefensas Unidas de Colombia) sobre la Justicia

Santidad,
Me llamo Deisy Sánchez Rey y provengo de Barrancabermeja, Santander. A los 16 años fui reclutada por mi hermano para las Autodefensas Unidas de Colombia. Por 3 años abracé las armas, desempeñándome sobre todo en las comunicaciones, hasta cuando fui arrestada.
Después de más de dos años de cárcel quería cambiar de vida, pero las AUC me obligaron a entrar nuevamente en sus filas, donde permanecí hasta cuando se desmovilizó el Bloque Puerto Boyacá, del cual era integrante.
En mi familia no todos son católicos, pero personalmente permanecí cercana a la Iglesia y, en la Eucaristía dominical, encuentro ahora consuelo y una orientación para el futuro. He comprendido, por ejemplo, aquello que ya sentía desde hacía tiempo, o sea que yo misma había sido una víctima y tenía necesidad de que me fuese concedida una oportunidad. He aceptado también que era justo que aportase a la sociedad, a la cual había hecho daño gravemente en el pasado. Así, decidí estudiar sicología y ahora aporto al trabajo con población víctima de la violencia y ayudo profesionalmente a jóvenes vulnerables y personas adultas en rehabilitación por consumo de sustancias psicoactivas.
Pido al Señor, y a Usted Santo Padre, que rece para que los victimarios se dignifiquen a sí mismos, y a las víctimas, dándoles la cara, mostrándose disponibles a saldar sus deudas con la justicia y a contribuir positivamente a la sociedad que han lacerado. ¡Muchas gracias!

 

 

3) - Testimonio de Luz Dary Landazury (víctima de la explosión de un artefacto) sobre la Misericordia

Papa Francisco,
Soy Luz Dary Landazury. El 18 de octubre del 2012 la explosión de un artefacto puesto por la guerrilla en los alrededores de Tumaco, en el Océano Pacífico colombiano, acabó irremediablemente con mi talón de Aquiles, fracturó mi tibia y el peroné y puso en riesgo de amputación mi pierna izquierda. Las esquirlas provocaron decenas de heridas en mi cuerpo. De aquel día recuerdo solo los gritos de la gente y que había sangre por todas partes. Lo que más me aterrorizaba era la suerte de Luz Ariana, mi niña de 7 meses: ella estaba cubierta de sangre y en su rostro se le habían incrustado innumerables pedazos de vidrio.
Ahora Luz Ariana está bien y yo me he recuperado lentamente, gracias a Dios, a través de la Diócesis de Tumaco. Hoy deseo ofrecer a Cristo crucificado la única muleta que me queda después del atentado y que he usado para la recuperación. La segunda la he regalado a otra víctima, que la necesitaba urgentemente.
Aquella bomba es como si hubiera estallado también dentro de mi corazón, para permitirme curar las heridas mucho más profundas que aquellas de la piel. Al inicio sentía rabia y rencor, pero después he descubierto que, si me limitaba a transmitir este odio, creaba más violencia todavía. He entendido que muchas víctimas tenían necesidad de descubrir, por medio de mi experiencia, que tampoco para ellas había terminado todo y que no se puede vivir del rencor. Así he comenzado a visitarles y a ayudarles, me he preparado para enseñar a prevenir el riesgo de accidentes por los millones de minas sembradas en nuestro territorio, y ahora me siento mejor. Doy gracias a Dios por haber comprendido que ayudar a los demás no es tiempo perdido, sino que me enriquece.

 


4) - Testimonio de Pastora Mira García (víctima de la violencia) sobre la Paz

Santidad,
Me llamo Pastora Mira García, soy católica, viuda y, en varias ocasiones, víctima de la violencia. Cuando tenía 6 años, la guerrilla y los paramilitares no habían llegado todavía a mi pueblo: San Carlos, Antioquia. Mi padre fue matado. Años más tarde, pude cuidar a su asesino, quien, en ese momento, se había enfermado, era ya anciano y estaba abandonado.
Cuando mi hija tenía solo 2 meses, mataron a mi primer marido. En seguida, entré a trabajar en la inspección de policía, pero tuve que renunciar por las amenazas de la guerrilla y los paramilitares, que se habían instalado en la zona. Con muchos esfuerzos logré montar una juguetería, pero la guerrilla empezó a cobrarme vacunas, por lo cual terminé regalando las mercancías.
En 2001, los paramilitares desaparecieron a mi hija Sandra Paola; emprendí su búsqueda, pero encontré el cadáver solo después de haberlo llorado por 7 años. Todo este sufrimiento me ha hecho más sensible al dolor ajeno y, a partir de 2004, trabajo con las familias de las víctimas de desaparición forzada y con los desplazados.
¡Pero no todo estaba aún cumplido! En 2005, el Bloque Héroes de Granada, de los paramilitares, asesinó a Jorge Aníbal, mi hijo menor. Tres días después de haberlo sepultado, atendí, herido, a un jovencito y lo puse a descansar en la misma cama que había pertenecido a Jorge Aníbal. Al salir de la casa, el joven vio sus fotos y reaccionó contándome que era uno de sus asesinos y cómo lo habían torturado antes de matarlo. Doy gracias a Dios que, con la ayuda de Mamita María, me dio la fuerza de servirle sin causarle daño, a pesar de mi indecible dolor.
Ahora coloco este dolor y el sufrimiento de las miles de víctimas de Colombia a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al suyo y, a través de la plegaria de Su Santidad, sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia de las últimas 5 décadas en Colombia. Como signo de esta ofrenda de dolor, depongo a los pies de la cruz de Bojayá la camisa que Sandra Paola, mi hija desaparecida, había regalado a Jorge Aníbal, el hijo que me mataron los paramilitares. La conservamos en familia como auspicio de que todo esto nunca más vaya a ocurrir y la paz triunfe en Colombia.
Dios transforme el corazón de quienes se niegan a creer que con Cristo todo puede cambiar y no tienen la esperanza de un país en paz y más solidario.

 


 

Este fue el discurso del Papa:

 

Queridos hermanos y hermanas:
Desde el primer día he deseado que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas.
Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos -yo también tengo que pedir perdón- y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.
Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas y tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.
Agradezco a estos hermanos nuestros que han querido compartir su testimonio, en nombre de tantos otros. ¡Cuánto bien nos hace escuchar sus historias! Estoy conmovido. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón.
El oráculo final del Salmo 85: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán» (v.11), es posterior a la acción de gracias y a la súplica donde se le pide a Dios: ¡Restáuranos! Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Esto sólo es posible con tu ayuda y presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana.
Pastora Mira, tú lo has dicho muy bien: Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al suyo y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia. Tienes razón: la violencia engendra más violencia, el odio más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que es posible. Sí, con la ayuda de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, qué gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regaló a tu hijo Jorge Aníbal, no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia.
Nos conmueve también lo que ha dicho Luz Dary en su testimonio: que las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo. Así es. Y lo que es más importante, te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye. Y de esta manera comenzaste a sanar también las heridas de otras víctimas, a reconstruir su dignidad. Este salir de ti misma te ha enriquecido, te ha ayudado a mirar hacia delante, a encontrar paz y serenidad y un motivo para seguir caminando. Te agradezco la muleta que me ofreces. Aunque aún te quedan secuelas físicas de tus heridas, tu andar espiritual es rápido y firme, porque piensas en los demás y quieres ayudarles. Esta muleta tuya es un símbolo de esa otra muleta más importante, y que todos necesitamos, que es el amor y el perdón. Con tu amor y tu perdón estás ayudando a tantas personas a caminar en la vida. Gracias.
Deseo agradecer también el testimonio elocuente de Deisy y Juan Carlos. Nos hicieron comprender que todos, al final, de un modo u otro, también somos víctimas, inocentes o culpables, pero todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte. Deisy lo ha dicho claro: comprendiste que tú misma habías sido una víctima y tenías necesidad de que se te concediera una oportunidad. Y comenzaste a estudiar, y ahora trabajas para ayudar a las víctimas y para que los jóvenes no caigan en las redes de la violencia y de la droga. También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo está perdido. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia.

 

 

Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo y no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.
Como ha dejado entrever en su testimonio Juan Carlos, en todo este proceso, largo, difícil, pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable también asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos.

 

 

Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidamos ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia (cf. Oración atribuida a san Francisco de Asís).

 

Deseo poner todas estas intenciones ante la imagen del crucificado, el Cristo negro de Bojayá:
Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos recuerdas tu pasión y muerte;
junto con tus brazos y pies
te han arrancado a tus hijos
que buscaron refugio en ti.
Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos miras con ternura
y en tu rostro hay serenidad;
palpita también tu corazón
para acogernos en tu amor.
Oh Cristo negro de Bojayá,
haz que nos comprometamos
a restaurar tu cuerpo.
Que seamos tus pies para salir al encuentro
del hermano necesitado;
tus brazos para abrazar
al que ha perdido su dignidad;
tus manos para bendecir y consolar
al que llora en soledad.
Haz que seamos testigos
de tu amor y de tu infinita misericordia.

 



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