• Director: José Manuel Vidal
Vaticano
Francisco reflexionó sobre la esperanza y la muerte RD
Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte, con su comportamiento nos autoriza a sentir dolor ante la pérdida de un ser querido, eso no es contrario a la esperanza (...) él lloró delante de la tumba de su amigo Lázaro

(Jesús Bastante).- "Todos somos pequeños, indefensos ante el Misterio de la Muerte. Pero ese día, Jesús nos tomará de la mano y nos dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: 'Álzate, resucita'". La muerte y la esperanza fueron el eje de la catequesis del Papa Francisco durante la Audiencia General de este miércoles, que giró en torno al momento en que Jesús llora ante la muerte de su amigo Lázaro.

Día plomizo, frío, en Roma, que no impidió a decenas de miles de fieles acudieran a su cita semanal con Bergoglio. En los balcones centrales, aún colgaban los lienzos de los nuevos santos, entre ellos el escolapio Faustino Míguez. En sus palabras, Francisco reflexionó sobre el temor a la muertee en el mundo actual. "Nuestra civilización moderna trata de suprimir y disimular la muerte, hasta el punto de que cuando llega nadie está preparado, ni tiene tampoco los medios para darle un sentido", incidió.

Y es que, explicó, "la muerte es un misterio, que manifiesta la fugacidad de la vida, y nos enseña que nuestro orgullo, ira y odio, son sólo vanidad; que no amamos lo suficiente, que no buscamos lo esencial. Pero también nos indica que solamente el bien y el amor que sembramos mientras vivimos permanecen".

 

 

Frente a ello, "Jesús es el único capaz de iluminar el misterio de la muerte". Con sus palabras, con su vida, "nos enseña que sentir dolor ante la pérdida de un ser querido no va contra la esperanza. Jesús mismo, con su obediencia total al Padre, restaura el proyecto original de Dios y nos otorga vida en abundancia".

"En muchas ocasiones -improvisó Francisco-, he escuchado a ancianos decir 'la vida se me ha pasado como un soplo'. La muerte entra a menudo en nuestra vida". "Nuestra civilización trata de suprimir y disimular la muerte", denunció el Papa, quien recordó cómo el propio Jesús lloró ante la muerte de sus amigos.

"Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte, con su comportamiento nos autoriza a sentir dolor ante la pérdida de un ser querido, eso no es contrario a la esperanza", añadió el Papa, quien señaló cómo incluso el hijo de Dios "lloró delante de la tumba del amigo Lázaro. Ahí sentimos a Jesús muy cercano, nuestro hermano".

Igual sucede con la hija de Jairo. "No tengas miedo, has tenido fe", dijo Jesús. "Tantas veces el hombre está tentado a reaccionar con rabia, pero estamos llamados a custodiar la pequeña llama que se esconde en nuestro corazón: la fe. No tengas miedo, por tanto, ten fe", recalcó. Porque, al final, como sucedió con Lázaro o con la hija de Jairo, Jesús dirá "Yo soy la Resurrección y la Vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá para siempre. Quien cree en mí, no morirá para siempre".

 

 

"¿Creemos esto?", preguntó, en varias ocasiones, Francisco, a los fieles presentes en San Pedro. "Es lo que Jesús nos repite a cada uno de nosotros, cuando la muerte viene a rompernos la vida" y nos coloca "ante el precipicio del miedo". "Pero Jesús nos dice 'Yo no soy la Muerte, Yo soy la Resurreción y la Vida'. ¿Creemos esto? Nosotros, que estamos en esta plaza, ¿creemos en esto?".

"Os invito a pensar en el momento de nuestra muerte", culminó Francisco. "Cada uno de nosotros, que piense en su propia muerte. Imaginad el momento, que vendrá, cuando Jesús nos cogerá de la mano y nos dirá: 'Ven, ven conmigo, álzate'. Ahí culminará la esperanza, y surgirá la realidad, la realidad de la Vida".

"Pensadlo bien -repitió-: Jesús mismo nos cogerá a cada uno de nosotros de la mano, con su ternura y su amor. Que cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: álzate, ven. Álzate, resucita. Esta es nuestra esperanza ante la muerte".


Condena al atentado de Mogadiscio

En su saludo en italiano, el Papa condenó con firmeza el atentado en Mogadiscio, que se ha cobrado más de 300 muertes. "Quisiera expresar mi pesar por la masacre ocurrida hace unos días en Mogadiscio, Somalia, que causó más de 300 muertes, incluidos algunos niños".

"Este acto terrorista -añadió- merece la más firme condena, y además ocurre en una población que ya ha sido probada en otras ocasiones. Oremos por los muertos y por los heridos, por sus familiares y por toda la población de Somalia. Rezo por la conversión de los violentos y animo a aquellos que, con gran dificultad, trabajan por la paz en esa tierra maltratada".

 

 

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera poner en contraste la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización moderna tiende siempre más a cancelar. Tanto así que, cuando la muerte llega, para quien nos está cerca o para nosotros mismos, no nos encontramos preparados, privados incluso de un "alfabeto" adecuado para esbozar palabras de sentido en relación a su misterio, que de todos modos permanece. Y sin embargo los primeros signos de civilización humana han transitado justamente a través de este enigma. Podríamos decir que el hombre ha nacido con el culto a los muertos.

Otras civilizaciones, antes de la nuestra, han tenido la valentía de mirarla en la cara. Era un acontecimiento narrado por los viejos a las nuevas generaciones, como una realidad ineludible que obligaba al hombre a vivir para algo de absoluto. Recita el salmo 90: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que nuestro corazón alcance la sabiduría» (v. 12). Contar los propios días como el corazón se hace sabio. Palabras que nos conducen a un sano realismo, expulsando el delirio de omnipotencia. ¿Qué cosa somos nosotros? Somos «casi nada», dice otro salmo (Cfr. 88,48); nuestros días transcurren velozmente: si viviéramos incluso cien años, al final nos parecerá que todo haya sido un soplo. Tantas veces yo he escuchado a los ancianos decir: "La vida se me ha pasado como un soplo".

Así la muerte pone al desnudo nuestra vida. Nos hace descubrir que nuestros actos de orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos damos cuenta con tristeza de no haber amado lo suficiente y de no haber buscado lo que era esencial. Y, por el contrario, vemos lo que verdaderamente bueno hemos sembrado: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos sujetan la mano.

Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos autoriza a sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se conmovió «profundamente» ante la tumba de su amigo Lázaro, y «lloró» (Jn 11,35). En esta actitud, sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo Lázaro.

Y entonces Jesús pide al Padre, fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y así sucede. La esperanza cristiana recurre a esta actitud que Jesús asume contra la muerte humana: si ella está presente en la creación, pero ella es un signo que desfigura el diseño de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarla.

En otro pasaje los evangelios narran de un padre que tenía una hija muy enferma, y se dirige con fe a Jesús para que la salve (Cfr. Mc 5,21-24.35-43). Y no existe una figura más conmovedora de aquella de un padre o de una madre con un hijo enfermo. Y enseguida Jesús se dirige con aquel hombre, que se llamaba Jairo. A cierto momento llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña está muerta, y no hay más necesidad de molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: «No temas, basta que creas» (Mc 5,36). Jesús sabe que este hombre está tentado de reaccionar con rabia y desesperación, porque ha muerto la niña, y le pide custodiar la pequeña llama que está encendida en su corazón: fe. "¡No temas, sólo ten fe!". "¡No tengas miedo, continúa solamente teniendo encendida esa llama!". Y después, llegados a la casa, despierta a la niña de la muerte y la restituirá viva a sus seres queridos.

Jesús nos pone sobre esta "cima" de la fe. A Marta que llora por la desaparición del hermano Lázaro presenta la luz de un dogma: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». (Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros, cada vez que la muerte viene a arrancar el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. "Yo no soy la muerte, dice Jesús, yo soy la resurrección y la vida, ¿crees tú esto?, ¿crees tú esto?". Nosotros, que hoy estamos aquí en la Plaza, ¿creemos en esto?

Somos todos pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. ¡Pero, que gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y repetirá todavía una vez: "Talitá kum", "¡Niña, levántate!" (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: "¡Levántate, resurge!". Yo los invito, ahora, tal vez a cerrar los ojos y a pensar en aquel momento: de la nuestra muerte. Cada uno de nosotros piense a su propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús nos tomará de la mano y nos dirá: "Ven, ven conmigo, levántate". Ahí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Piensen bien: Jesús mismo vendrá a cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su humildad, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: "¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resurge!".

Esta es nuestra esperanza ante la muerte. Para quién cree, es una puerta que se abre completamente; para quién duda es un resquicio de luz que filtra de una puerta que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros será una gracia, cuando esta luz, del encuentro con Jesús, nos iluminará. Gracias.

 

 

Saludo del Papa en castellano:

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy reflexionamos sobre el contraste que existe entre la esperanza cristiana y la realidad de la muerte. Nuestra civilización moderna trata de suprimir y disimular la muerte, hasta el punto de que cuando llega nadie está preparado, ni tiene tampoco los medios para darle un sentido. La muerte es un misterio, manifiesta la fugacidad de la vida, nos enseña que nuestro orgullo, ira y odio, son sólo vanidad; que no amamos lo suficiente, que no buscamos lo esencial. Pero también nos indica que solamente el bien y el amor que sembramos mientras vivimos permanecen.

Como hemos escuchado en la lectura del evangelio, Jesús es el único capaz de iluminar el misterio de la muerte. Con su actuar nos enseña que sentir dolor ante la pérdida de un ser querido no es contrario a la esperanza. Su oración al Padre, Origen de la vida, nos revela que la muerte no forma parte de su designio amoroso, y que Jesús mismo, con su obediencia total al Padre, restaura el proyecto original de Dios y nos otorga vida en abundancia.

En varios pasajes evangélicos, en que Jesús se confronta con la muerte, pide que no se tenga miedo ante ella, sino que se confíe en su palabra y se mantenga viva la llama de la fe. A la evidencia de la muerte, Jesús opone la luz de su potencia, que también extiende sobre cada uno de nosotros, pequeños e indefensos frente al enigma de la muerte, y nos asegura: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».


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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los provenientes de España y Latinoamérica. El Señor Jesús, única esperanza de la humanidad, nos conceda la gracia de mantener encendida la llama de la fe, y en el momento de nuestra muerte nos tome de la mano y nos diga: «¡Levántate!». Que Santa María, Madre de Dios, interceda por todos nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Así sea.