• Director: José Manuel Vidal
Vaticano
El Papa, con los obispos de Birmania Pool
La unidad nace de la diversidad. No olvidéis esto. Valorad las diferencias entre las personas como riqueza

(Jesús Bastante).- A punto de terminar la primera gran jornada del Papa en Myanmar (a la espera de un encuentro privado con los jesuitas del país), Francisco quiso encontrarse con los 23 obispos birmanos, en la pequeña y coqueta catedral de Santa María de Rangún. En un corto discurso, Bergoglio dio tres claves de actuación, que resumen un programa de trabajo para la joven Iglesia de Myanmar: "Curación, acompañamiento y profecía".

"Quiero que este encuentro sea un momento de serena gratitud y tranquila reflexión sobre los desafíos de vuestro ministerio como pastores de la grey de Cristo en Myanmar", arrancó Francisco, quien como en otras ocasiones, quiso dirigir "tres palabras" a los obispos. Sanación, acompañamiento, y profecía.

En cuanto a la primera, el Papa destacó que "el Evangelio que predicamos es sobre todo un mensaje de curación, reconciliación y paz", algo que en Myanmar "cobra un especial significado". En efecto, "el país quiere reconstruir su unidad nacional".

En este sentido, "la predicación del Evangelio debe ser una fuente de consuelo y fortaleza, pero también una llamada a favorecer la unidad y la caridad en la vida del pueblo". Porque, aclaró el Pontífice, "la unidad nace de la diversidad. No olvidéis esto. Valorad las diferencias entre las personas como riqueza", para alcanzar "una cultura del encuentro y de la solidaridad".

 

 

"Que en vuestro ministerio veáis siempre el empeño en favorecer la unidad en la vida de la Iglesia", señaló el Papa, diciendo 'No' a una Iglesia cerrada. "Empeñaos por los pobres, por los que no tienen derechos, sobre todo en este tiempo que hay muchos que están tirados al borde del camino".

Algo que ya hace la Iglesia en Myanmar. "Son muchos los que, como el buen samaritano, trabajan para dar a los demás el bálsamo de la curación, por construir puentes de diálogo con otras religiones, por afianzar relaciones de paz que produzcan frutos abundantes para la reconciliación de la vida del país", lo que implica "vivir en paz y rechazar cualquier acto de violencia u odio en nombre de la religión". Toda una primera palabra, curar, que se resume en el hecho de que "la Iglesia es un hospital de campaña. Curar las heridas, curar las almas, curar".

La segunda palabra es acompañamiento. En este sentido, el Papa pidió a los obispos que sean "un buen pastor, que esté constantemente presente con su pueblo, conociendo el olor de sus ovejas". "Estáis llamados a ser una Iglesia en salida, para llevar la luz de Cristo a las periferias", recordó Francisco, quien recordó el "espíritu misionero" que debe regir la vida de cada obispo, visitando regularmente a las parroquias y comunidades. "Este es el modo de acompañar a vuestros sacerdotes para crecer en santidad, fidelidad y espíritu de servicio".

"No olvidéis a los sacerdotes, los debéis tener cerca", recordó. "Que todo sacerdote sepa, y sienta, que tiene un padre en el obispo". Al tiempo, animó a convertir "el laicado en un auténtico discipulado misionero", que trabaje por "inculturar el mensaje evangélico en la vida cotidiana y las tradiciones de vuestra tradición local". También, cuidar especialmente a los catequistas, que "son los pilares de la evangelización en cada parroquia. Su contribución es fundamental".

 

 

También, pidió un "empeño especial para acompañar a los jóvenes, y ocuparse de su formación en sanos principios morales que les permitan afrontar un mundo en continuo cambio", un mundo "minado por las colonizaciones ideológicas y culturales". El próximo Sínodo de obispos será clave para esto.

"Una de las grandes bendiciones de la Iglesia en Myanmar es la juventud de seminaristas y jóvenes religiosos. Damos gracias a Dios por esto. Sostenedlos en su camino de fe, porque están llamados, a través de su idealismo y entusiasmo, a ser evangelizadores convincentes de sus coetáneos".

Finalmente, la tercera palabra, "profecía", que la Iglesia en Myanamr testimonia "cotidianamente con sus obras" y su trabajo "por los principios democráticos y en defensa de los derechos humanos".

En este punto, Francisco pidió a los obispos ejercer "un rol constructivo en la vida de la sociedad, haciendo sentir vuestra voz en las cuestiones de importancia nacional, particularmente en los derechos de todos, de los más pobres y vulnerables". Una labor que "dará frutos abundantes no sólo para el futuro de la comunidad local, sino de todo el país".

Ser profetas, también, en "la necesidad de proteger el ambiente y asegurar la correcta utilización de los recursos naturales", sabiendo que "la custodia del don de la creación no puede ser separada de una sana ecología humana y social". "Es inseparable de la fraternidad, de la justicia y de la fidelidad en el diálogo con los otros".

El Papa culminó sus palabras dando gracias por este momento de comunión, y rezando por reforzar "el empeño de ser pastores fieles y servidores de la Iglesia que Cristo nos ha confiado", exhortando a los obispos a "mantener el equilibrio entre la salud física y espiritual". "¿Cuántas horas he rezado hoy?", pidió preguntarse.

 

 

Texto completo del discurso del Papa Francisco



Eminencia, queridos hermanos en el episcopado:
Para todos nosotros ha sido una jornada llena, pero de gran alegría. Esta mañana hemos celebrado la Eucaristía junto a los fieles provenientes de todos los rincones del País y por la tarde hemos encontrado a los líderes de la comunidad budista mayoritaria. Me gustaría que nuestro encuentro de esta tarde fuera un momento de serena gratitud por estas bendiciones y de reflexión tranquila sobre las alegrías y los desafíos de vuestro ministerio de Pastores de la grey de Cristo en este País. Agradezco a Mons. Félix [Lian Khen Thang] por las palabras de saludo que en vuestro nombre me ha dirigido. A todos os abrazo con gran afecto en el Señor.
Quisiera ordenar mis pensamientos en torno a tres palabras: sanación, acompañamiento y profecía.
La primera, sanación. El Evangelio que predicamos es sobre todo un mensaje de sanación, reconciliación y paz. Mediante la sangre de Cristo en la cruz, Dios ha reconciliado el mundo consigo y nos ha invitado a ser mensajeros de esta gracia sanadora. Aquí en Myanmar, este mensaje tiene un eco particular, puesto que el País está trabajando para superar divisiones profundamente enraizadas y para construir la unidad nacional. Vuestras comunidades llevan las marcas de este conflicto y han dado testigos valientes de la fe y de las antiguas tradiciones; para vosotros, por tanto, la predicación del Evangelio no debe ser sólo una fuente de consolación y de fortaleza, sino también una llamada a favorecer la unidad, la caridad y la sanación en la vida del pueblo. La unidad que compartimos y celebramos nace de la diversidad. Esta valora las diferencias entre las personas como fuente de enriquecimiento mutuo y de crecimiento; los llama a vivir unidos en una cultura del encuentro y la solidaridad.
Que experimentéis constantemente en vuestro ministerio episcopal la guía y la ayuda del Señor, empeñándoos en favorecer la sanación y la comunión en cada ámbito de la vida de la Iglesia, de modo que el santo Pueblo de Dios, por medio de su ejemplo de perdón y de amor reconciliador, pueda ser sal y luz para todos los corazones que aspiran a esa paz que el mundo no puede dar. La comunidad católica en Myanmar puede estar orgullosa de su testimonio profético de amor a Dios y al prójimo, que se expresa en el compromiso con los pobres, con los que están privados de derechos y sobre todo, en este tiempo, con tantos desplazados que, por así decirlo, yacen heridos a los bordes del camino. Os pido que trasmitáis mi agradecimiento a todos los que, como el Buen Samaritano, trabajan con generosidad para llevar el bálsamo de la sanación a quienes lo necesitan, sin tener en cuenta la religión ni la etnia.
Vuestro ministerio de sanación encuentra una expresión particular en el compromiso con el diálogo ecuménico y la colaboración interreligiosa. Pido para que vuestros esfuerzos continuos en la construcción de puentes de diálogo y en la unión con los seguidores de otras religiones, a fin de tejer una red de relaciones pacíficas, produzcan frutos abundantes para la reconciliación de la vida del País. La conferencia de paz interreligiosa que tuvo lugar en Yangon la pasada primavera es un testimonio importante, ante el mundo, de la determinación de las religiones para vivir en paz y rechazar cualquier acto de violencia y de odio perpetrado en nombre de la religión.

 

 

La segunda palabra que os propongo esta tarde es acompañamiento. Un buen pastor está constantemente presente ante su grey, conduciéndola mientras camina junto a ella. Como me gusta decir, el pastor debería oler a oveja. En estos tiempos estamos llamados a ser una «Iglesia en salida» para llevar la luz de Cristo a cada periferia (cf. Evangelii gaudium, 20). En cuanto Obispos, vuestras vidas y vuestro ministerio están llamados a conformarse a este espíritu de compromiso misionero, sobre todo a través de visitas pastorales regulares a las parroquias y las comunidades que forman vuestras Iglesias locales. Este es un medio privilegiado para que, como padres premurosos, acompañéis a vuestros sacerdotes en su compromiso cotidiano por hacer crecer la grey en santidad, fidelidad y espíritu de servicio.
Por gracia de Dios, la Iglesia en Myanmar ha heredado de quienes trajeron el Evangelio a esta tierra una fe sólida y un ferviente afán misionero. Sobre estos firmes fundamentos, y en comunión con los presbíteros y los religiosos, seguid inculcando al laicado el espíritu de un auténtico discipulado misionero, buscando una sabia inculturación del mensaje evangélico en la vida cotidiana y en las tradiciones de vuestras comunidades locales. A este respecto, la cooperación de los catequistas es esencial; su enriquecimiento formativo debe continuar siendo una prioridad para vosotros.
Sobre todo, quisiera pediros un esfuerzo especial para acompañar a los jóvenes. Ocupaos de su formación en los sanos principios morales, que los guíen para afrontar los desafíos de un mundo que cambia rápidamente. El próximo Sínodo de los Obispos no sólo se referirá a estos aspectos, sino que interpelará directamente a los jóvenes, escuchando sus historias e involucrándolos en un discernimiento común sobre cómo proclamar mejor el Evangelio en los próximos años. Una de las grandes bendiciones de la Iglesia de Myanmar es su juventud y, en particular, el número de seminaristas y de jóvenes religiosos. Siguiendo el espíritu del Sínodo, por favor, involucradlos y sostenedlos en su camino de fe, porque están llamados, a través de su idealismo y entusiasmo, a ser evangelizadores alegres y convincentes de sus coetáneos.

 

 

Mi tercera palabra para vosotros es profecía. La Iglesia de Myanmar testimonia cotidianamente el Evangelio gracias a sus obras educativas y caritativas, su defensa de los derechos humanos, su respaldo a los principios democráticos. Poned a la comunidad católica en condiciones de seguir teniendo un papel constructivo en la vida de la sociedad, haciendo escuchar vuestra voz en cuestiones de interés nacional, insistiendo particularmente en el respeto de la dignidad y los derechos de todos, especialmente de los más pobres y vulnerables. Estoy convencido de que la estrategia pastoral quinquenal, que la Iglesia ha desarrollado dentro del más amplio contexto de la construcción del Estado, dará frutos abundantes no sólo para el futuro de las comunidades locales, sino también para todo el País. Me refiero de modo especial a la necesidad de proteger el ambiente y de asegurar un correcto uso de los ricos recursos naturales del País en beneficio de las generaciones futuras. La protección del don divino de la creación no puede separarse de una sana ecología humana y social. En efecto, «el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás» (Laudato si', 70).
Queridos hermanos en el episcopado, doy las gracias a Dios por este momento de comunión y ruego para que este estar juntos nos refuerce en el compromiso de ser pastores fieles y servidores de la grey que Cristo nos ha confiado. Sé que vuestro ministerio es arduo y que, junto con vuestros sacerdotes, fatigáis a menudo bajo «el peso del día y el bochorno» (Mt 20,12). Os exhorto a mantener el equilibrio en la salud física sin olvidar la espiritual, en preocuparos de modo paternal por la salud de vuestros sacerdotes. Sobre todo, os animo a crecer cada día en la oración y en la experiencia del amor reconciliador de Dios, porque es la base de vuestra identidad sacerdotal, la garantía de la solidez de vuestra predicación y la fuente de la caridad pastoral con la que conducís al Pueblo de Dios por senderos de santidad y de verdad. Con gran afecto invoco la gracia del Señor sobre vosotros, los sacerdotes, los religiosos y todos los laicos de vuestras Iglesias locales. Os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí.