• Director: José Manuel Vidal
Vaticano
Francisco ora ante el Muro de las Lamentaciones Agencias
Jerusalén es una ciudad única, sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, con una vocación especial para la paz. Rezo para que tal identidad sea preservada y reforzada,

(Jesús Bastante).- Ante la sacudida que Donald Trump quiere dar a Tierra Santa declarando Jerusalén como capital de Israel, el Papa Francisco ha alzado la voz para exigir "respetar el status quo de la ciudad, en conformidad con las pertinentes resoluciones de Naciones Unidas".

En su saludo en italiano tras la Audiencia de los miércoles, el Pontífice pidió que esta identidad "sea reservada y reforzada", y que prevalezca "la prudencia para evitar nuevos elementos de tensión en un panorama mundial ya convulso y surcado por tantos crueles conflictos".

Toda una bofetada al presidente de Estados Unidos, que con su decisión de trasladar la embajada de su país a la Ciudad Santa puede hacer estallar el polvorín de Tierra Santa. El Papa, que habló ayer con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, confesó que "mi pensamiento hoy está en Jerusalén".

"No puedo dejar de mostrar mi preocupación por la situación creada en los últimos días", denunció Francisco, quien no citó expresamente a Trump, aunque sí apeló a que "sea empeño de todos respetar el status quo" de la ciudad. "Jerusalén es una ciudad única, sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, con una vocación especial para la paz. Rezo para que tal identidad sea preservada y reforzada, para beneficio de Tierra Santa, Oriente Medio y el mundo entero", clamó Bergoglio.

 

 

Atrapado ante una maraña de abrazos. La llegada del Papa Francisco al Aula Pablo VI, donde hoy se celebró la audiencia de los miércoles, estuvo cargada de efusividad. Manotazos, besos, abrazos de los que no sueltan... Domenico Gianni tuvo que hacer gala de toda su diplomacia para 'separar' a Bergoglio de varias personas que no querían soltarlo. El Papa sonrió, tendió la mano, repartió besos... aunque no pudo evitar cierto agobio.

Una audiencia muy musical, con canciones evocadoras a la naturaleza o el poder del pueblo. 'Viva la gente' o 'De qué color es la piel de Dios' sonaban mientras Francisco recorría los pasillos del aula hacia el estrado principal, en el que reflexionó sobre el pasaje de San Mateo en el que Jesús habla de sus discípulos como "la luz del mundo". Las primeras filas, como siempre, reservadas a los enfermos y discapacitados, la luz de este mundo y de este pontificado. Al lado, el belén y el árbol de Navidad, que ya se muestran en la sala.

Francisco quiso dedicar su catequesis a repasar el reciente viaje a Myanmar y Bangladesh. Unos jóvenes de este país jalearon el discurso, mostrando banderas del país y un gran cartel con un "¡Gracias!", que el Papa cumplimentó con una sonrisa y un saludo. Bergoglio quiso agradecer "a las autoridades y obispos de los dos países, por todo el trabajo de preparación y acogida". También, a los fieles de ambos estados, "que me han demostrado tanto afecto y cariño".

 

 

"Un sucesor de Pedro visitaba por primera vez Myanmar", recordó Francisco, quien destacó "la cercanía de Cristo y de la Iglesia a un pueblo que ha sufrido a causa de la violencia y la represión, y que ahora está caminando, lentamente, hacia un futuro de paz".

El Papa reconoció la fuerza de la religión budista en el país, y apuntó cómo "los cristianos son una pequeña grey del rebaño del pueblo de Dios. Una iglesia, viva y fervorosa", que ha sufrido "la persecución a causa de la fe en Jesús".

"El futuro de Asia se construirá no con las armas, sino con la fraternidad", recalcó Francisco, quien recordó que "nadie debe ser excluido en la tarea de cooperar en el proceso de reconciliación, con el respeto preciso a todos".

El Papa también recordó su encuentro con el Supremo Consejo de monjes budistas, y apuntó que "cristianos y budistas pueden ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando toda violencia y cambiando el mal por bien".

Tras el repaso a sus días en Myamar, Bergoglio habló de su llegada a Bangladesh, un país de mayoría musulmana, y donde vivió "un paso en favor del respeto y el diálogo entre el Cristianismo y el Islam". En este sentido, recordó cómo "la Santa Sede ha sostenido la voluntad del pueblo bengalí de constituirse como nación independiente", donde siempre "sea tutelada la libertad religiosa".

En particular, el Papa quiso agradecer a Bangladesh "su solidaridad en el empeño de socorrer a los prófugos rohingyá, que llegan en masa a su territorio, la densidad de población es la más alta del mundo".

 

 

Bergoglio vivió estos días como "un fuerte momento de diálogo interreligioso", que permitirá "abrir los corazones como base de la cultura del encuentro", y recordó especialmente la visita a la casa Madre Teresa, donde la santa se alojaba cuando iba a la ciudad, "y que acoge a muchos huérfanos y personas con discapacidad".

"Recuerdo de las monjas su sonrisa -improvisó el Papa-. Son hermanas que oran tanto, que trabajan por los que más sufren, y siempre con una sonrisa. Son un gran testimonio, que les agradezco".

"El último evento fue con los jóvenes bengalíes... ¡Cómo bailan de bien estos bengalíes! Una fiesta que ha manifestado la alegría del Evangelio, una alegría fecundada por el sacrificio de tantos misioneros y catequistas, culminó el Papa, quien recordó cómo en el encuentro "había jóvenes musulmanes, y de otras religiones, lo que supone un signo de esperanza para Bangladesh, para Asia y para el mundo entero".

En su saludo en árabe, el Papa volvió a recordar expresamente a los rohingyá, pidiendo "perdón por nuestro silencio ante la minoría rohingya", animando a "proteger a todos los grupos perseguidos en el mundo".

 

 

Saludo en castellano:

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quiero compartir con ustedes y dar gracias a Dios por el viaje apostólico que he realizado a Myanmar y Bangladesh.
Mi visita a Myanmar ha sido la primera de un Papa a aquel país; una nación que a pesar de haber sufrido mucho, se encamina hacia una nueva realidad de paz y libertad. Allí la comunidad cristiana es un pequeño fermento del Reino de Dios, que ha sabido dar testimonio de la fe y que cuenta con una juventud llena de esperanza y de alegría. Al encontrarme con el Consejo Supremo de los monjes budistas, he querido manifestar mi deseo de que trabajemos unidos para ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando todo tipo de violencia.
Después he realizado mi visita a Bangladesh, siguiendo las huellas del beato Pablo VI y de san Juan Pablo II. Ha sido un paso más en favor del respeto y del diálogo entre el islam y el cristianismo. Allí he querido expresar también mi solidaridad con Bangladesh en su compromiso por socorrer a los prófugos Rohingya. Dos momentos de particular alegría han sido: la ordenación de 16 sacerdotes y el encuentro con los jóvenes, quienes con sus cantos y danzas manifestaron la alegría del Evangelio. Fue muy significativo que estuvieran también presentes jóvenes musulmanes y de otras religiones, siendo un signo éste de esperanza para Bangladesh, para Asia y para el mundo entero.
********************
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica.
En este tiempo de Adviento los animo a fortalecer su vida cristiana con la oración, la escucha de la Palabra de Dios y las obras de caridad, y, siguiendo el ejemplo de la Inmaculada Virgen María, cuya solemnidad celebraremos pasado mañana, preparen su corazón para recibir al Señor que ya viene. Muchas gracias.

 

 

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera hablar del Viaje Apostólico que he realizado en los días pasados a Myanmar y Bangladés. Ha sido un gran de Dios, y por eso le agradezco a Él por cada cosa, especialmente por los encuentros que he podido tener. Renuevo la expresión de mi gratitud a las Autoridades de los dos Países y a los respectivos Obispos, por todo el trabajo de preparación y por la acogida reservada a mí y a mis colaboradores. Un "gracias" sincero quiero dirigir a la gente birmana y aquella bangladesí, que me han demostrado tanta fe y tanto afecto: ¡gracias!
Por primera vez un sucesor de Pedro visitaba Myanmar, y esto ha sucedido poco después que se han establecido las relaciones diplomáticas entre este País y la Santa Sede.
He querido, también en este caso, expresar la cercanía de Cristo y de la Iglesia a un pueblo que ha sufrido a causa de conflictos y represiones, y que ahora está lentamente caminando hacia una nueva condición de libertad y de paz. Un pueblo en la cual la religión budista está fuertemente enraizada, con sus principios espirituales y éticos, y donde los cristianos están presentes como una pequeña grey y levadura del Reino de Dios. A esta Iglesia, viva y fervorosa, he tenido la alegría de confirmar en la fe y en la comunión, en el encuentro con los Obispos de los países y en las dos celebraciones eucarísticas. La primera ha sido en la gran área deportiva en el centro de Rangún, y el Evangelio de ese día ha recordado que las persecuciones a causa de la fe en Jesús son normales para sus discípulos, como ocasión de testimonio, pero "ni siquiera un cabello se les caerá" (Cfr. Lc 21,12-19). La segunda Misa, último acto de la visita a Myanmar, estuvo dedicada a los jóvenes: un signo de esperanza y un regalo especial de la Virgen María, en la catedral que lleva su nombre. En los rostros de esos jóvenes, llenos de alegría, he visto el futuro de Asia: un futuro que será no de quien construye armas, sino de quien siembra fraternidad. Y siempre en el signo de esperanza he bendecido las primeras piedras de dieciséis iglesias, del seminario y de la nunciatura, dieciocho.
Además de la Comunidad católica, he podido encontrar a las Autoridades de Myanmar, animando los esfuerzos de pacificación del País y deseando que todos los diversos componentes de la nación, ninguna excluida, puedan cooperar en este proceso en el respeto recíproco. En este espíritu, he querido encontrar a los representantes de las diversas comunidades religiosas presentes en el País. En particular, al Supremo Consejo de monjes budistas he manifestado la estima de la Iglesia por su antigua tradición espiritual, y la confianza que cristianos y budistas puedan juntos ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando toda violencia y oponiéndose al mal con el bien.
Dejando Myanmar, me he dirigido a Bangladés, donde en primer lugar he rendido homenaje a los mártires de la lucha por la independencia y al "Padre de la Nación". La población de Bangladés es en grandísima parte de religión musulmana, y por ello mi visita - siguiendo las huellas del Beato Pablo VI y de San Juan Pablo II - ha marcado un paso más en favor del respeto y del diálogo entre cristianismo e islam.
A las Autoridades del País he recordado que la Santa Sede ha sostenido desde el inicio la voluntad del pueblo bangladesí de constituirse como nación independiente, como también la exigencia que en ella sea siempre tutelada la libertad religiosa. En particular, he querido expresar solidaridad a Bangladés en su empeño de socorrer a los prófugos Rohingya llegados en masa a su territorio, donde la densidad de población está ya entre las más altas del mundo.
La Misa celebrada en un histórico parque de Daca fue enriquecida por la Ordenación de dieciséis sacerdotes, y esto ha sido uno de los eventos más significativos y gozosos del viaje. De hecho, sea en Bangladés como en Myanmar y en los otros países del sureste asiático, gracias a Dios las vocaciones no faltan, signo de comunidades vivas, donde resuena la voz del Señor que llama a seguirlo. He compartido esta alegría con los Obispos de Bangladés, y los he animado en su generoso trabajo por las familias, por los pobres, por la educación, por el diálogo y la paz social. Y he compartido esta alegría con tantos sacerdotes, consagradas y consagrados del país, como también con los seminaristas, las novicias y novicios, en quienes he visto los brotes de la Iglesia en aquella tierra.
En Daca hemos vivido un momento fuerte de diálogo interreligioso y ecuménico, que me ha dado modo de subrayar la apertura del corazón como base de la cultura del encuentro, de la armonía y de la paz. Además he visitado la "Casa Madre Teresa", donde la santa se hospedaba cuando se encontraba en esta ciudad, y que acoge a muchísimos huérfanos y personas con discapacidad. Allí, según su carisma, las religiosas viven cada día la oración de adoración y el servicio a Cristo pobre y sufriente. Y jamás - jamás - se pierde de sus labios la sonrisa: religiosas que oran tanto, que sirven a los que sufren continuamente con la sonrisa. Es un bonito testimonio. Agradezco mucho a estas religiosas.
El último evento ha sido con los jóvenes bangladesí, rico de testimonios, cantos y danzas. ¿Y qué bien danzaban, estos bangladesí? ¡Saben danzar bien! Una fiesta que ha manifestado la alegría del Evangelio acogido por esta cultura; una alegría fecundada por los sacrificios de tantos misioneros, de tantos catequistas y padres cristianos. En el encuentro estaban presentes también jóvenes musulmanes y de otras religiones: un signo de esperanza para Bangladés, para Asia y para el mundo entero. Gracias.