• Director: José Manuel Vidal
Vida Religiosa
Ramón Alario, cura 'secularizado' RD
Si hago esto público es básicamente pensando en que sé que hay mucha gente que esto lo ha vivido con dramatismo, con dolor y creo que merece la pena que se conozca

(José M. Vidal).- Hace 37 años Ramón Alario decidió dejar el sacerdocio por motivos de conciencia, uno de los 100.000 curas en todo el mundo que lo hizo en esa época. Se entrevistó en aquel entonces con el cardenal Tarancón, y envió una carta a Roma explicando su caso. No fue hasta el año pasado, no obstante, que recibió una contestación. En contra de su voluntad, se le había reducido al estado laical. Una injusticia, denuncia Ramón, quien sigue defendiendo el "derecho" de cada comunidad católica a depositar las tareas y los ministerios en las personas que estime conveniente, "sin tener en cuenta sin son hombres, mujeres, casados, viudos, lesbianas o gays".

Ramón Alario fue cura durante trece años. Después se casó y no pidió la dispensa. Treinta y siete años más tarde le llegó un rescripto de Roma, que ahora vamos a analizar para ver un poco qué es lo queda de los restos, como tú dices, de otra época, todavía en estas cosas de la dispensa, que no secularización.

A mí no me gusta hablar de secularización, hay algunos que dicen curas secularizados. ¿a ti te gusta ese término?

Bueno, yo creo que "felizmente secularizados" todos: vivir en una sociedad donde lo religioso no marca todos los comportamientos de la vida normal civil de las personas, me parece que es un triunfo de la modernidad y un triunfo del mundo actual. Y "felizmente" secularizados en cuanto que supone un retorno a la normalidad para nosotros, porque creemos que la vida en una situación de clérigo, prolongada durante muchos años, acaba separándote de la manera de pensar, sentir y vivir de las personas normales con las que tienes que estar conviviendo.

Ese es el lado positivo de los términos. Pero hay un cierto lado peyorativo en la reducción al estado laical, en la secularización. Es decir: "te arrojamos fuera del ámbito protegido, del ámbito clerical..."

La Iglesia ha vivido con muy mal talante la llegada a este mundo moderno. Y la secularización era algo así como un perder las esencias. Ese aspecto negativo lo tiene. Y de cara a los curas llamados "secularizados reducidos al estado laical", creo que sí, que hay un tono despectivo; no se valora este tipo de vida donde lo importante es la persona, por encima y por delante, por supuesto, de las creencias particulares de cada uno.

De hecho, tú mismo en este escrito reconoces que hay un cambio en la terminología, ¿no?

Lo hay, sí, porque hace 70-80 años un cura que decidía dejar el ministerio, era una una persona que desaparecía, de alguna manera, de lo que era la vida eclesial. Se hablaba de él como renegado en algunas ocasiones, reducido, traidor... Una persona que no tenía cabida en la vida de la Iglesia de manera normal.

Ha habido un cambio fundamental, pero yo no sé si tanto en la manera de tratar este asunto desde la congregación romana, en lo que es la vida normal de las comunidades cristianas. De fondo parece que no.

Tú fuiste uno de los fundadores del MOCEOP.

De hecho he traído conmigo nuestra revista de los cuarenta años de MOCEOP. Tuve la suerte de estar en el momento que se coció algo muy importante: un sacerdote, que tenía el ministerio en el barrio de Moratalaz de Madrid, decide casarse y lo comunica a la pequeña comunidad. Les dice que está encantado con poder servirles y de lo que ha compartido con esa comunidad, pero que la decisión de casarse le impide continuar con ellos. Curiosamente, la comunidad responde que ellos no tienen ningún problema con que sea célibe, casado o como él quiera.

¿De qué año estamos hablando?

Del año 77. Esto desencadena que en Moratalaz, los curas que tenemos allí nuestras parroquias nos reunamos para ver cómo abordamos pastoralmente el tema. Y después de reflexionar sobre lo que es el celibato y lo que es el ministerio presbiteral llegamos a la conclusión de que se trata de algo meramente canónico, prescriptivo; que se puede cambiar y se puede luchar por cambiarlo.

Hoy día, todos los que nos encontramos en aquella situación (evidentemente postconciliar) de aplicación de las decisiones importantes de la Asamblea conjunta, la vivenciamos como un tiempo de gracia, un tiempo de una gran intensidad eclesial. Tuve esa suerte y, sí: estuve entre este colectivo que empezó a reivindicar aquí, en España, el celibato opcional.

Durante muchos años, el tema de los dispensados o secularizados, fue un tema tabú. Y un tema que suscitaba la atención de los medios. Después, esta atención cayó en picado y hoy apenas se habla. ¿No tenéis presencia pública?

La atención de los medios inicialmente fue muy interesante porque hizo público un tema que se estaba tratando eclesialmente. Era cuestionar la obligatoriedad del celibato para los curas de la Iglesia católica de occidente y los medios nos sirvieron de altavoz importantísimo. De hecho estuvimos participando en una serie de debates de radio y televisión, también en prensa, donde se abordaba el tema con seriedad.

Pero posteriormente vienen unos años donde solo se busca el aspecto morboso de los sacerdotes casados y que han abandonado el ministerio. Empiezan a invitarte a programas donde cuentes cómo te enamoraste, cómo vives, cómo es tu mujer...
En esta segunda etapa empezamos a negarnos a ir a una serie de programas porque no nos parecía muy serio. Actualmente este tema ha desaparecido porque, yo creo, también en este aspecto la Iglesia oficial mantiene una actitud de silencio y de esperar a ver si el tema se soluciona o se pudre por su cuenta, pero sin tomar decisiones.

¿Cuánta gente se calcula que se secularizó?

Es muy difícil tener datos de primera mano: alguna persona interesada que intentó realizar una tesis doctoral sobre esto hace unos veintitantos-treinta años, no tuvo la posibilidad de contrastar datos en los obispados. El cálculo, que se ha hecho a nivel internacional por la Federación Internacional de Curas Casados, ha arrojado una cifra de unos 100.000 en todo el mundo, de 1980 a 2010. Esto significa que hay países donde aproximadamente 1 de cada 3 sacerdotes desapareció de la vida eclesial durante estos años, como era el caso de EE.UU. y Brasil, por ejemplo. Y en otras ocasiones 1 de cada 4, que es más o menos la relación en la que nos movemos en España.

¿Cuál crees tú que es la razón fundamental por la cual la Iglesia se sigue aferrando a mantener el celibato obligatorio? Algunos hablan de que es más fácil; que supone tener un ejército de hombres disponibles para mandarles a cualquier sitio. Más fácil y más rentable económicamente.

Yo creo que ese dato está ahí y que es importantísimo. No vamos a hablar de la Iglesia como multinacional, pero en cuanto a estructura y funcionamiento, una organización establecida en todo el mundo con esa disponibilidad solamente en curas, hablamos de unos 300.000 personas ligadas full time a desarrollar una tarea y una misión, es una cosa realmente muy apetitosa.

Los problemas económicos están también latentes: se trata de alguien a quien con poquito se le puede mantener, que no te va reclamar económicamente muchas cosas, que no hay una familia que pueda distraerle. Evidentemente, esa razón está ahí.

Pero yo creo que hay otra razón, y es el inmovilismo en el que se ha instalado (según algunos autores; Schillebeck, entre otros) la Iglesia católica del año 1.000 en adelante donde de unas comunidades muy centradas en lo que es la comunidad pasamos a una comunidad que, cada vez, va girando más en torno al ministerio presbiteral. Como este ministerio es ejercido por personas dedicadas de por vida, 24 horas al día, que no tienen otras preocupaciones ni otras personas a las que atender, termina generando una Iglesia que pivota por completo en torno a la figura del cura, empequeñeciendo la comunidad.

El clericalismo que tanto está criticando el papa Francisco.

El clericalismo hace que muchas tareas que no tienen nada que ver con el desempeño de lo que es una presidencia de celebración eucarística etc., acaben concentradas en torno al cura. Y cuando no las ejerce él directamente, quienes las ejercen son personas que él ha ido recolectando y en quienes deposita una cierta confianza, pero sobre las cuales desempeña también una tarea de supervisión total. Por eso yo creo que son dos elementos los que explican este clericalismo.

¿Hay miedo a la presencia femenina en la jerarquía?

Por supuesto. La Iglesia muestra una alabanza teórica del puesto de la mujer en la Iglesia, incluso el tenerla apartada de muchas tareas de responsabilidad se predica como si fuera una especie de respeto y veneración especial. Pero al lado de esa veneración teórica, yo creo que hay un cierto miedo concreto a la mujer concreta.

Hay claramente una injusticia histórica y, casi, una injusticia creciente, porque en estos momentos las comunidades de cristianos y de cristianas son mayoritariamente femeninas. Me refiero a parroquias, no hablo de comunidades de religiosas. Hay, entonces, hasta una injusticia porcentual puesto que la presencia de hombres en las comunidades es bastante menor que la mujeres.

¿Vamos a llegar tarde ya, por mucho que hagamos en ese campo?

Nunca es tarde si la dicha es buena. Seguir manteniendo esta estructura patriarcal, machista, dentro de la Iglesia es un contrasentido que también va en aumento en una sociedad cada vez más sensible a la igualdad real y concreta, no solo predicada o defendida teóricamente. Esto, cada vez, es un chirrido, una disonancia mayor. Y sería bueno que se siguiera, en consecuencia, llevando a la práctica una real y progresiva entronización de la mujer en todas estas tareas de dirección y, por qué no, de presidencia.

Rescripto recibido por Ramón Alario

Cuando un sacerdote abandona el ministerio ¿se cumplen con él los derechos humanos?

Lo ha repetido José María Castillo hasta la saciedad en sus publicaciones: hay que recordar que la Iglesia, el Estado Vaticano a nivel político, no ha suscrito la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sigue pensando que al tratarse de una confesión religiosa, los derechos humanos se dan por supuesto. Pero de facto no hay un compromiso de respetarlos.

En mi escrito de respuesta a la carta que me llegó el año pasado de la Congregación del clero, apunto que hacer obligatorio el celibato para desempeñar una tarea en la Iglesia, de alguna forma atenta contra los derechos humanos, puesto que contrapone una vocación con el ejercicio de estos derechos, que deberían estar por encima de las prescripciones de cualquier Estado y de cualquier organización.

Más allá de eso, también hay un cierto olvido de derechos de todos los creyentes. Por ejemplo, en ese rescripto se dice explícitamente que el sacerdote que ha obtenido la dispensa no puede ejercer tareas que hoy desempeña cualquier creyente en cualquier comunidad de cristianos. Con el agravante de que muchísimas de estas comunidades no solamente ven correcto que el cura se haya casado, sino que el cura sigue siendo recibido, es conocido. Y en este rescripto, se cumpla luego o no, se dice que no podrá desempeñar tareas de lectura de textos o de distribuir la comunión; es un contrasentido.

Porque además tú no estás hablando de casos teóricos, sino de tu propio caso.

A la hora de disponer qué sucedía con un cura que decidía casarse en torno al año 80, había varias posibilidades y, de hecho, entre estos miles de casos a los que nos hemos referido existen decisiones para todos los gustos. La posibilidad más normal, y más dentro de los límites canónicos, era pasar por el obispado, rellenar un cuestionario, explicar tu situación y pedir la secularización.

Pero un cuestionario que estaba muy cuestionado, porque se hacían preguntas...

Este cuestionario tenía una pretensión clarísima: poder demostrar que si te marchabas era porque nunca te habías sentido realmente cura. Y dicho en términos canónicos, que tu ordenación había sido nula. Se buscaba algo paralelo al tema del divorcio. En resumen demostrar que este cura que se marchaba no había sido cura de verdad nunca.

Este cuestionario solía llevar luego, en un segundo o en un tercer tiempo, situaciones tan llenas de hipocresía como la posibilidad de buscar uno un buen psiquiatra que le diagnosticara un trastorno y así justificar que desapareciera del presbiterado. Fue la primera opción, lo digo con todo el respeto, la que mucha gente aceptó como una primera salida para normalizar su vida posterior.

La segunda oportunidad, también muy utilizada durante una etapa, era desaparecer. Te marchabas de la parroquia o de la manera que estuvieras desempeñando, sin pedir papeles ni dar explicaciones; sencillamente hacías tu vida posterior a haber estado trabajando como cura.

Había una forma intermedia que, en concreto, responde a lo que yo hice: me entrevisté con el cardenal Tarancón y le expuse mi proceso. Él aceptó lo que yo le estaba contando, me dijo: "esta situación en estos momentos no tiene salida". Era la etapa en la que no se concedían prácticamente permisos; la etapa más más dura de Juan Pablo II. Entonces, lo que le oferté a monseñor Tarancón fue el realizar un escrito en donde yo contaba mi proceso. Él aceptó y envió este documento a Roma.

Durante 37 años nadie me contestó a este escrito. Imagínate mi sorpresa cuando, hace poco más de un año, me llaman del obispado de Sigüenza para comunicarme que me ha llegado el permiso de la secularización.

Que tú no habías pedido.

Claro, no lo había pedido. Había mediado en torno al año 95, cuando el entonces obispo de Sigüenza se ofreció para llevar de nuevo a Roma los papeles que yo le había entregado al cardenal Tarancón. Yo le dije: bueno, si tú quieres, llévalos. aunque no nos van a contestar. Pero si a ti te parece que hay que hacerlo, pues adelante. Yo, en su momento ya hice lo que creía que debía hacer.

Él tal vez los llevó, pero yo no había vuelto a tener ni una sola noticia hasta el año pasado, cuando se me comunica que han llegado los papeles y me entrevisto con el obispo de Sigüenza, que me lee el documento. Es un documento impreso en donde no aparece ni siquiera mi nombre, hablo del documento en castellano, porque hay un documento en latín donde sí aparece mi nombre, está firmado y con sello. Pero a mí ese documento, de momento, me suena un tanto raro tal como me lo lee.

Quedamos en que al poco tiempo volvería. Le llevé entonces un documento donde decía las razones por las que yo no firmaba ese documento. Es un documento que podría resumir así; no vamos a ver la literalidad, pero tres grandes campos: después de 37 años se me dan, y supongo que a toda la persona que le llegaran estos papeles habrá sido lo mismo, ciertos consejos de que siga siendo buena persona, que no deje de practicar las cosas que manda la santa madre Iglesia, y que siga rezando, etc.

Esto, después de 37 años suena un poco raro. Y si tú no te has rehecho, si no has mantenido tu vida espiritual como la concibas pues, hombre, que te vengan con consejitos después de tanto tiempo, cuando menos, suena un poquito extraño.

Y más cuando durante toda esa etapa, nadie se ocupó de ti a nivel eclesiástico.

Nadie me ha preguntado qué es de tu vida, cómo te apañas..., en fin.

Porque esa es otra de las cuestiones: económicamente eres un trabajador que ha perdido todos sus derechos. Que, por muchos años que hayas trabajado para una "empresa", te vas con una mano por delante y otra por detrás; sin nada. Incluso, a veces, sin seguridad social.

Oficialmente la situación es esa. Lo que sucede es que hay que alabar que en ciertas diócesis el tratamiento del obispo, ante esa situación difícil de salir y de no tener trabajo, etc., fue un tratamiento muy cercano y muy cariñoso. Incluso hay gente a la que se le mantuvo la situación económica hasta que pudo encontrar algo.

Pero son escasos.

Bueno, pero también merece la pena subrayarlo. La normalidad era que tú lo dejabas y quedabas con una mano delante, otra detrás, y a buscarte la vida. Entonces, esa recomendación del documento...

Porque acompañamiento espiritual o fraterno, tampoco había. No había ninguno de los que habían sido compañeros que después intentasen acercarse.

Yo creo que ahí también ha habido de todo. Ha habido curas que decidieron casarse que han tenido un acompañamiento y una acogida fantástica de compañeros, y otros casos donde lo que han recibido es el rechazo y la ignorancia, cuando no la persecución, que también se ha dado.

Este documento incluye un segundo apartado muy interesante, por eso hablo de "restos de otra época", donde se te impide realizar tareas para las cuales parce que estás muy preparado, y que no tienen nada que ver con el ejercicio del ministerio presbiteral. Me refiero a tareas de dirección, de coordinación de trabajo en una parroquia y de intervención en celebraciones, que lo puede hacer cualquier creyente. A ti, sin embargo, aunque ya no se utilice la palabra "reducido al estado laical" porque sería una ofensa a los laicos y a las laicas, se te prohíben ciertas cosas que a ellos y a ellas sí se les permiten.

O sea, que pasas a ser un ciudadano de segunda en la Iglesia.

Quedas un poquito por debajo.

Menos que la clase de tropa.

Bueno, en términos opusianos diríamos que eso es. Pero creo que en eclesiología seria no podríamos decirlo así. No clase de tropa: el laico y la laica. Es decir, el creyente normal y corriente de cualquier comunidad.

Un grupo de sacerdotes en la Plaza de San Pedro


¿Cómo es posible que una institución desaproveche, tirando piedras sobre su propio tejado, a alguien que ha formado, en quien ha invertido, como es tu caso, que eres doctor? ¿Llegando incluso a prohibir su actividad?

Habría que preguntar qué miedos tienen. Porque no los podemos inventar, pero está claro que hay un cierto miedo al cura que pueda ser crítico, y que incluso haya tomado unas actitudes en conciencia.

Yo he defendido durante mucho tiempo, y lo sigo pensando, que muchos de los curas que decidimos casarnos y abandonar el estamento clerical, lo hicimos por motivos de conciencia; no queríamos vidas dobles, ni estar representando una función con la que discrepábamos radicalmente. ¿Qué institución universal se permite el lujo de perder a una de cada tres o de cada cuatro personas de esa tropa especializada sin cuestionarse nada?

Decíamos que el escrito tiene otros dos elementos, pues este es el otro elemento: que se impide, de alguna manera, realizar cosas que hoy desempeña cualquier creyente.

Por ejemplo, dar clases de religión.

Por ejemplo. Hay una desconfianza, pero con más inri. Pienso que mi declaración del año 80 no es leída, ni siquiera cuando se me contesta a estos papeles el año pasado, porque resulta que yo hice la tesis doctoral en Teología en la Universidad de Comillas el año 2001. Entonces yo ya estaba casado. Y en 2017 se me sigue prohibiendo el ejercicio de una docencia para la cual he sido autorizado como doctor en una universidad eclesiástica. Hay que reconocer que es difícil de entender.

Es otro atentado contra los derechos básicos como creyente y como persona.

Con el tema de reivindicar la desaparición de esta situación por la que hemos pasado los curas casados, tampoco hay que cargar las tintas porque esto, tal como yo lo vivo y como lo analizo, no es una tragedia si lo ponemos al lado de las tragedias que hoy aquejan a un aparte importante de la humanidad: es casi una insignificancia. Pero sí que es importante subrayarlo y seguirlo dando a conocer, porque representa una manera de ser Iglesia que creíamos ya desaparecida; una Iglesia impositiva donde hay categorías, donde hay un poder que se ejerce de manera arbitraria y despótica. No hemos hecho alusión, por ejemplo, a que todo este tiempo (me refiero al tiempo más duro entre el año 80 y 2010 más o menos) hay, prácticamente, una negativa a conceder estos permisos, de manera que el cura que decide irse, se marcha y no ha recibido papeles.

¿Te refieres a la negativa por parte de Roma?

Sí. Eso lleva consigo una situación de tremenda ignorancia y de falta de respeto hacia unas personas que decidieron comunicar lo que querían y no se les hizo mucho caso. Con la contradicción de que en algunos casos, por distintas razones, -casi de tipo corporativo, diría yo- sí que llegaba el permiso: si de alguna manera interesaba que este cura, que se ha casado y no tiene papeles, tenga alguna posibilidad de no ser marcado porque hay otros intereses, como por ejemplo que se vaya a beatificar a alguien de su familia, sí que se hace la excepción y se le conceden los papeles.

Ha habido un doble rasero; ha sido una justicia no solo bastante caprichosa, sino también bastante arbitraria.

¿No te choca todavía más el que se siga haciendo este tipo de escritos en la época del papa Francisco?

Cuando el año pasado me llega este documento, lo he leído en doble perspectiva; por un lado creo que el que se esté contestando a estos escritos es un síntoma de que algo se está cociendo por Roma. Pero por otro lado, el seguir utilizando este método...

Porque la contestación es masiva. Quiero decir que tu caso no es el único.

Claro, yo entiendo que ha llegado a más personas, aunque tampoco tengo datos para afirmarlo con rotundidad. Pero está claro que es un documento que rezuma una eclesiología que no está de acuerdo con el Concilio Vaticano II, pero ni siquiera con el talante espiritual y eclesial que el papa Francisco nos está transmitiendo y que está volviendo a poner en primera línea, cosa que no sucedía durante mucho tiempo.

¿Crees que posiblemente el Papa no se esté enterando de este tipo de cosas?

Pues no lo sé. Yo entiendo que hay problemas muy gordos, pero está claro que hay muchos creyentes esperando algún gesto rotundo que pudiera demostrar al mundo actual que en este tema, en el tema de la mujer, en el de la curia, el de los concordatos, hay decisiones importantes que se están llevando a cabo, más allá de la gran aportación que está haciendo sobre un cambio en nuestra espiritualidad y nuestra fe en Jesús de Nazaret. Creo que no estaría de más que hubiera decisiones importantes e este sentido.

El Papa tuvo el gesto de visitar en sus casas, hace un año, a un grupo de sacerdotes casados que están viviendo en Roma. Pero eso se queda un simple gesto. Tú pides un poco más: pides que haya un reconocimiento explícito, canónico digamos, del celibato opcional.

Yo no soy quien para opinar en eso. A mí me gustaría que hubiera una decisión donde se diera protagonismo a la comunidad. Que se reconociera oficialmente el derecho de cada comunidad a depositar las tareas y los ministerios en las personas que la integran y que han demostrado que lo pueden hacer, sin tener en cuenta sin son hombres, mujeres, casados, viudos, lesbianas o gays. Lo que quiero decir es que es la persona, el creyente, la comunidad, la que debe distribuir las tareas. Evidentemente, el ministerio de unidad de un obispo tendrá que conocerlo, imponer mano, en fin, lo que tenga que hacer.

El Papa Francisco, con sacerdotes secularizados y sus familias


Ese es el ideal quizás a medio o a largo plazo. Pero a corto plazo, ¿qué le pides al papa Francisco en este tema concreto?

La aceptación de que hay comunidades que están viviendo sin cura porque no lo encuentran, o porque les han echado de la parroquia en la que estaban. Y el reconocimiento de comunidades donde hay curas disponibles casados, que son tan comunidades cristianas e universales como cualquier otra parroquia donde todo está legalmente a la última. Sería muy interesante reconocer esto.

E insistir mucho más en que esto del celibato es una prescripción, porque además es una situación que se está extendiendo. Hace años decíamos que la situación de las comunidades en Latinoamérica eran una excepción, porque había parroquias que solo recibían la visita del cura una vez al año, si se podía. Esto es imperdonable: o hay comunidad o no la hay. Y si la hay, la ausencia de cura no puede hacer que esa comunidad funcione a mínimos.

Se están cerrando.

Se están cerrando en Europa un montón de parroquias. Se cierra la iglesia, el lugar de culto y de reunión, y se remite a los creyentes a que vayan a otra iglesia que sigue abierta a no sé cuántos kilómetros. Y la gran pregunta es que si hay una comunidad, tiene derecho a tener ministros, servidores o ministras, porque tiene vida y no puede estar pendiente de la presencia o no de un cura legal con todo. Y es que si ponemos esa condición, esto se convierte en un callejón sin salida: estamos defendiendo una Iglesia/comunidad/pueblo de Dios donde todos los creyentes ejercen de alguna manera el sacerdocio universal de Jesus, pero donde no hay vida comunitaria de cara a una serie de cuestiones porque no hay cura. Parece un contrasentido, yo creo.

Has respondido a este rescripto, tu respuesta la has enviado a Roma.

Yo se la llevé al obispo de Sigüenza, Don Atilano, para el cual no tengo más que palabras de agradecimiento. Me recibió muy amablemente y con cariño. Le expuse como yo, en conciencia, tenía muchas razones en contra de este documento. Y que no lo podía firmar, porque firmarlo sería reconocer que estoy de acuerdo con esto que se me dice. Le di un escrito donde también explicaba por qué no lo firmaba, agradecía la deferencia de que me hubiera llegado, aunque yo no lo había pedido; que se ignorara mi escrito en una serie de aspectos y, sobre todo, que yo creo que la eclesiología, la manera de entender lo que es una comunidad de creyentes, a mí no me parecía coherente con lo que creo que son las comunidades eclesiales.

Se supone que el obispo lo envió a Roma.

Pienso que sí.

Pero no has recibido una contestación.

No la he tenido. No sé si me tocará esperar otros 37 años para ver si hay más suerte. No lo sé.

Ramón, muchas gracias por explicarnos tu caso.

He estado dándole muchas vueltas, no a contestar esto en su momento, que en conciencia me pareció que era lo que tenía que hacer, sino a hacerlo público. Ha pasado un año y creo que he respetado un tiempo prudencial para hacerlo.

Y no lo hago por ningún tipo de protagonismo, sino porque creo que esto puede reflejar una situación difícil, en ocasiones muy dolorosa para algunas personas, de tener que dejar el ministerio, de irse sintiéndose útiles pero al mismo tiempo ignorados. Si he hecho esto público es para que eso no esté olvidado, tapado y demás.

Creo que también hay que decir que muchas personas, en nuestro proceso personal nos hemos seguido sintiendo curas de una manera o de otra, distinta a como normalmente se entiende. Que hemos aceptado que eso también era un servicio a las personas, a muchos creyentes que están un tanto en diáspora y a otros que sencillamente buscan un apoyo o una ayuda.

Repito que si hago esto público es básicamente pensando en que sé que hay mucha gente que esto lo ha vivido con dramatismo, con dolor y creo que merece la pena que se conozca. Y repito, también, que sin pensar que esto es el drama del mundo, porque es evidente que tenemos dramas que nos acompañan todos los días donde dices: esto sí que es una cosa gorda. Esto también es interesante, porque la Iglesia sigue diciendo que está para servir a la humanidad y para ayudar.

Que empiece hacerlo en su propia casa.

Exacto, es por ahí, por donde habría que empezar.

Porque se predica hacia afuera y no se hace hacia adentro. A mí me parece que es un buen servicio. Y a ver si le llega la Papa y toma también alguna decisión al respecto. Muchísimas gracias.

A ti.