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Vida Religiosa
El padre Jaime Garralda, sj Agencias
Un mundo en el que nadie sobra y en el que todos podemos ayudarnos a darle la dignidad que Dios ha puesto en cada uno de nosotros

(R. P., Infomadrid).- Cientos de personas abarrotaron este miércoles, 4 de julio, la parroquia de San Francisco de Borja para despedir al padre Jaime Garralda, SJ, fundador de Horizontes Abiertos y exdelegado de Pastoral Universitaria y de Pastoral Penitenciaria de la diócesis, entre otras responsabilidades.

El jesuita murió el pasado fin de semana en Alcalá de Henares, a los 96 años de edad, tras una vida marcada por «la esperanza, la valentía y la entrega confiada», como desgranó el cardenal Osoro en la homilía. Aludiendo al salmo «el Señor es mi luz y mi salvación», el arzobispo aseguró que el padre Garralda, a quien dio la extremaunción, «esperaba gozar del Señor, sentía y percibía que Él era la luz y la salvación de los hombres, y no temblaba por ninguna circunstancia». «Buscaba siempre habitar en la casa del Señor y hacer posible que este mundo fuese habitable para todos, especialmente para los más pobres y para lo que más necesitaban», aseveró.

En este sentido, el purpurado recordó que «el Señor nos anima a gastar la vida por los hermanos sabiendo que esta vida es de Dios», como hizo el fundador de Horizontes Abiertos. Lo hizo trabajando en favor de los pobres y descartados pero también confiando en Él durante sus últimos días en la residencia de sacerdotes mayores de la Compañía de Jesús en Alcalá.

En uno de sus encuentros allí -reveló el cardenal Osoro-, le decía que los hermanos jesuitas con los que vivía «son buenísimos, unos santos, no se quejan de nada». «Esas palabras las recuerdo porque me han venido bien a mí también. Un hombre que había trabajado y había estado en todos los lugares y, de repente, asume con todas las consecuencias una manera de vivir absolutamente distinta».

 

 

Fiel al «tomad, Señor, y recibid»

Para hacer posible esta entrega hasta las últimas consecuencias y detenerse siempre en los últimos, -detalló el arzobispo- el padre Garralda «tuvo la mirada puesta en Jesucristo» y entendió perfectamente una oración de san Ignacio que «había orado muchas veces» y la convirtió en «diseño de su propia vida»: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad, dadme vuestro amor y gracia que esta me basta».

Además, contó con la inestimable ayuda de los jesuitas y de tantos voluntarios que «acogisteis esta manera observar la realidad y ver también a quienes necesitan experimentar la dicha del amor mismo de Dios, de sentirse queridos por Dios en circunstancias difíciles».

Solo al mirar al Señor y mirar así a los demás, como hizo el padre Garralda, podremos «hacer un mundo diferente, no un mundo de descartes; sino un mundo en el que nadie sobra y en el que todos podemos ayudarnos a darle la dignidad que Dios ha puesto en cada uno de nosotros», concluyó el cardenal Osoro.

Con el purpurado concelebraron el provincial de la Compañía de Jesús en España, Antonio España, SJ; el vicario episcopal para la Vida Consagrada, Elías Royón, SJ; el vicario episcopal de Pastoral Social e Innovación, José Luis Segovia, y el delegado de la PAL de Madrid, Pablo Guerrero, SJ, además de numerosos presbíteros. Entre las autoridades presentes estuvo el secretario general de Instituciones Penitenciarias, Ángel Luis Ortiz.