Salud
Un padre gritando a su hijo YT/Imagen ilustrativa

Llegas a casa después de una larga y dura jornada de trabajo y con unas ganas locas de estar y disfrutar con tus hijos. Empezamos a disfrutar con ellos, pero en algún momento, un determinado comportamiento nos hace poner el «grito en el cielo». Si ese grito es lo habitual, advierte la psicóloga Piedad González Hurtado, no tiene vuelta atrás. «Por más que luego les pidamos perdón por haber perdido los nervios y les demostremos cariño, el daño está hecho», asegura. Los gritos continuados, explica, «tienen un impacto en el cerebro humano y en el propio desarrollo neurológico del niño ya que el acto de "gritar" tiene una finalidad muy concreta en todas las especies, que es la de alertar de un peligro. Nuestro sistema de alarma se activa y se libera cortisol, esa hormona del estrés que tiene como finalidad poner las condiciones físicas y biológicas necesarias para huir o pelear».

El hipocampo, prosigue, «esa estructura cerebral relacionada con las emociones y la memoria, tendrá un tamaño más reducido. También el cuerpo calloso, punto de unión entre los dos hemisferios, recibe menos flujo sanguíneo, afectando así a su equilibrio emocional, a su capacidad de atención y otros procesos cognitivos...». Por tanto, si estamos permanentemente gritando, «provocamos una liberación excesiva y permanente de cortisol sume al niño en un estado de estrés y alarma constante, en una situación de angustia que le impide pensar con claridad por lo que no obedece que es nuestro objetivo».

Fuente original: Carlota Fominaya, ABC/Leer más