Jaime González, Periodista

Verdad

«La estrategia de los sanchistas no es más que un juego de las apariencias, el ruido de los estertores, porque ya han perdido la guerra»Columna en 'ABC', 28-12-2016

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El vasco Odón Elorza no es el capitán Enrique de las Morenas; el secretario general de los socialistas valencianos, José Luis Ábalos, se parece poco al teniente Saturnino Martín Cerezo; cualquier similitud entre el alcalde de Dos Hermanas, Francisco Toscano, con el segundo teniente Juan Alonso Zayas es pura coincidencia; el alcalde de Jun, José Antonio Rodríguez, se asemeja como un huevo a una castaña al médico Rogelio Vigil de Quiñones, y las diferencias entre el alcalde de Calasparra, José Vélez, con el franciscano Cándido Gómez Carreño son tan grandes que no cabe parangón alguno entre los últimos de Pedro Sánchez y los últimos de Filipinas, pese a que la resistencia de los partidarios del ex secretario general del PSOE adquiera un tinte melancólico que recuerda vagamente a lo acontecido en el sitio de Baler.

En una pequeña iglesia de la isla de Luzón, a 200 kilómetros de Manila, un grupo de soldados españoles escribió entre el 30 de junio de 1898 y el 2 de junio de 1899 una de las páginas más hermosas de la historia de España, pero aquel destacamento patrio que resistió el asedio de los insurrectos filipinos estaba hecho de una pasta especial -mezcla de orgullo, fe y bendita locura- que es pecado compararla con la pasta de los seguidores de Pedro Sánchez, que es grumosa, permeable y presenta síntomas evidentes de estar llegando a su fecha de caducidad.

Para entendernos, la guarnición pedrista no es capaz de resistir la ofensiva de las tropas susanistas ni tomando posiciones en lo alto del campanario, por mucho que prosigan con sus escaramuzas y redoblen sus tambores como el niño del Bruch.

Cada vez más diezmados, su estrategia no es más que un juego de las apariencias, el ruido de los estertores, porque ya han perdido la guerra y su vano afán de invertir el curso de su segura derrota no les convierte en héroes, sino en víctimas de su propia impotencia.

Nada que ver con Enrique de las Morenas, Saturnino Martín Cerezo, Juan Alonso Zayas, Rogelio Vigil de Quiñones o Cándido Gómez Carreño, auténticos soldados cuyo recuerdo reconforta, ahora que el sitio de Baler se ha puesto de moda y algunos pretenden parecerse a aquellos héroes a los que no les llegan ni a los pies.