Isabel San Sebastián, Periodista

Verdad

«Trump es un prototipo de líder incompatible con la gestión y la rendición de cuentas, semejante a los sufrimos aquí en los ayuntamientos del cambio»Columna en 'ABC', 23-01-2017

La opinión de los lectores

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NO es casual que la primera firma de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos haya rubricado un documento destinado a desmantelar el plan sanitario de Obama.

Destruir se le da bien. Toda su campaña se ha basado en atacar: a la clase política, a los inmigrantes, los hispanos, los musulmanes, los empresarios que cierran fábricas o los países miembros de la Unión Europea deseosos de seguir juntos.

Su discurso de investidura, veinte minutos de vómito ultranacionalista trufado de mesianismo medieval («Dios nos protege») fue un ataque visceral a todo lo foráneo, presentado como peligroso y hostil a la patria, llamada a dejar constancia de su sagrada supremacía.

«Una tierra, un hogar, un destino glorioso», le oí exclamar, con esa retórica suya de predicador iluminado, sin poder evitar recordar otra tríada célebre impresa en nuestra memoria con ecos aterradores: «Un pueblo, un imperio, un fürer».

Trump es un populista de manual, capaz de movilizar amplias masas apelando a sus bajos instintos.

«América y los americanos, primero». Un mensaje tan sencillo de entender como difícil de implementar en un mundo globalizado donde el crecimiento de cada uno depende del de los demás.

¿Cómo cerrar el mercado estadounidense a los productos europeos o chinos sin que China y la UE levanten a su vez barreras para defenderse?

¿Qué ocurrirá entonces con Apple, Ford, IBM o Procter and Gamble? ¿Cómo impedir que los «espaldas mojadas» crucen el Río Grande jugándose la vida, por altos que sean los muros y vallas que se construyan, sin permitir que México y otros países de la región creen puestos de trabajo con inversiones norteamericanas?

¿Cómo «eliminar de la faz de la tierra» a los terroristas del Daesh sin la colaboración, la inteligencia y la cooperación militar de los aliados de la OTAN, presentados como un lastre del que es menester desprenderse? ¿Echándose en brazos de Putin, a costa de servirle en bandeja el dominio sobre Europa?

El difunto proyecto de Barak Obama para dar cobertura sanitaria a cincuenta millones de ciudadanos carentes de seguro médico es un símbolo de lo que cabe esperar de esta Administración que arranca anunciando demoliciones.

De lo sencillo que resulta dinamitar lo que hay sin ofrecer alternativa. Tan fácil como erigirse en portavoz de las clases trabajadoras expoliadas de su parte del pastel cuando ayer mismo se jactaba de no haber pagado un dólar en impuestos gracias a su dominio de la ingeniería financiera.

Fácil y nauseabundo. Claro que esa demagogia tiene las patas muy cortas. Trump es un prototipo de líder incompatible con la gestión y la rendición de cuentas, semejante a los sufrimos aquí en los «ayuntamientos del cambio». Pasada la euforia inicial, cuando llegue la hora de convertir los votos en trigo, la espuma sobre la que ha cabalgado hasta la Casa Blanca se tornará barro.

Y entonces no le servirá de nada echar la culpa a los medios de comunicación, por más que hoy mate al mensajero demostrando desvergüenza a la vez que ingratitud. Él, que se lo debe todo a la televisión, como explicaba ayer brillantemente en estas páginas el corresponsal de ABC en Washington, Manuel Erice, autor de un ensayo sobre el personaje («Trump, el triunfo del Showman») que es indispensable leer.

Él, campeón de la manipulación y el embuste a través de las redes sociales. Él, beneficiario de más horas de publicidad gratuita que cualquiera de sus rivales, conseguidas por subir la audiencia profiriendo desafueros... se declara «en guerra abierta» con los pérfidos periodistas.

No es de extrañar. Cría cuervos de esa clase y te arrancarán los ojos. Una lección a aprender por los palmeros de Pablo Iglesias.