Salvador Sostres, Escritor y periodista

Verdad

«Habría que expulsar a los quejicas de la Champions y otras grandes competiciones deportivas, porque el murmullo victimista es peor que el insulto»Columna en 'ABC', 18-03-2017

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Mal día para los quejicas de las bolas calientes o frías. Mal día para los que prefieren especular con las conspiraciones que competir como hombres libres.

Mala semana para el victimismo provinciano que sólo trae atraso y derrota. En diez días, el barcelonismo menor y acomplejado, el que históricamente ha empequeñecido a mi club en el resentimiento del pobrecito, ha visto cómo un árbitro le ayudaba a culminar su épica remontada y el sorteo de la Champions dejaba al Madrid bailando con la más fea, porque, pese a la apabullante demostración de poderío del Mónaco contra el City, el Bayern era el rival a evitar y estará en abril en Chamartín.

¿Y ahora qué hacemos? ¿Repetimos el sorteo como aquellos idiotas que pidieron que se repitiera la vuelta de octavos en el Camp Nou? Sólo se quejan los mediocres. La queja es un atentado.

El Barcelona y el Madrid, incluso cuando como ahora no están en su mejor momento futbolístico, son los dos grandes equipos del mundo. Un Barça-Madrid es el mayor espectáculo de nuestra era, y todavía en Cardiff puede darse la todavía inédita final de todos los tiempos.

Los ganadores no se quejan. Los valientes no buscan excusas. La grandeza requiere una ética pero también una estética. Habría que expulsar a los quejicas de las grandes competiciones, porque el murmullo victimista es peor que el insulto, contrario a lo que ser un campeón significa, y lo que nunca la Champions tendría que tolerar en sus filas.

Pese a los que para cada cosa que les pasa tienen su teoría conspirativa, siempre pobrecita, los árbitros no ayudan al Barça ni las bolas se enfrían para el Madrid. Recuerdo que la temporada pasada, el día que al Madrid le tocó en cuatros el Wolfsburgo, un amigo me escribió una serie de

whatsapps jurándome que el presidente del Madrid acababa de ser visto en Nyon, huyendo de incógnito de la sede donde se celebra el sorteo. «Ha venido a organizar personalmente el amaño -me iba escribiendo- y mis fuentes son totalmente fiables: lo acaban de ver ahora mismo».

Nos reímos bastante, la verdad. No con mi amigo, sino con Florentino, con quien precisamente estaba almorzando en aquel instante en Madrid.