Teodoro León Gross, Profesor

Verdad

«Yo comparto la tesis de Ulrich Beck de El Dios personal; pero eso no impide que la retransmisión de la misa sea un servicio público»Columna en 'El Mundo', 18-03-2017

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Disculpen el dato personal, pero a veces el domingo telefoneo a mi madre y tarda en responder:

-Estaba con la misa...

Es por eso que tengo conciencia de que los domingos se retransmite una misa; y también conciencia de que para una mujer operada repetidamente en la cadera y con prótesis de rodilla, la misa de la televisión, bien por estar maltrecha o porque el tiempo es hostil, supone un alivio.

Eso le sucede a varios cientos de miles de personas, en su mayoría ancianos y enfermos, que serán los perdedores de la campaña emprendida por Pablo Iglesias animando a acabar con la misa en la programación. ¿Pero a quién le importan esos miles de ancianos enfermos? No es su clientela.

Los argumentos para suprimir la misa están bien expuestos, no por Pablo Iglesias pero sí por Arcadi Espada en estas páginas.

También ayer añadió otros Manuel Hidalgo. Yo comparto la tesis de Ulrich Beck de El Dios personal; pero eso no impide que la retransmisión de la misa sea un servicio público.

Y esto va más allá del dato, por cierto nada desdeñable, de que el 70% de los españoles se declara católico, y una cuarta parte acude a misa, entre cinco a siete millones, salvo que no pueda hacerlo. Entretanto está asumido que retransmitir ciclismo sí es servicio público, o fútbol, que tiene cifras más parecidas al catolicismo aunque con dioses más repartidos según sus colores y por cierto con una violencia y un embrutecimiento que supone una carga fuerte al erario en policías, sanitarios y demás.

Aun sin ser creyente, desde un laicismo pragmático en la sociedad postsecular, como la define Habermas, cuesta ver el conflicto de la misa en televisión. No es obligatoria, sólo un programa de La Dos, en la mañana amodorrada del domingo, lejos del prime time y de invadir una parrilla con 168 horas semanales; 336 si se suma el primer canal.

Es diferente al debate del concordato u otros aspectos en que la Iglesia se impone sobre el espacio público aconfesional. Con la misa en TV no sucede. O en las retransmisiones destinadas a otras confesiones, que también hay, con matices que no desbaratan el argumento.

Una de las especialidades de Podemos es exigir soluciones a problemas que no existían. A su medida, claro. De hecho la misa en TVE no era un problema, más bien se le crea a esos miles de ancianos y enfermos cuyo reino sí es de este mundo. Pero Iglesias sabe quién es su clientela, y con qué clase de dogmatismo satisfacerla; por eso recurre a gestos simbólicos con tono provocador.

En su caso, esos ramalazos, más que desprender instinto totalitario, parecen tics de una trasnochada rebeldía juvenil, algo que en condiciones normales suele superarse con los años salvo que el lastre de alguna ideología radical, cualquiera, lo impida.

Los asuntos de religión a menudo nos colocan ante contradicciones. Pero es forzado que la misa ofenda las creencias de quienes no son católicos; sus homilías -para mí marcianas- están dirigidas sólo a sus fieles.

Esto encaja en la Constitución:

"Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española", etc.

No hay que impostar dramas, tampoco con la Semana Santa, rito que sí supone una invasión forzosa del espacio público. Pero meterse ahí les supondría un coste electoral; y además hay dirigentes de Podemos que son, ejem, muy cofrades.

Es más fácil un gesto contra los espectadores ancianos y enfermos (¡qué progresista es eso de eliminar el servicio público para un grupo débil!) obviando otros valores democráticos. No por caridad cristiana, sino por tolerancia cívica.