Edurne Uriarte, Catedrática de Ciencias Políticas

Verdad

«La derecha gala acaba de demostrar lo pasmosamente fácil que es autodestruirse»Columna en 'ABC', 25-04-2017

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ES muy difícil ser tan torpe como la derecha francesa, pero no imposible. Lo suyo es digno de estudio en un trabajo sobre las campañas electorales más incompetentes de la historia.

Los Republicanos han demostrado cómo un partido puede lograr quedarse por primera vez fuera de la segunda vuelta, cuando hace pocos meses todas las encuestas les otorgaban una gran ventaja y la segura Presidencia francesa.

Cierto que, comparativamente, lo de la izquierda es una catástrofe, y que la derecha ha sido capaz de retener un 20 por ciento de los votos frente al 6 de los socialistas, pero la hecatombe socialista venía de lejos y el fracaso de la derecha ha sido provocado a conciencia por sus propios dirigentes en seis meses.

Por dos gravísimos errores que la derecha española, y la de cualquier país, tendría que tener en cuenta para evitarlos.

El primero, las primarias. Inenarrable el éxito de las primarias en Francia, como bien describía ayer Ramón Pérez-Maura, y aún más para la derecha, que se ha empeñado en copiar una medida populista de la izquierda, indiferente a la multitud de datos que ya han demostrado sus perversos efectos en varios países y en partidos de izquierdas y de derechas. Y, además, primarias abiertas a los no afiliados, el colmo del despropósito.

Esas primarias abiertas no sólo eligieron al peor candidato de los tres, a Fillon frente a Sarkozy y Juppé, sino que le otorgaron una legitimidad «popular» a la que se agarró como una lapa Fillon para impedir que la dirección del partido lo echara cuando hubo que echarlo. Cuando cualquier analista de medio pelo –no era preciso ser una lumbrera– predijo lo que ha pasado, que su escándalo de corrupción iba a llevar a una eliminación segura de la derecha para la segunda vuelta.

El escándalo de corrupción de Fillon, los pagos a familiares sin trabajo a cambio, ha demostrado también que la corrupción hace daño dependiendo del momento y la manera en que los escándalos estallan y son tratados mediáticamente.

A raíz del caso Fillon se supo que hay un importante número de diputados de todos los partidos que realiza la misma práctica en Francia, algo parecido a lo de las decenas y decenas de diputados británicos que dedicaban dinero público de la circunscripción para gastos privados.

Pero sólo un caso, el de Fillon, ha sido destructivo para un partido por el momento en que se ha descubierto y tratado mediáticamente, y no sólo porque se trata de elecciones presidenciales, de elección de un candidato más que de un partido. Como lo podría ser el escándalo de la operación Lezo sin las medidas drásticas y mediáticas que requiere sobre el viejo PP de Madrid.

A la derecha francesa le quedan dos grandes bazas, como a la derecha española, las que debe preservar corrigiendo los dos graves problemas anteriores.

La primera, la superioridad democrática, la que lleva a la derecha francesa a pedir el voto para el socialista Macron en la segunda vuelta y no para la extrema derecha, cuando es más que probable que, en circunstancias equivalentes, el Partido Socialista pediría el voto para ultra Mélenchon al que siguen tratando, ellos y los medios de izquierdas, con el comprensivo adjetivo de «radical». Y la segunda baza, la eficacia en la gestión, la que aseguraba el triunfo frente a la ineficacia socialista.

La derecha española tiene el poder y la eficacia de la gestión y la misma claridad antiextremista, y sin amenaza electoral a su derecha, además. Pero sus compañeros ideológicos franceses acaban de demostrar lo pasmosamente fácil que es autodestruirse hasta en las condiciones más favorables.