Ignacio Camacho, Periodista

Verdad

«Existe una contradicción en el comportamiento sociológico de los españoles ante la partitocracia»Columna en 'ABC', 20-05-2017

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LAS elecciones del PSOE se han convertido, por su encarnizamiento, en un argumento contra el propio método de primarias. Incluso dentro de la misma organización socialista, donde siempre ha habido dirigentes poco inclinados a organizarlas. Que si la dureza del enfrentamiento, que si la ferocidad de los ataques, que si la división irreconciliable de la militancia.

Todo es cierto: nunca se había visto tal grado de encono entre los miembros de un partido como el que ha manifestado esta larga campaña. Sánchez y Díaz se detestan y se atizan con patente animadversión, con ensañamiento, con rabia. Sin embargo esa fobia mutua tal vez no sea más que la expresión descarnada, radical, vehemente, tempestuosa, de un ejercicio intenso de democracia.

Seamos honestos, o al menos coherentes: no se pueden criticar a la vez los liderazgos unánimes, aclamatorios, y la fórmula contraria. Existe una contradicción en el comportamiento sociológico de los españoles ante la partitocracia.

Denostamos los aparatos de poder que practican la selección de sus élites con procedimientos de casta, y al tiempo penalizamos en las urnas todo atisbo de división o de disputa endogámica.

Si la sociedad moderna echa en falta representatividad en sus agentes políticos y quiere que los partidos tengan estructuras abiertas al debate interno tiene que aceptar sus consecuencias prácticas.

Hay una actitud colectiva hipócrita en el escándalo ante las manifestaciones extremas de la discrepancia. Si unos candidatos, aunque sean de la misma ideología, se presentan a un proceso electoral han de combatirse unos a otros; lo contrario sería un simulacro, un artificio, una farsa.

El debate de esta semana entre los tres aspirantes socialistas fue un psicodrama lacerante, casi antropófago, pero también constituyó un interesante espectáculo democrático. Un partido con fuerte tensión interior se abrió en canal, con plena transparencia, delante de todos los ciudadanos.

Resultó duro, desagradable, áspero, pero cuando se llega a ese nivel de desencuentro no hay otro modo de solucionarlo. Nadie entendería la componenda simulada, el enjuague ficticio, el amaño. Hay en el PSOE un conflicto esencial -y muy equilibrado de fuerzas- de convivencia, de legitimidades, de proyecto y de poder, y no le queda otra que dirimirlo del único modo posible en una sociedad libre: votando.

Claro que existe otro modelo: el búlgaro, el autoritario. Un jefe manda y los demás obedecen con las filas prietas y cohesionadas por la amenaza externa del adversario. Hasta ahora ésa ha sido la fórmula que ha primado durante décadas, la que más éxito ha tenido en forma de respaldo del electorado.

Pero eso nos coloca delante de una paradoja esencial: la de la incongruencia entre las aspiraciones ético-teóricas y sus efectos prácticos. La de la pugna psicológica y emocional entre el ideal de libertad y el instinto gregario.