Alfonso Rojo

Un surcoreano exhibe la cabeza decapitada de un soldado comunista norcoreano, en la Guerra de Corea.

PD

El aroma del cerdo asado, que es a lo que huele la carne humana cuando es abrasada por el napalm

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REPORTERO DE GUERRA: La Convención de Ginebra (LXVII)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

ALFONSO ROJO, 18 de diciembre de 2015 a las 08:00

Por Alfonso Rojo

Debido a que los comunistas norcoreanos no estaban muy versados en la Convención de Ginebra -les importaba y les sigue importando un comino su contenido-, bastantes corresponsales comenzaron a portar armas igual que llevaban un cuaderno de notas, mientras reporteaban en la Guerra de Corea.

Marguerite Higgins se agenció una carabina y hubo quien recurrió a la ametralladora.

«Imagínense que un gook salta dentro del puesto -solía explicar el mordaz Fred Sparks, ganador de un Pulitzer-. ¿Que se supone que debo hacer? ¿Sonreír y decirle: Chicago Daily News

Como ocurre siempre que existe un peligro real, la «tribu» se dividió entre los hombres de «trinchera» y los de «cuartel general» (Fotógrafos de guerra: El audaz 'Bang-Bang Club').

En sitios como la antigua Yugoslavia -donde el patético desmembramiento de lo que había sido el paraiso del mariscal Josip Broz Tito se prolongó de 1991 a 2006-, se hablaba de «periodistas de hotel» y «periodistas de primera línea», para distinguir entre los que salían a buscar noticias a las zonas calientes y los que consumían la jornada holgazaneando en la hipotética seguridad del Hotel Holiday Inn.

Entre los de trinchera, que introducían en sus despachos la primera persona del singular para atestar su presencia física en el lugar de los hechos, era inevitable que descollara la sublime Marguerite Higgins, la primera mujer que ganó un Premio Pulitzer.

Escribía para el Herald Tribune, era atractiva, ambiciosa y alardeaba de que no se casaría hasta encontrar «un hombre tan excitante como la guerra».

El 15 de septiembre de 1950, decidido a poner un fin rápido y victorioso al conflicto, el expeditivo general MacArthur desembarcó tropas en Inchon, en la costa oeste de la península coreana.

El 27 de septiembre, Seúl era reconquistada por los aliados. Pyongyang cayó en manos de las fuerzas de la ONU el 19 de octubre de 1950.

En vísperas de Navidad, los norteamericanos estaban en la ribera del río Yalu, en la frontera con Manchuria, y engordaban los rumores sobre la inminente entrada en acción de «hordas de comunistas amarillos».

No eran rumores infundados. Cuando los chinos de Mao Tse Tung penetraron en tromba, las fuerzas aliadas se desmoronaron.

De ese episodio, preñado de sangre y aflicción, ha quedado para la Historia una frase memorable del general norteamericano Oliver Smith, alias "O.P." o "The Professor":

«Caballeros, no nos estamos retirando; simplemente atacamos en otra dirección»

Algunos militares aliados, como el contingente turco o la brigada de la Commonwealth, se batieron con fiereza, pero los surcoreanos se comportaron deplorablemente.

Varios corresponsales comenzaron a preguntar abiertamente en sus despachos si merecía la pena arriesgar la vida por algo tan fláccido como Corea del Sur.

Planteaban, entre interrogantes, como era posible que los del norte bregaran como tigres y los del sur se condujeran como corderos, cuando racial, lingüística e incluso históricamente eran análogos.

Las dudas no afectaron solo a los surcoreanos. Rene Cutforht informó a través de la BBC que había visto a «jóvenes GIs norteamericanos arrojar sus armas espantados y huir del frente con las lágrimas surcando sus mejillas».

Era una premonición de lo que serla habitual en Vietnam una veintena de años mas tarde y que contrasta con el tremendo arrojo, la fe ciega en la victoria, el espíritu de sacrificio y el ardor patriótico con que los jóvenes norteamericanos fueron arrebatando a los japoneses, isla tras isla y a tiro limpio, todo lo que el agresivo Imperio del Sol Naciente conquistó a traición al inicio de la II Guerra Mundial.

La climatología se convirtió en una pesadilla. David Douglas Duncan, fotógrafo de Life y autor de una de las imágenes mas memorables del conflicto -un marine agotado, con la barba punteada de cristales de hielo, que intenta sacar alubias de una lata congelada-, aseguraba que, cuando preguntó al atribulado militar que deseaba como regalo de Navidad, el soldado le miró a los ojos y se limitó a responder:

«Llegar vivo a mañana.»

Corea aportó algunas primicias bélicas, incluido el uso de las bombas de napalm. El primero que informó sobre la flamante arma fue el británico Rene Cutforht, quien describió en la BBC la indolente caída del cilindro metálico, la deslumbrante llamarada y el instantáneo golpe de calor:

«Entonces, sobre esta escena de desolación y silencio, llega un olor que recuerda las cenas dominicales en Gran Bretaña, el aroma del cerdo asado, que es a lo que huele la carne humana cuando es abrasada por el napalm.»

Las expectativas de una cobertura completa y veraz del conflicto se disiparon pronto bajo la presión combinada de varios factores, entre los que la atmósfera política de Estados Unidos jugo un papel primordial.

Ni un solo diario norteamericano importante se opuso a la guerra y muchos se sumaron entusiamados y dóciles a la 'caza de brujas' macarthista.

El New York Daily Mirror llegó a publicar con grandes titulares:

«Ya va siendo hora de que hagamos algo con nuestros comunistas nativos»

El matrimonio Rosenberg había sido arrestado por espiar para la URSS, la Guerra Fría iba in crescendo y el senador McCarthy ostentaba una autoridad oprimente.

Venían tiempos extraños, turbios y complejos para los reporteros puros y duros.



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