Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, de pie a la derecha y con una cazadora marrón, a la entrada del hospital en Sarajevo, durante un bombardeo. en junio de 1992

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«No se puede enfocar con lagrimas en los ojos»

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REPORTERO DE GUERRA: Bajo el fuego (LXVIII)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

ALFONSO ROJO, 20 de diciembre de 2015 a las 08:00

Por Alfonso Rojo

A pesar de que la todavía reciente Segunda Guerra Mundial había dado la oportunidad de curtirse a muchos reporteros, la calidad general era mediocre.

Durante la Guerra de Corea, demasiados corresponsales aceptaron a pies juntillas lo que les filtraban los militares sin comprobarlo: la agencia Associated Press anunció por sus teletipos y en dos ocasiones la captura de Seúl cinco días antes de caer efectivamente en manos norteamericanas.

Escasos de aptitudes para el análisis y con una preparación cultural ramplona, pero sobrados de valor físico, muchos se dejaron envolver por el glamour aparejado al peligro.

La primera línea de trincheras ejerce un poder hipnótico sobre todos los reporteros. El problema es que la alharaca de los tiros, el sentirse en el epicentro del conflicto, puede hacer olvidar que la guerra moderna es total y descuartiza civiles, convierte a mujeres en piltrafas, arruina familias, expande la corrupción y pervierte a todos.

La contienda se nota en todos los sitios y su naturaleza es inimitable: un acontecimiento espantoso que pone al descubierto lo peor, lo más inicuo y lo más degradante de las personas.

Ocasionalmente, también hace aflorar las facetas sublimes y solidarias de la naturaleza humana y saca a la luz retazos de compasión o de heroísmo. Este perfil de la lucha fascinó a bastantes corresponsales en Corea.

«Con un proyectil silbando en dirección a ti no hay mucho tiempo para aparentar y las cualidades de la persona se revelan con toda severidad -escribió Marguerite Higgins-. El haber estado realmente en peligro acerca humanamente a los viejos soldados, a los viejos marinos, a los viejos pilotos e incluso a los viejos corresponsales en un sentido que no es comprensible para los que no han compartido ese sentimiento.»

Todo el que ha estado bajo el fuego sabe lo que significan esas palabras de la primera mujer a la que le dieron un Pulitzer por su valor como reportera de guerra.

En junio de 1992 apenas residíamos en el sitiado Sarajevo media docena de periodistas que solíamos pernoctar, por mera precacución, en el antiguo Hospital Militar, casi al lado del Hotel Holiday Inn y de la línea de separación entre contendientes.

A la caída de la tarde, embutidos en los chalecos antibala y con los fusibles que activan las luces de frenado de los coches desconectados para no dar facilidades a los francotiradores, cruzábamos la capital bosnia y nos refugiábamos en la ultima planta del edificio.

Debido al bombardeo, seis de los doce pisos del hospital habían sido desalojados. Los únicos habitantes del duodécimo nivel eran el melancólico doctor Purisic y un cachorro de gato.

En las horas del crepúsculo aprovechábamos para tomar fotos, filmar la devastación y registrar material sonoro. El panorama era dantesco. Desde la altura se distinguían las trayectorias de los cohetes, los incendios y los fogonazos de las baterías emplazadas en las montañas que circundan la ciudad.

Cuando nos cansábamos del aquelarre, nos replegábamos a una de las habitaciones del fondo, abríamos latas de conserva, cortábamos salchichón, calentábamos sopa de sobre, descorchábamos botellas de tintorro y hablábamos hasta la extenuación.

Estábamos en el centro del cono de fuego de los serbios y a cada explosión, en medio de la vibración, el polvo y el alboroto de cristales, el aristocrático Aernout Van Lynden recitaba lo que estaba cayendo como si fuera un ornitologista identificando pájaros a la orilla de un parque natural.

El corresponsal de la cadena Skynews canturreaba "incoming tank shell", si los tanquistas habían abierto fuego hacia nosotros; «rocket» cuando eran cohetes; «heavy morter" si se trataba de morteros pesados y «out-going» si los que tiraban eran los musulmanes.

También rememorábamos a los compañeros muertos, charlábamos de mujeres o disertábamos sobre la familia, los hijos o la vida, con la voz opaca por el vino y sin molestarnos en encender luz alguna.

Era una forma hechizante de pasar la noche.

En la profesión hay muchos que han llegado a la conclusión de que lo erróneo no está en ellos sino en la institución del matrimonio. Si no les ha ido bien, cualquier colega que diga o aparente llevar una vida sentimental apacible o bromea o miente.

Como en todos los oficios, en este hay gente normal, individuos desbocados y tipos que juegan a todas las barajas. Hay personajes que rehúyen los affaires con colegas y otros que los buscan con fruición.

El catecismo particular de los frescales establece que solo es pecado mortal la traición emocional, pero la «tribu» vive mucho mas pendiente de los leads informativos que del sexo pirata.

Un lema de los viejos crápulas es que «la mujer que hay que pagar es la que resulta mas barata», pero el corresponsal putero es cosa del pasado.

El estampido de los cañonazos, el repiqueteo de la ametralladora, la peste a gas-oíl quemado, el vaho acre de la cordita y el temor en las entrañas se hacen tan familiares a los reporteros de guerra como el traqueteo de los vagones y el olor de la estación de Metro lo son a los que entran a trabajar cada día a las ocho de la mañana en las oficinas del centro de una gran metrópoli.

Los privilegiados que a finales de la primavera de 1992 convergíamos en la duodécima planta del Hospital Militar éramos reporteros endurecidos, acostumbrados al hedor de los cadáveres y al sufrimiento.

Y sin embargo, como pude constatar en los días iniciales del cerco, todavía seguíamos siendo sensibles al sacrificio y vulnerables al dolor ajeno.

Al amanecer del 8 de junio, con una banda de tela negra ceñida a la cabeza y la desesperación centelleando en los ojos, los milicianos musulmanes bosnios se lanzaron al ataque. Fue un derroche de valor y una espantosa carnicería.

De casa en casa, avanzaron rápidamente hacia el estadio de Kosovo, desalojando a los todavía adormilados serbios de sus posiciones.

A las siete de la mañana habían ocupado ya la pista de patinaje sobre hielo, los gimnasios y los edificios construidos para los Juegos Olímpicos de 1984. Hubieran bastado unos centenares de metros y habían abierto una brecha en el cerco que atenazaba a Sarajevo desde hacia más de dos meses.

Fue entonces cuando entró en acción la artillería. Los militares serbios concentraron sobre la zona centenares de cañones, morteros, rampas lanzacohetes y carros blindados.

Los milicianos musulmanes debieron haber retrocedido y buscado refugio en las bodegas. En lugar de eso, con esa furia suicida que solo confiere el saber que los tuyos agonizan de hambre, prosiguieron la ofensiva.

Como los voluntarios australianos en Gallipoli, cuando embistieron hacia las trincheras turcas en la primera guerra mundial, o los jinetes de la Brigada de Caballería Ligera en Balaklava, los muchachos de la cinta en el pelo caminaron impertérritos hacia la muerte.

A la luz lechosa del alba, apostados en nuestra atalaya, habíamos escuchado las primeras salvas y aprovechamos un leve intervalo en el bombardeo para partir hacia la zona.

Íbamos juntos, delante Aernout Van Lynden y el coche de Sky News y detrás nosotros, el sobrino-nieto de Antoine de Saint-Exupéry que laboraba para Le Figaro, el fotografo Gobet de France Press y alguno más, apretujados en un vehículo. En medio, los corajudos fotógrafos frelancer.

Acabábamos de abandonar los coches y corríamos hacia el interior de la clínica de Kosovo cuando estalló en mitad del aparcamiento una granada de mortero convirtiendo en un colador el coche del equipo de Skynews y reventando las ruedas al Volkswagen Golf de Chris Morris y Steve Connors, los dos fotógrafos.

Los médicos y las enfermeras, con las batas blancas salpicadas de sangre, se afanaban de un lado para otro restañando muslos abiertos hasta el hueso, suturando espantosas heridas en la cabeza y sujetando paquetes intestinales desgajados.

Cada minuto, con el repicar de fondo de las baterías, mientras silbaban entre los arboles los proyectiles y zumbaban los katiuskas, frenaba ante la puerta un vehículo cargado de heridos. Todos por impactos de metralla.

Hay una palidez especial en la piel de los soldados cuando presienten la muerte, y muchos la traían pintada en el rostro.

Combatientes con barba crecida, los ojos hundidos en las cuencas, los labios resecos y el uniforme manchado de sudor y tierra, bajaban a los heridos en volandas, los depositaban en las camillas y retornaban a la pelea. Unos eran hombres maduros. Otros, simples adolescentes.

Para ahogar los gritos de dolor, mojaban un trapo en slivovitz, el abrasador aguardiente de ciruelas local, y se lo metían entre los dientes a los de las parihuelas.

En los refugios subterráneos las mujeres, los viejos y los niños rezaban.

Esa tarde, cuando retornábamos anonadados a nuestra residencia 'oficial' -que era en realidad un chalet gubernamental que después ocuparón como centro los 'cascos azules'- en busca de teléfono para pasar las crónicas, Steve citó de memoria una frase del fotógrafo Philip Jones Griffiths que se hizo celebre en Vietnam:

«No se puede enfocar con lagrimas en los ojos.»

Steve, que fue nueve años soldado profesional, estuvo destinado en Irlanda del Norte y había cubierto desde el principio la catástrofe yugoslava, confesó que había habido momentos en la clínica de Kosovo en los que no tuvo otro remedio que poner su cámara en autofocus.

Después nos abrazamos.



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