Alfonso Rojo

Alfonso de Salas, Pedrojota Ramírez, por aquel entonces director de 'El Mundo', y John Müller, en el aeropuerto de Barajas, recibiendo a Alfonso Rojo que llegaba herido de Sarajevo, en junio de 1992.

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En el frente, la única norma de tráfico inalterable es que los carros blindados siempre tienen preferencia

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REPORTERO DE GUERRA: Bienvenidos al Infierno (LXX)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

ALFONSO ROJO, 23 de diciembre de 2015 a las 08:00

Por Alfonso Rojo

Aunque el chaleco anti fragmentación, el casco de kevlar y el equipo de transmisión por satélite se han integrado como utensilios imprescindibles en el equipaje de casi todo reportero que se precie, hasta mediada la carnicería yugoslava apenas se utilizaban.

La última Guerra de los Balcanes fue un conflicto desgarrado y peligroso para la prensa, pero sirvió a la «tribu» para reivindicarse ante la opinión pública española y restañar parcialmente las heridas abiertas por el desairado papel interpretado durante la Guerra del Golfo.

La última semana de mayo de 1992, Patrick de Saint-Exupéry, al que había conocido en Bagdad durante la «Tormenta del Desierto», George Gobet, veterano fotógrafo de France Press y yo, decidimos en una habitación del Hotel Moskva de Belgrado que había que bajar a Sarajevo (¿Quien me mandaría a mi meterme en esto?).

Desde mediados de mes, cuando una granada de mortero se había llevado por delante al fotógrafo español Jordi Pujol, no permanecía en la sitiada capital bosnia más que un arriesgado freelance británico con pinta de director de orquesta que pasaba reportajes a Skynews (Noticia bomba).

El viaje desde Belgrado, en el coche que le pagaba France Press a Gobet y donde  Saint-Exupéry y yo asumíamos el coste del carburante, fue una experiencia alucinante. Íbamos atiborrados de latas de conserva, cartones de Marlboro, chocolate, botellines de whisky y miedo, lo que afloraba aunque disimulásemos en cada control con que topábamos.

Cuando se trata con milicianos es importante acordarse de que la mayoría de los pistoleros son unos analfabetos infantiloides y se lo pasan estupendamente interpretando el papel de Rambo.

La mejor manera de lidiar con ellos consiste en sacudirles unos cuantos zambombazos con un F-18, pero a falta de esos aviones lo aconsejable es no discutir, no mostrarse asustado y evitar aparecer servil. Ayuda repartir cigarrillos, tragos y dulces, pero si te ven débil se te montan automáticamente encima.

Hasta la frontera con Bosnia, no hubo sobresaltos y todo era 'normal'. Desde el río Drina hasta Sarajevo, fuimos dejando atrás casas quemadas y grupos de refugiados que caminaban por los arcenes rumbo al oeste.

En los pueblos, los vecinos -del bando serbio que era el que vencía en casi todos lados en aquellas fechas - se asomaban para contemplar la «hégira».

En ciertas ocasiones miraban, con extraña pasividad, como si hubieran contemplado la escena muchas veces.

Otras, cuando los que observaban eran patanes armados hasta los dientes o soldados borrachos, lo hacían mofándose, agitando sus fusiles en el aire y abucheando.

Algunos gritaban «¡Volved con Ala!», y todos levantaban el brazo y ejecutaban el saludo chetnik.

Hacían con el dedo índice y el corazón el signo de la victoria y estiraban hacia arriba el pulgar de la mano derecha. Los ortodoxos se santiguan con esos tres dedos, para representar a la Santísima Trinidad.

Lo que más llamaba la atención de los grupos de refugiados era la práctica ausencia de hombres. Solo vimos mujeres acongojadas, abrumadas por el peso de los bultos, y niños cuyos ojos brillaban extrañamente al ver las burlas de los belicosos chetniks.

Los serbios siempre han sido un pueblo guerrero, acrisolado en siglos de combate desigual contra los invasores otomanos y propenso a las profesiones de uniforme y a las armas de guerra.

Hasta el 6 de agosto de 1992, cuando la cadena de televisión ITN y el periodista Ed Vulliany del Guardian -alertados por un reportaje publicado por el norteamericano Roy Gutman en Newsday- entraron en Omarska y filmaron escenas que parecían sacadas de un documental sobre los campos de concentración nazis, con prisioneros tan esqueléticos como los supervivientes del holocausto judío, no supimos todo el espanto que reinaba en aquellos lugares.

Todos mataron, todos torturaron, todos violaron y todos ejecutaron con crueldad la limpieza étnica en los Balcanes. Con la perspectiva que da el tiempo y a diferencia de lo que contamos a bote pronto, uno concluye que croatas y musulmanes bosnios fueron tan perversos como los serbios, pero al inicio lo que destacaba era la brutalidad de estos últimos.

Los testimonios de decenas de refugiados, que no tenían posibilidad alguna de haberse puesto de acuerdo para coordinar sus historias, coincidían en pintar una realidad espeluznante.

La comida era distribuida de forma intermitente y siempre acompañada de palizas. Los guardianes, a menudo ebrios, mataban a palos a los prisioneros. Irregulares serbios, recién llegados de un sangriento rifirrafe y ciegos de ira, ametrallaban racimos de internos, para vengar sus bajas.

Centenares de detenidos eran llevados al interrogatorio, a los que nadie volvía a ver con vida. Hombres condenados a morir de sed. Violaciones masivas.

El presidente Slobodan Milosevic, el gobierno de Belgrado, los ultranacionalistas y los generales habían diseñado un mapa étnico y se empleaban a fondo para completarlo, destripando ciudades de mayoría musulmana como Zvornik, Bijeljina, Bratunac, Vlasenica, Foca, Banja Luka o Visegrado.

Desde la Segunda Guerra Mundial, y con la excepción del comunista Stalin, no había habido un caso de «ingeniería poblacional» más demoniaco que el que realizaban entusiasmados los dirigentes serbios.

Para entrar o salir de Sarajevo era preciso el permiso de los sitiadores. En Pale, su «capital provisional», tuvimos que aguantar la interminable perorata de Todor Dutina, el director de la recién creada Agencia Serbia de Prensa.

Dutina hablaba un francés exquisito, consideraba a Jean-Marie Le Pen un liberaloide y propugnaba un racismo delirante, pero gracias a él conseguimos los salvoconductos en caracteres cirílicos que permitían salvar los últimos y estrictos puestos de control.

En la guerra la única norma de tráfico inalterable es que los blindados siempre tienen preferencia. Otra ordenanza, bastante recomendable, es no circular por una carretera por la que no transite nadie.

Existen dos técnicas de conducir. La primera consiste en ir tan deprisa que el vehículo vuele por encima de los baches. La segunda es avanzar muy despacio. Ninguna de las fórmulas evita el desastre, como comprueban desde hace veinte años Avis, Hertz y  las agencias de alquiler de coches situadas en países limítrofes con una zona en conflicto.

La carretera general hasta Sarajevo estaba cortada. Para abastecer a sus tropas, los serbios habían abierto a golpe de bulldozer una senda en las montañas.

El camino atravesaba bosques de pinos, partía en dos las pistas de esquí de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984 y terminaba en el inmenso cuartel de Lukavica. Allí tuvimos que negociar a brazo partido con los militares para cruzar el aeropuerto y seguir hasta Ilidza. El último tramo era como jugar a la ruleta rusa.

DUDAS Y OPCIONES

Era imprescindible cruzar de un lado a otro del frente, la maniobra más desaconsejable en una guerra, y allí nos quedamos los tres, vacilantes, dudando entre dos pecados, el del miedo y el del orgullo. Al final se impuso la vanidad, pero por casualidad.

Oía yo una voz en mi mente, la misma que debía sonar dentro del cráneo de mis dos colegas franceses, diciéndome que estaba actuando como un adolescente desquiciado, pero presentir a aquellos dos gabachos tan aterrorizados como yo, infundía cierta tranquilidad.

En esa dudas existenciales estábamos cuando, de repente, vimos cruzar como una exhalación el coche de Aernoud Van Lynden, que venía a sustituir al agotado reportero de Skynews y había salido de Belgrado un día después que nosotros.

Bajamos los cristales de las ventanillas para oír bien si sonaban disparos o voces de alto. Nos subimos hasta las orejas los chalecos antibala, nos encogimos en los asientos y recorrimos -a 150 kilometros por hora, con el corazón en la boca y la canción Road to Hell de Chris Rea tronando en el radiocasete- los cuatrocientos metros que separaban el último parapeto serbio de la primera trinchera bosnia. Era temprano y quizá por eso no disparó nadie.

Lo primero que encontramos fue un graffiti con las palabras: "Welcome to hell".

La nota, escrita en inglés y dando la bienvenida al infierno, lucía al final una calavera con dos tibias.

Los muchachos de las boinas verdes lo habían puesto allí como un aviso a los serbios, pero les hubiera resultado imposible encontrar una frase más adecuada para describir la situación en la capital de Bosnia-Herzegovina.

Desde la noche del 5 de abril de 1992, los chetniks y los restos del antiguo Ejercito Federal yugoslavo, metamorfoseados de súbito merced al veneno perverso del nacionalismo en 'Ejército de la República Srpska', bombardeaban esporádicamente la población.

Escaseaba el agua, se habían agotado los alimentos, los heridos de metralla saturaban los hospitales, los enfermos de diabetes agonizaban por falta de insulina y crecía la lista de fallecidos.

En los suburbios la gente apuraba las horas de la mañana, cuando la bruma dificultaba la visibilidad de los francotiradores, para recoger ortigas con las que complementar la magra dieta cotidiana.

La ciudad presentaba un aspecto siniestro. Las aceras estaban tapizadas de agujas de cristal, había ramas de árbol desgajadas, carcasas de automóvil calcinadas y los cables eléctricos colgaban como lianas sobre el asfalto.

En las paredes seguían pegados los adhesivos de la Olimpiada de 1984, pero no restaba una fachada sin la marca negruzca de las bombas o un escaparate intacto.

Los únicos negocios que funcionaban eran dos panaderías, una peluquería llamada Frizer Faid, algún que otro cafetín clandestino, un bar donde tomaban copas los borrachos impenitentes y el periódico Oslobodenje.

Una parte de la redacción, en la que había croatas, musulmanes y algún serbio, vivía acantonada día y noche en los talleres. La otra trabajaba en los bajos del centro de prensa y, además de escribir los artículos, vendía los ejemplares por las casas.

Todas las calles transversales eran peligrosas, lo mismo que las intersecciones de las avenidas, debido a los francotiradores.

La gente los llamaba sneperski o «dormilones», porque tenían la mala costumbre de iniciar su repugnante tarea a primera hora de la tarde.

Algunos disparaban con fusiles de mira telescópica desde las colinas. Otros estaban escondidos en los apartamentos y solo apretaban el gatillo esporádicamente. Apuntaban siempre a la cabeza.

En la Guía de Supervivencia publicada en octubre de 1994 por Reporteros sin Fronteras se advierte que los francotiradores pueden hacer blanco a 600 metros de distancia y que el sonido se propaga a 330 metros por segundo, mientras la bala lo hace a 1.000 metros por segundo, por lo que no sirve de mucho tirarse en plancha cuando se escucha la detonación.

La Guía, que no está nada mal, aconseja llevar el grupo sanguíneo anotado en lugar visible, no discutir en los controles, pedir hablar con el jefe en caso de duda y hacerse el muerto en caso de que te hieran. Además, aclara que solo el compartimento del motor del vehículo ofrece una protección efectiva contra los balazos.

Todo eso está muy bien, pero en Sarajevo, en la primavera de 1992, los sitiadores se divertían cazando coches con mortero. Desde las montañas, con los binoculares de campaña, localizaban el vehículo y calculaban el tiempo que iba a tardar en llegar a una determinada intersección.

Entonces abrían fuego, tratando de hacer coincidir el impacto de la granada en el pavimento con la llegada del automóvil. Así fue como mataron al catalán Jordi Pujol Puente.

Jordi tenia reservado su pasaje para la mañana del lunes 18 de mayo. Quería marcharse. Diez minutos después del mediodía del domingo un proyectil cayó del cielo y lo mató.

Tenia veinticinco años, estudiaba quinto de Periodismo en Barcelona, no llevaba chaleco antibalas y Sarajevo era su primera experiencia profesional.

LOS FRANCOTIRADORES

Los cazadores furtivos se apostan cerca de las fuentes, convencidos de que la presa termina flaqueando y se acerca a beber.

Los sneperski también tenían sus zonas de caza favoritas. Una de ellas era el paseo que corre por la ribera del Miljeka, el mismo donde el terrorista Gavrilo Princip le descerrajó un tiro al archiduque Francisco Fernando de Austria y encendió la mecha de la I Guerra Mundial. Allí, a la orilla del rio, fue donde «cazaron» a Jordi.

Cuando Saint-Exupéry, Gobet, Aernoud Van Lynden alcanzamos por el fin el centro de Sarajevo, junto al chamuscado edificio del Parlamento, muy cerca del Hotel Holiday Inn, había un Renault-5 rojo con un neumático reventado y churretones de sangre en la tapicería.

Contaba la gente que a su propietario le habían atinado con un balazo en el cuello. Que perdió el control y fue a estrellarse contra una farola.

Y que estuvo allí, agonizando, haciendo sonar el claxón con el peso de su cuerpo, más de tres horas, sin que nadie se atreviera a acercarse a rescatarlo.

Digerida esa historieta a modo de recibimiento, nos instalamos en la antigua hostería de los gerifaltes de la Liga de los Comunistas, que después serviría como residencia al comandante de los «cascos azules» de la ONU.

Era una mansión blanca, de amplios ventanales, con numerosas alfombras, falsos muebles de época, lámparas pretenciosas y un esplendido jardín. En ese lugar todavía servían sopa y había pan. Poseía además una inapreciable ventaja para los periodistas y un gravísimo inconveniente.

La ventaja es que funcionaba el teléfono y por lo tanto existía la posibilidad de enviar crónicas al extranjero. Y encima por la cara.

El inconveniente era que tenía a un costado un cuartel de la policía bosnia, al otro un centro de mando de la defensa territorial y encima un tejado de chapa de zinc, de esos que la metralla perfora como si fuera papel de fumar.

El edificio era bonito, pero apenas ofrecía protección, como pudimos comprobar la noche inicial. La primera granada sólo provocó una invisible ola de inquietud y un furtivo intercambio de miradas.

Alguien comentó «no ha caído lejos», en el tono educado y distante que solía emplear David Niven cuando encamaba oficiales británicos en sus películas de acción. Nos limitamos a apurar el ritmo de las cucharadas de sopa.

Entonces se produjo la segunda explosión y la desbandada general. Fue como un monstruoso soplido acompañado de un tintinear de cristales y del tumulto de una veintena de personas precipitándose hacia la cocina y el cuarto de calderas.

«¡Están barriendo la zona con los morteros! -gritó Van Lynden-. ¡Disparan al azar! ¡Vamos a esperar que pase y salimos!».

No es fácil conciliar el sueño cuando palpita, en el fondo del cerebro, la idea de que la vida depende únicamente de la macabra lotería a la que se dedican unos artilleros perturbados y, apenas se alejó el estampido de los bombazos, saltamos a los coches y partimos como alma que lleva el diablo.

Delante, con un casco de marine traído de la Guerra del Golfo calado hasta los ojos y el acelerador pisado hasta el fondo, iba Christopher Morris, el fotógrafo de Time Magazine, acompañado por Steve Connors.

En medio, Gobet, Patrick y yo. Cerrando la comitiva, Van Lynden y sus muchachos. Desde esa fecha dormimos todas las noches en la planta duodécima del perforado pero sólido edificio del Hospital Militar.

Fueron días intensos, de periodismo puro y duro. Una de las piezas que ha quedado para siempre grabada en mi memoría y no sólo porque fuera portada del diario británico 'The Guardian', fue la historia  de un joven teniente al que habían dejado ciego de un balazo en la sien y sobrevivía a oscurras en uno de los pisos altos del hospital.

Otro, igual de dramático y todavía más impactante, fue el de los niños del colegio de minusválidos.

Estaban en un profundo y húmedo búnker, varios pisos por debajo de los dos edificios gemelos que ardieron como teas aquellos días. Eran chavales a los que no habían recogido sus padres y a los que una profesora serbia se había llevado hasta aquel blindado agujero, para preservarlos vivos.

Permanecían los críos, recluídos como ratas, y cuando le pregunté a uno de los mayores qué pasaba, que por qué se disparaban unos a otros arriba, se limitó a torcer la boca, abrir mucho los ojos y musitar: "Se han vuelto locos".

Tenía razón.

Los recorridos motorizados por Sarajevo eran algo disparatado. Había que conducir derrapando, esquivando cascotes, eludiendo la maraña de cables de tranvía y debatiéndose en la duda de cruzar a toda velocidad, arriesgándose a chocar de frente con otro asustado automovilista o aminorar la marcha y exponerse al fuego de los sniperi.

El 10 de junio de 1992, surcando a todo trapo la «Avenida de los Francotiradores», impactamos de frente con otro vehículo, a cuyo conductor acababan de empotrar una bala en el cerebro.

Gobet cojeará para siempre a resultas del accidente y yo permanecí conmocionado cuatro horas, pasé dos días en el hospital, salí en pijama de la sección de neurocirugía porque me fue a buscar Pepe Macca, que acababa de entrar en Sarajevo con Gervasio Sánchez y Hermann Tertsch, y unas horas después fui evacuado en un blindado francés, que me llevó hasta Belgrado.

La rececpción que me dieron en el Aeropuerto de Barajas, fue casi de cantante de rock.

La larga y agotadora experiencia balcánica ha servido para desarrollar verdaderos tratados literarios sobre la conducción reporteril y los chalecos antibala más idóneos para corresponsales de guerra.

Sobre la forma de conducir, en lo único que coincide todo el mundo es en que lo mejor es retirar las matriculas, porque si eran de Belgrado te tiroteaban los croatas, si eran de Zagreb lo hacían los serbios y si eran de Sarajevo te disparaba todo el mundo.

Al margen de eso, lo más conveniente era agenciarse un coche blindado, como hicieron los de las cadenas de televisión y algunos corresponsales con dinero a partir de 1993.

Con respecto al chaleco, el más recomendado ha sido el modelo Ballistic Combat Jacket -BCJ-, desarrollado por encargo de la BBC británica.

Este chaleco es incómodo y pesado, pero cubre la nuca, los costados y los genitales con unas preciosas placas de cerámica capaces de detener la bala de un Magnum 44.

Aunque costaban la broma de 150.000 pesetas -algo menos de 1.000 euros-, se hicieron muy populares entre los miembros de la «tribu» destacados en la región.

Yo, tras tirar unos meses con uno bastante malo de la Policía española que me pasó Pepe Villarejo, me agencié uno impresionante en Israel, que pesa un quintal y todavía conservo. Está colgado junto al casco de kevlar y fotos del artista en una pared de Periodista Digital.



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