El extraordinario caso de las gallinas violadas

Antes, cuando al estío climatológico se unía la sequía informativa, se recurría al ‘culebrón del verano’. Atractivas fantasías estivales que permitían rellenar páginas y páginas en periódicos, revistas y televisión. Tanto daba que el culebrón fuera el monstruo del lago Ness (imagínense el interés de la ‘noticia’ para un señor de la Almunia de doña Godina, pongamos por caso) o las inquietantes apariciones de las caras de Bélmez de la Moraleda, provincia de Jaén. En todo caso, el asunto no iba a mayores: todos sabíamos que aquello era un mero pasatiempo; un juego veraniego, fantástico e inocente, sin más pretensiones que rellenar páginas y entretener al personal.

Ahora, sin embargo, estas cosas son mucho peores: pretenden, además, que nos las creamos. Adoctrinarnos. El nuevo ‘culebrón del verano’ -y su estrecha colaboradora, la corrección política- hoy dura todo el año y se reviste de aureolas de falsa trascendencia: reivindicaciones, declaración de principios o denuncias truculentas; igual de falso que nuestro inocente culebrón estival, pero ‘cocinado’ manipulando desvergonzadamente hechos reales, no inventados. En ellos se utiliza insidiosamente la corrupción del lenguaje -potente carga de profundidad ideológica- como punta de lanza para conseguir el objetivo final: la corrupción de las ideas y el colapso de principios universalmente aceptados. Anular el pensamiento crítico para implantar la posverdad del pensamiento único en la sociedad. Perversas técnicas orwellianas para pastorear las masas. Lo que eufemísticamente se denomina ingeniería social.

El nuevo culebrón, con ínfulas de dogma de fe, puede ocultarse en afirmaciones terroríficas sobre el cambio climático, sin fundamento científico alguno; en las excelsas virtudes del ecologismo radical y el movimiento vegano, su hijo predilecto; en los enormes beneficios de la eutanasia y el aborto para el progreso social y la dignidad humana. O magnificando ‘noticias’ (caso Plácido Domingo, por ejemplo) que ‘avalen’ la bondad y credibilidad indiscutible de la mujer, víctima propiciatoria de la maldad intrínseca -genética- del hombre, que, como el escorpión, lleva el veneno en su naturaleza. O en el machismo recalcitrante y criminal del varón por el hecho de serlo, responsable directo de la terrible violencia -exclusiva y unidireccional- que sufren las desvalidas mujeres. Etcétera.

Un caso paradigmático de perversión del lenguaje en estos culebrones desquiciados, aunque nada inocentes, es el de las ‘gallinas violadas’, todavía calentito. Tres especímenes feministas ultramontanas, adecuadamente feas, desastradas y andróginas -piercings, pelo rapado, tatuajes- estrellan unos huevos en el suelo mientras unas gallinas acuden raudas a comérselos. Un video viral. «Nosotres les devolvemos sus hueves porque son suyes», dicen, en una adaptación gallinácea del feminista «nosotras parimos, nosotras decidimos», «Por eso les ponen elles, es su menstruación».

«Es como si tú tuvieras la regla 300 días al año», prosigue la tíe que parece la jefa o jefo del grupo, utilizando una jerga ridícula, pretendidamente ‘inclusiva’. «Comérselos es robárselos y financiar la esclavitud animal y su asesinato», tercia otra. «No queremos la reproducción; como los galles no pueden ser capados porque correría un gran peligro su salud, tuvimos que separarlos de las gallines para que no las violaran», añade la más fea. «Evitar las cópulas no consentidas y violentas de los galles, que a veces las hieren de gravedad con sus espolones». Concluye el adefesio su letanía: «Ellas sufren; si continúan poniendo hueves las implantaremos para que dejen de hacerlo»

La colección de disparates/estupideces/locuras/infamias del trío vegano-feminista es interminable. Para qué hablar de El origen de las especies, de Darwin, de evolución o ciencia; de ética, moral, conciencia, entendimiento, libertad o responsabilidad; de espíritu, voluntad, sentido de trascendencia o maldad -por citar algunas cualidades de las que carece un animal- a quienes se definen como antiespecistas y afirman ser iguales, y tener los mismos derechos, que una gallina, un conejo o una vaca.

Pero el mensaje de este culebrón no es trivial, ni inocuo. Por el contrario, es subversivo y perverso. Queda muy claro en la declaración de intenciones de su ‘líder’: «Nosotres somos un colectivo antiespecista, transfeminista, libertario y ecologista que lucha por la liberación animal y del planeta». Y, al fin, la tía excreta su último vómito: «No hay término medio: o eres vegane o financias la esclavitud animal y el capitalismo asesino». «Comer animales es fascista».

 

Autor

Antonio Cabrera

Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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