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Diario de un NO nacionalista

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Fractura social en Cataluña

José Rosiñol Lorenzo, 04 de mayo de 2014 a las 07:51

Estamos ante la creación de un escenario agonístico que facilite la ruptura con el resto de España y, lo que es más importante, la desconexión afectiva y emocional con el resto de españoles, el problema radica en que dicha desconexión es lo que está elevando la tensión política entre los catalanes…”

Las últimas agresiones a representantes políticos, como las sufridas por Jorge Fernández Díaz o la de Pere Navarro, son solo la punta del iceberg mediáticamente visible, en Cataluña se están dando cada vez más casos de violencia, amenazas y coacciones a todo aquél que no comulgue con el relato impuesto por el secesionismo, todos ellos son conscientemente ocultados por los medios de comunicación al servicio del “proceso” o son minusvalorados por las instituciones públicas reduciéndolos a meras anécdotas.

Sin embargo, cualquier recopilación de este tipo de actos dibujan un escenario de acoso e intimidación al disidente, de intolerancia a la discrepancia política, estos sucesos formarían parte de la espiral de silencio impuesta por los próceres del nacionalismo, parte de la población parece empezar a tener un alto grado de comprensión hacia este tipo de episodios, sorprende que los que defienden la ruptura con el resto de España insistan en definirse dicho “proceso” como pacífico, democrático e, incluso, festivo.

El tratamiento dado por la mayor parte de los medios de comunicación catalanes a la agresión sufrida por Pere Navarro puede ser sintomático respecto al porqué de esta situación, parece que la “construcción nacional” se basa en la deconstrucción de los valores que rigen la democracia, veamos, el Sr. Navarro ha pasado de ser una víctima a tener que defender la veracidad de lo ocurrido, hemos asistido a la inversión de valores, a un orquestado plan con el que desprestigiar la “versión” del líder socialista, pero no solo eso, los catalanes hemos podido ver y oír cómo programas radiofónicos (RAC1) supuestamente de humor se jactaban de los hechos denunciados, como si de un chascarrillo se tratase…

Si comparamos este comportamiento con el dado a la supuesta agresión de la policía “española” (en el manual de la perversión del lenguaje nacionalista el CNP, el Cuerpo Nacional de Policía, se le denomina policía española) a un seguidor barcelonista en Valencia, la versión del afectado –se le agredió por lucir una Estelada- ha sido aceptada y bendecida por el entramado de comunicación nacionalista, por el President de la Generalitat, e incluso, Joan Tardà lo ha tratado en sede parlamentaria como un ataque a un ciudadano por ser catalán

Estamos ante la creación de un escenario agonístico que facilite la ruptura con el resto de España y, lo que es más importante, la desconexión afectiva y emocional con el resto de españoles, el problema radica en que dicha desconexión es lo que está elevando la tensión política entre los catalanes, entre aquellos que ya hablan sin rubor de los “españoles” refiriéndose a una desdibujada y agresora alteridad de más allá del Ebro (aquí el concepto de territorialidad culturizado es más que evidente) sin reparar –o sin importarles- en esa mayoría social de catalanes que también nos sentimos españoles.

Esa cosificación del “otro”, de un “otro” que convive contigo, que puede ser tu compañero de estudios o de trabajo, tu vecino, tu amigo…solo es tolerable si éste se mantiene en silencio, si consiente el statu quo impuesto por el oficialismo nacionalista, si asume un estatus político (y muchas veces social) de perfil bajo. Si, por el contrario, esa alteridad pretende ejercer sus libertades cívicas y políticas abiertamente es cuando se crea un conflicto que desborda los márgenes normales de la arena sociopolítica de una democracia normalizada.

El problema radica en que el relato secesionista se basa en gran medida en el factor emocional, victimista y en un propiciatorio discurso del miedo, un esencialismo con profundas raíces en el relativismo cultural y lingüístico con el que dotar de una superioridad moral y política respecto a lo español, si a todo ello sumamos una estructura mental nada inocente que concibe como incompatible sentirse catalán y español, que parece obligar a todo el mundo a tomar partido o posición respecto al independentismo (cosa que facilita la asunción de un referéndum de autodeterminación) obtenemos un latente escenario de conflicto y, como no, episodios de agresión hacia el que se atreve a disentir.

 

 

 

 



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