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Diario de NO nacionalista

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Europa, entre nacionalismos esencialistas y populismos

José Rosiñol Lorenzo, 28 de mayo de 2014 a las 08:16

“…el “gran éxito” de participación en estas elecciones, ese exiguo 47,63%, sirve al Presidente de (algunos) catalanes, Artur Mas, para exclamar que las fuerzas partidarias del referéndum de autodeterminación son claramente mayoritarias y que “el proceso” es “la voluntad del pueblo catalán”, quiero resaltar algún dato que creo relevante, primero ¿cómo es posible que el 55,83% de los votos (que supone el 26,59% del censo electoral) equivalga a la “voluntad del pueblo catalán”?...”

Europa sufre el azote de los identitarismos, una epidemia etnocentrista que une ansiedad y miedo, ansiedad de quién ve cómo se han desmoronado los marcos culturales e ideológicos sobre los que se basaban la confianza en un econosistema mucho más frágil (y mucho más inhumano) de lo que muchos estaban dispuestos a reconocer, y miedo por conservar lo propio, por mantener la ficción de lo que se creía permanente, por tener que reforzar referentes cercanos, por creer que lo próximo es más real, más palpable que un discurso generalista, ampliado, lejano.

Porque eso es precisamente lo que en estas elecciones la política ha transmitido a la población, la lejanía hacia Europa, esa la obsesión por “nacionalizar” una campaña que debería ser europea hace que con cada elección al Parlamento europeo perdamos una oportunidad (más) para construir el sueño de crear una auténtico sentimiento de ciudadanía europea que interiorice en cada uno de nosotros la máxima de “unión en la diversidad”.

Pero no solo eso, es aún peor, esa indiferencia hacia el proyecto europeo da pábulo a los que preconizan las maldades de la Unión Europea, a quiénes personalizan en el “otro” en una desdibujada y amenazante alteridad, paradójicamente los “otros europeos”, sus propias contradicciones, desatando miedos atávicos hacia ese meta-relato llamado Europa, reforzando narraciones esencialistas, enarbolando discursos populistas que azuzan los narcisismos de las pequeñas diferencias, pequeñas diferencias que, gracias a la homogeneización cultural derivada de la globalización, son fácilmente manipulables siendo utilizadas como caldo de cultivo para las más espurias opciones políticas.

Esta ola de populismo que barre el continente europeo tiene diversas caras, pero hay algo que les une a todos ellos, y es la propalación de un falso sentimiento de pertenencia, ya sea este tribal, social o identitario, cada uno con su discurso restringido, con su banderín de enganche en forma de soflama nacionalista o de sentimiento de clase, todo ello trufado de una más que preocupante tolerancia hacia una creencia nada democrática que concibe como razonable (e incluso deseable) la graduación de los derechos ciudadanos en función a adscripciones identitarias, nacionales o sociales.

Si nos fijamos, los movimientos de extrema derecha populistas, los partidos xenófobos y los nacionalismos esencialistas tienen en común una obsesión por representar al “pueblo” a su pueblo uniformizado o simplemente silenciado, por reforzar la voluntad política y el voluntarismo ideológico con un enemigo, esa alteridad de la que hablaba más arriba, alguien al que achacar todos los males de un tiempo en el que, más que nunca, parece que todo lo sólido se desvanece en el aire, por ello, ante esta presión sobre la democracia, sobre los auténticos derechos de los ciudadanos, sobre la sagrada esfera privada del individuo, tenemos la responsabilidad de mejorar la cultura democrática, tenemos que modernizar las instituciones, tenemos que acercar la política a las personas.

Como catalán profundamente europeísta no quiero acabar este artículo sin mencionar el torticero planteamiento que los partidarios de la secesión de Cataluña del resto de España, aquellos que a pesar de saber que nos apearían de la Unión Europea, la retorcida instrumentalización que han hecho de estas elecciones al Parlamente europeo, durante toda la campaña CiU, ERC e ICV han reclamado el voto masivo para legitimar su llamado “proceso independentista”, han pretendido hacer creer a la población que algo tan importante como Europa es secundario ante sus planes esencialistas de ruptura y sumisión de la diferencia.

De hecho el “gran éxito” de participación en estas elecciones, ese exiguo 47,63%, sirve al Presidente de (algunos) catalanes, Artur Mas, para exclamar que las fuerzas partidarias del referéndum de autodeterminación son claramente mayoritarias y que el proceso” es “la voluntad del pueblo catalán, quiero resaltar algún dato que creo relevante, primero ¿cómo es posible que el 55,83% de los votos (que supone el 26,59% del censo electoral) equivalga a la “voluntad del pueblo catalán”?, ¿acaso (y a pesar de la enorme campaña de publicidad secesionista) la gran movilización del independentismo se limita a una vergonzante participación del 47,63%?

Por último, ¿no es demasiada casualidad que el porcentaje de los que han apoyado el soberanismo en estas elecciones europeas sea muy similar igual a los que votaron a favor al Estatut-trampa del 2006 gestado por el nacionalismo catalán disfrazado de socialismo “catalanista” con una participación del 48,85% y unos votos a favor del 73,9% que suponían un 36,6% del censo electoral…?, ¿acaso estos datos no son pistas más que fiables del verdadero apoyo al independentismo?.



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