La Bóveda Global de Semillas de Svalbard

Los creadores de la ’bóveda del fin del mundo’ afirman que se avecina un gran desastre

El mayor seguro de vida de la humanidad contra el fin del mundo

En el archipiélago noruego de Svalbard, a 1.300 kilómetros del Polo Norte, excavada en la roca de una montaña de permafrost a 130 metros sobre el nivel del mar, existe una instalación que la humanidad espera no necesitar nunca pero que construyó precisamente porque sabe que puede necesitarla.

La Bóveda Global de Semillas de Svalbard es el mayor depósito de biodiversidad agrícola del planeta. Inaugurada en 2008 y operada por Crop Trust, una fundación con sede en Bonn, alberga actualmente 930.000 muestras de cultivos alimentarios procedentes de 73 depositantes y originarias de prácticamente cada país del mundo.

Es la copia de seguridad de la agricultura humana. El disco duro de respaldo de diez mil años de selección de semillas.

La póliza de seguros más importante que existe y que nadie quiere cobrar.

Qué es y cómo funciona

La bóveda está construida en el interior de una montaña de arenisca en la isla de Spitsbergen, la mayor del archipiélago de Svalbard. El túnel de entrada, de 100 metros de longitud, desciende hasta tres cámaras refrigeradas excavadas en la roca donde la temperatura se mantiene de forma permanente a 18 grados bajo cero, la temperatura óptima para la conservación a largo plazo de semillas.

La elección de la ubicación no fue arbitraria. Svalbard ofrece condiciones que ningún otro lugar del planeta puede replicar de forma tan favorable: estabilidad geológica, ausencia de conflictos armados bajo la protección del Tratado de Svalbard de 1920, y una temperatura del permafrost que garantiza que incluso en caso de fallo total de los sistemas de refrigeración, la roca congelada que rodea las cámaras mantendría las semillas a temperatura segura durante semanas o incluso meses.

El sistema de acceso está diseñado con una sobriedad que contrasta con la magnitud de lo que protege. No hay guardias armados ni sistemas de seguridad espectaculares. La principal protección es la ubicación: llegar a Svalbard requiere un esfuerzo que disuade cualquier acceso no autorizado. Las semillas están empaquetadas en sobres de aluminio sellados, organizadas en cajas y almacenadas en estanterías metálicas. La tecnología es deliberadamente simple porque la simplicidad es más fiable que la sofisticación cuando se habla de preservación durante siglos.

La bóveda funciona bajo el principio de la caja de seguridad bancaria: los depositantes, que pueden ser países, instituciones científicas u organismos internacionales, conservan la propiedad de sus semillas y son los únicos que pueden retirarlas. Crop Trust gestiona la instalación pero no tiene acceso ni control sobre las colecciones individuales.

Por qué existe: la vulnerabilidad de los otros depósitos

Más de 1.700 depósitos de semillas repartidos por todo el mundo preservan colecciones de biodiversidad agrícola. Pero muchos de ellos son vulnerables de formas que pueden parecer mundanas pero que tienen consecuencias catastróficas: un fallo del sistema de refrigeración, la falta de financiación para el mantenimiento, una guerra, una inundación, un terremoto o simplemente la negligencia administrativa pueden destruir en días lo que tardó siglos en acumularse.

Cierra Martin, responsable de colaboraciones y comunicaciones de Crop Trust, lo explica con una claridad que no deja espacio para la complacencia: la bóveda de Svalbard es la póliza de seguro de todos los demás depósitos. El respaldo del respaldo. La garantía de que si algo sale mal en cualquier lugar del mundo, la humanidad puede recuperar lo que perdió.

La relevancia práctica de la instalación ya ha sido demostrada. En 2015, el Centro Internacional para las Investigaciones Agropecuarias en las Áreas Secas (ICARDA), que había depositado sus colecciones en Svalbard en 2008, se vio obligado a abandonar su sede en Alepo (Siria) por la guerra civil. Fue la primera retirada de semillas de la bóveda. Las colecciones recuperadas se usaron para reconstituir los depósitos del ICARDA en Líbano y Marruecos. El sistema funcionó exactamente como había sido diseñado para funcionar.

La inundación que encendió las alarmas

En 2017 la bóveda sufrió un incidente que los medios de comunicación convirtieron en alerta global: el túnel de entrada se inundó parcialmente. Las semillas no corrieron peligro porque el agua no llegó a las cámaras de almacenamiento, pero el episodio reveló una vulnerabilidad que nadie había anticipado suficientemente: el calentamiento global está afectando al permafrost de Svalbard más rápido de lo previsto.

La empresa Piql, que opera el Archivo Ártico Mundial en la misma instalación, atribuyó el incidente a un invierno excepcionalmente húmedo más que al deshielo del permafrost. Pero la distinción es académica: ambos fenómenos son consecuencia del mismo proceso de calentamiento que está transformando el Ártico a una velocidad que los modelos climáticos de hace veinte años no anticipaban.

Desde entonces se han ejecutado obras técnicas para impermeabilizar el túnel de entrada y el Directorado Noruego de Construcción y Propiedad Públicas (Statsbygg) ha puesto en marcha un programa de monitoreo continuo del permafrost en el archipiélago. Las medidas, en palabras de Martin, están basadas en el principio de «más vale prevenir que curar». Una filosofía que resulta especialmente pertinente cuando lo que se está preservando no tiene precio.

Qué contiene y qué representa

Las 930.000 muestras almacenadas actualmente en Svalbard representan la mayor colección de diversidad genética agrícola jamás reunida en un solo lugar. Incluyen variedades de trigo, arroz, maíz, patata y miles de otros cultivos que la agricultura moderna ha ido abandonando progresivamente en favor de variedades de alto rendimiento, pero que contienen resistencias a enfermedades, adaptaciones climáticas y características nutricionales que pueden ser cruciales en el futuro.

La biodiversidad agrícola es el capital genético que permite a la humanidad adaptar sus cultivos a condiciones cambiantes. Cuando aparece una nueva enfermedad que amenaza al trigo moderno, la solución puede estar en una variedad antigua conservada en algún depósito que nadie consulta desde hace décadas. Cuando el cambio climático hace inviables los cultivos actuales en determinadas regiones, las variedades adaptadas a condiciones extremas que están almacenadas en Svalbard pueden ser la clave para alimentar a poblaciones enteras.

La bóveda tiene capacidad para almacenar hasta 4,5 millones de muestras. Actualmente está al 20% de su capacidad, lo que significa que tiene margen para décadas de depósitos adicionales.

El fin del mundo que la bóveda espera no ver

La instalación de Svalbard está diseñada para sobrevivir a prácticamente cualquier catástrofe imaginable. Su elevación, 130 metros sobre el nivel del mar actual, la protege incluso en los escenarios más extremos de subida del nivel del mar. La estabilidad geológica de la roca de arenisca que la rodea la hace resistente a terremotos. Su ubicación en territorio noruego, bajo el paraguas del Tratado de Svalbard que garantiza el acceso pacífico de todos los países firmantes, la protege de los conflictos geopolíticos.

El único escenario ante el que la bóveda no tiene respuesta es el más extremo de todos: el colapso total de la civilización humana. Si no hay nadie capaz de llegar a Svalbard y de saber qué hacer con las semillas que están allí, la instalación cumplirá su función de conservación durante siglos pero no habrá nadie para aprovecharlo.

Es el límite filosófico de cualquier sistema de preservación: requiere que haya alguien que quiera y pueda hacer uso de lo preservado.

Por eso la Bóveda de Svalbard es simultáneamente el mayor acto de optimismo de la humanidad y su reconocimiento más honesto de su propia fragilidad. La construimos porque creemos que habrá alguien en el futuro que la necesite. Y la necesitamos porque sabemos que ese futuro puede ser muy distinto del presente.

En una montaña helada del Ártico, 930.000 sobres de aluminio sellados guardan diez mil años de historia agrícola humana.

Esperando a que alguien los necesite. Esperando, sobre todo, a que no sea demasiado tarde.

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