La ciencia tiene una deuda enorme con los que parecían estar perdiendo el tiempo.
Con el que dejó crecer un moho en una placa de laboratorio olvidada. Con el que lanzó moscas de la fruta al espacio.
Con el que intentó fabricar el pegamento más fuerte del mundo y produjo el más débil. Sin esos aparentes fracasos y despistes, la medicina moderna sería irreconocible y el universo seguiría siendo considerablemente más misterioso.
En 1928, Alexander Fleming volvió de vacaciones y encontró que una placa de Petri que había olvidado en el laboratorio tenía algo inesperado: un hongo, el Penicillium notatum, había crecido sobre ella y estaba matando las bacterias que la rodeaban. Cualquier científico menos curioso habría tirado la placa contaminada y seguido con su trabajo. Fleming se detuvo a observar.
Lo que parecía un error de laboratorio se convirtió en el primer antibiótico moderno. La penicilina ha salvado entre 80 y 200 millones de vidas desde su introducción clínica en los años cuarenta, según las estimaciones más conservadoras. Fleming recibió el Nobel de Medicina en 1945 junto a Howard Florey y Ernst Chain, que desarrollaron el proceso para producirla en cantidad suficiente para uso clínico.
El detalle que la historia tiende a omitir: Fleming llevaba años estudiando sustancias antibacterianas. El despiste fue el detonante, pero la curiosidad y el conocimiento previo fueron los que permitieron reconocer lo que tenía delante.
Moscas de la fruta en órbita
En 1980, la NASA lanzó al espacio a bordo del transbordador Columbia colonias de Drosophila melanogaster, la mosca de la fruta que los genetistas llevan más de un siglo usando como organismo modelo precisamente por la velocidad con que se reproduce y la facilidad de observar sus mutaciones.
La pregunta que los investigadores querían responder era cómo afecta la microgravedad al desarrollo genético. La respuesta resultó inquietante: en ausencia de gravedad se producen fallos en la división celular que tienen implicaciones directas para entender el cáncer. Las moscas volando en el vacío a 400 kilómetros de altura abrieron una línea de investigación sobre biología celular en condiciones extremas que sigue activa y que ha influido en el desarrollo de tratamientos oncológicos.
Marte y los signos de vida que siguen sin resolverse
En 1976, las sondas Viking de la NASA llevaron a cabo en la superficie marciana cuatro experimentos biológicos diseñados para detectar signos de vida microbiana. Tres de las cuatro pruebas arrojaron resultados positivos que indicaban actividad metabólica en el suelo. El cuarto experimento, que buscaba compuestos orgánicos, no encontró nada.
El debate sobre qué significan exactamente esos resultados no se ha cerrado casi cincuenta años después. Algunos investigadores siguen argumentando que representan la primera evidencia de vida extraterrestre jamás detectada. La mayoría de la comunidad científica atribuye las reacciones a química inorgánica. En cualquier caso, los experimentos Viking impulsaron el desarrollo de técnicas de detección de biosignaturas que hoy se usan en el rover Perseverance y que guiarán las próximas misiones a Marte.
Ole Rømer y la primera medición de la velocidad de la luz
En 1676, el astrónomo danés Ole Rømer estaba estudiando los eclipses de las lunas de Júpiter cuando observó algo desconcertante: los eclipses ocurrían con retraso cuando la Tierra estaba lejos de Júpiter y con adelanto cuando estaba cerca. La explicación que propuso fue revolucionaria: la luz no viajaba de forma instantánea sino que tenía una velocidad finita, y ese retraso era el tiempo que tardaba en recorrer la distancia adicional.
Su cálculo resultó en aproximadamente 220.000 km/s, cerca del valor real de 299.792 km/s. La idea de medir la velocidad de la luz observando lunas de otro planeta parecía absurda. Resultó ser el método correcto con los instrumentos disponibles en el siglo XVII.
Las curiosidades que no llegaron al Nobel pero cambiaron el mundo
El catálogo de descubrimientos accidentales o aparentemente ridículos que tuvieron consecuencias enormes no se agota con los ejemplos anteriores.
Wilhelm Röntgen descubrió los rayos X en 1895 mientras investigaba tubos de vacío. Vio los huesos a través de la mano de su esposa proyectados sobre una pantalla fluorescente en el otro extremo del laboratorio. Recibió el primer Nobel de Física de la historia en 1901 y transformó el diagnóstico médico de forma permanente.
Spencer Silver, mientras buscaba crear un superpegamento para 3M en 1968, fabricó por error uno que pegaba con poca fuerza y se podía despegar y volver a pegar sin dejar residuos. Pasó años intentando encontrar una aplicación a ese fracaso. Su colega Art Fry la encontró en 1974: el post-it. Hoy se fabrican más de 50.000 millones de unidades anuales.
El Viagra fue desarrollado originalmente para tratar la angina de pecho. No funcionó para ese propósito pero los ensayos clínicos revelaron un efecto secundario consistente que los investigadores de Pfizer tuvieron la visión de no ignorar. Hoy se usa además para tratar la hipertensión pulmonar, una aplicación que ha salvado vidas que nada tienen que ver con el uso más conocido del fármaco.
Los estudios sobre bacterias que mutan en la Estación Espacial Internacional, que a primera vista parecen el argumento de una película de serie B, han revelado mecanismos de resistencia antibiótica en condiciones de microgravedad que los investigadores están estudiando con urgencia creciente. Las superbacterias del espacio son un problema real antes de que ningún ser humano haya llegado a Marte.
El pegamento inspirado en las patas de los geckos, que parecía ciencia ficción cuando los investigadores empezaron a estudiar los mecanismos adhesivos de esas lagartijas, ha producido adhesivos nanotecnológicos que se usan en cirugía para cerrar heridas sin puntos en determinados procedimientos.
La lección que todos estos casos comparten es la misma: la ciencia no avanza solo en línea recta siguiendo hipótesis bien formuladas. Avanza también a través de despistes, fracasos, resultados inesperados y preguntas que parecen estúpidas hasta que dejan de serlo.
El problema es que para reconocer lo que tienes delante cuando el moho crece en tu placa de Petri, primero tienes que haberte pasado años mirando placas de Petri.
