Reflexiones

La escolástica es a la filosofía lo que el solfeo a la música

La escolástica es a la filosofía lo que el solfeo a la música
El cerebro humano. AE

El título de este artículo corresponde a una enseñanza del filósofo español don Gustavo Bueno, nada sospechoso de escolástico ni nada que se le parezca. Pero al mismo tiempo indica una guía fundamental para todo aquel que intenta estudiar o hacer filosofía.

En primer lugar hay que destacar que hay varias escolásticas: la medieval, la moderna, la insular. La escolástica medieval se manejó con una serie bastante amplia de conceptos y categorías provenientes de los clásicos griegos y romanos, como por ejemplo, las nociones de ser, ente, esencia, existencia, acto, potencia, sustancia, accidente, forma, materia, causa, efecto, virtudes, vicios, etc.

La escolástica moderna con las nociones de: sujeto, objeto, experiencia, a priori, categorías, inmanencia, trascendencia, razón, entendimiento, fenómeno, conciencia, valor, etc. La escolástica insular o inglesa se maneja con nociones que le llegan a través los filósofos tardo medievales como Duns Scoto y Guillermo de Occam y que provienen de la lógica aristotélica, estoica y medieval, tales como: término, enunciados, atributo, predicamentos, lenguaje, habla, funciones, functores, consistencia, metaética, formalización, etc.

Como vemos este mundo de conceptos enumerados al azar y a pluma alzada son lo primero que hay que estudiar para después comenzar a profundizar los estudios de filosofía. Esta es la conditio sine qua non para intentar introducirse con cierto orden en el estudio de la filosofía.

Así como Platón tenía escrito en el pórtico de su academia: que nadie entre sino sabe matemática, de la misma manera, se cuenta que Martín Heidegger exigía que se estudiara un año Aristóteles antes de cursar un seminario con él.

Miremos lo que sucede hoy en día. En Alemania hay un hombre, Peter Sloterdijk, que se ha hecho famoso como filósofo sin saber filosofía. Es decir, de la lectura de sus escritos se desprende que el hombre entra en contradicciones y anfibologías en forma permanente pero, claro está, como todo vale y no existe en sus exposiciones ningún rigor filosófico, pasa por gran filósofo, pero no por su saber aquilatado sino por sus ocurrencias chispeantes.

En Argentina hoy pasa, mutatis mutandi, más o menos lo mismo. Si nos limitamos a los «filósofos» que aparecen por la televisión: Feinmann, Abraham, Kovadloff, el hijo de Rozichner, y en estos últimos días uno de la misma cría, Szatajnsrajber, ninguno de ellos conoce el vocabulario mínimo de la filosofía.

Son grandes charlatanes, a los que se les puede aplicar la noción de existencia impropia de Heidegger, que se manifiesta en tres rasgos:

  • 1) la habladuría: esto es, hablar por hablar que «expresa el modo del constante desarraigo», tan propio de la gente que o no tiene patria o pretende servir a dos banderas.
  • 2) la avidez de novedades: esto es, que saltan de lo nuevo a lo nuevo y al no demorarse en nada se disipan, mostrando así «una falta de paradero» y 3) la ambigüedad: esto es, no decir que nada es verdadero o falso que se extiende al «ser no con otro», a tomar al otro como una parodia.

Quede pues esta enseñanza de un viejo filósofo español, que en filosofía como en la música primero hay que aprender el solfeo y después intentar filosofar.

Finalmente cabe acotar que el requisito subjetivo para hacer filosofía es la existencia de vocación auténtica que no se malogra nunca a pesar de las contratiempos que surgen, pues «una vocación auténtica nos se malogra nunca, ya que dichas vocaciones traen con ellas mismas una terrible voluntad de realización»

(*) arkegueta, aprendiz constante

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