AUTOR DE 'ELOGIO DE LAS FAMILIAS SENSATAMENTE IMPERFECTAS'

¿Problemas con sus hijos? Pregúntele a Gregorio Luri

"Basta ya. Soy un padre imperfecto y estoy orgulloso de serlo"

El reto esencial de la educación es educar la atención y fomentar el hábito de la lectura lenta

Gregorio Luri quiere animar a estos padres no sólo a no arrepentirse de ser lo que son, sino a que cada mañana, en el desayuno, se presenten ante sus hijos con la cara descubierta como unos padres orgullosamente imperfectos. Un breve manifiesto para encontrar las claves del éxito de esas familias «defectuosas » que toca defender.

En una época de confusión y sobreprotección, Gregorio Luri se atreve a decir alto y claro lo que cada vez parece menos evidente: que un hijo tiene derecho a saber que ser disciplinado es más importante que ser meramente inteligente; que más grave que equivocarse, es no aprender nada de la equivocación; que se puede disponer de mucha información y ser un ignorante; que está muy bien de vez en cuando oír la palabra «no»; y que es imprescindible aprender las cuatro palabras mágicas: «por favor», «gracias », «perdón» y «confío».

«Estas líneas van dirigidas en exclusiva a quienes tienen asumido que son moderadamente imperfectos, con algún recuerdo de imperfecciones un poco sonrojantes y con algún pico de gloria, pero, en general, trivialmente imperfectos. Lo que tengo que decirles es que no sólo no tienen que arrepentirse de ser lo que son, sino que están de enhorabuena».

«Lo que más me gusta de mi labor como pedagogo es hablar con los padres. Han sido ellos los que han ido enseñándome cómo debo hablarles. Pronto descubrí que pueden perdonarte que estés equivocado, pero no que no te creas lo que les dices».

Gregorio Luri Medrano nació en Azagra (Navarra) en 1955, pero reside en El Masnou (Barcelona) desde 1979. Está casado y tiene dos hijos y dos nietos. Estudió magisterio en Pamplona y en la Universidad de Barcelona se licenció en Ciencias de la Educación y doctoró en Filosofía. Obtuvo el Premio de Licenciatura en Ciencias de la Educación, el Premio Extraordinario Fin de Carrera en Filosofía y el Premio MEP (Mejora tu Escuela Pública) 2017.

Por qué no hay familias perfectas

«Para ser una familia perfecta, ayudaría mucho tener el segundo antes que el primero. Creo que todos estaremos de acuerdo en que esto contribuiría a nuestra confianza y autoestima, a la tranquilidad en el trato familiar, a ver las cosas con una perspectiva amplia, a evitar premuras y juicios precipitados, etc. Pero no parece que los avances de las llamadas biociencias tengan este objetivo en su horizonte. En cualquier caso, mientras esto no sea posible, tendremos que asumir que, antes de tener un hijo, nadie tiene ni remota idea de qué significa exactamente, no ya qué es una familia imperfecta, sino, simplemente qué es ser padres».

«Igualmente facilitaría mucho las cosas poder programarse los estados de ánimo, de tal manera que pudiéramos garantizar que cuando nuestros hijos lleguen de la escuela nos encontrarán relajados, abiertos, dispuestos a acogerlos en un ambiente cordial y cálido; que en la cena estaremos ocurrentes, sabremos animarlos a que nos cuenten cómo les ha ido el día y tendremos a punto el comentario adecuado que los ayude sin intimidarlos; que se irán a la cama en cuanto se lo insinuemos sin rechistar, y que se levantarán por las mañanas sin hacer el remolón, con alegría, etc. Pero los estados de ánimo son bastante caprichosos y van y vienen un poco a su antojo, y más de una vez viene a visitarnos el que menos necesitamos».

Las incertidumbres

«La responsabilidad familiar continúa desequilibrada. Los hechos siguen mostrándonos que, si bien la madre ha salido de casa para incorporarse al mundo laboral, el padre aún no acaba de entrar de manera significativa. Los más optimistas dicen que se los espera para dentro de poco».

«En contra de lo que se suele decir a veces, los padres modernos no han dimitido. ¡De ninguna manera! Nunca se habían preocupado tanto por sus hijos. Lo que ocurre es que están perplejos. Tanto, que cada vez son más los predispuestos a subcontratar su responsabilidad a los especialistas».

«A la hora de elegir centro escolar para sus hijos, las familias españolas siguen priorizando, de manera muy clara, la proximidad del centro a su domicilio. Pero, al mismo tiempo, cada vez se dirigen con más determinación a los profesores para indicarles la manera exacta cómo deben tratar a sus hijos. Les han insistido tanto que en la escuela moderna «el niño está en el centro», que se lo han creído, y actúan en consecuencia. Pero es difícil que una escuela elegida por criterios de proximidad pueda dar respuesta a todas las demandas de los padres. Por eso cada vez son más los que buscan escuelas a la carta con una mentalidad clientelar y los que se plantean la escolarización de sus hijos en casa».

«Lo moderno se ha convertido en un valor. Hoy parece obvio que lo que no es nuevo no es que sea viejo, sino que es malo; que no hay que preocuparse si te dicen que estás equivocado, pero que te tienes que sentir muy molesto si te acusan de estar anticuado. Y por eso mismo hay que confiar en todo tipo de experimentos que lleven la etiqueta de «innovador», sin preocuparse de si lo que ofrecen tiene o no un soporte científico consistente. El presente ha dejado de ser un punto en el tiempo para convertirse en un valor».

Ser una familia normal e imperfecta es un chollo

«Una familia normal es aquella que no sobrecarga sus neurosis inevitables con excesivas gesticulaciones (…). Utilizo esta definición de familia normal en cada una de mis conferencias porque doy por supuesto que una familia normal produce sus propias e inevitables tensiones cotidianas. La paz y la armonía absoluta se la dejamos para las familias perfectas. En una familia normal hay muchos momentos de plenitud inolvidable». «No es fácil enseñar a los hijos a hacer compatibles los hábitos de autocontrol y los de libertad, a respetar las convenciones sociales, a ser progresivamente autónomos, a utilizar el móvil de manera sensata, etc. Las tensiones son, pues, inevitables. Pero hay familias que se enfrentan a ellas a gritos, llevándose las manos a la cabeza, sobrecargando de tensión la tensión ya existente y hay familias que se enfrentan a sus problemas cotidianos -al menos habitualmente- sin añadirles tensiones histéricas».

Soy un padre normal e imperfecto y estoy orgulloso de serlo

«Hay muchas cosas que de poder volver atrás las haría de otra manera, aunque me temo que, en este caso, cometería errores nuevos. Pero mis dos hijos han crecido. Están casados y tienen sus propios hijos, y descubro con una inmensa satisfacción que les gusta venir a casa a comer los fines de semana y pasar unas horas con nosotros. Fue precisamente un sábado cuando me di cuenta de que soy un buen padre».

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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