La ventana discreta

De zorro a perro (y sin morderse)

De zorro a perro (y sin morderse)
Perro labrador.

Los que me conocen saben de mi debilidad por los animales. No en balde, mi último programa en TVE, «En Verde» -lejos de la oxidada faz política-, nació en defensa de los animales y de la Naturaleza, redundancia feliz por la creación, el medio ambiente y cuarto menguante.

Pero el socialismo zapateril, que siempre se las dio de ecologista y unos huevos, taurinos, sanguinarios, el nacionalismo catalán es una cosa más de la cosa, quitó el espacio de la programación, concretamente la sectaria señora Cafarell, hija de aquel actor que tanto trabajó en los «Estudio 1», con lo malo que era Franco.

Bueno, pues leo en la Red que un zorro que fue encontrado por el campo con solo cuatro meses hoy tiene el comportamiento de un can, también llamada mascota por determinados veterinarios cursis e insensibles, yo tengo como talismán una pezuña de conejo.

En este sentido, discurriendo por las lomas de la Maliciosa, la montaña mítica de la sierra norte de Madrid, donde vivo, mi maravilloso golden «Niebla» fue a saludar a un montañero, y él le dijo, respetuoso, «vete con tu dueño», a lo que respondí: «No soy su dueño, señor, es mi amigo».

Mas me desvío. La amiga (no me gusta la palabra dueño/a que es posesiva y esclavizadora, reitero) es una chica de Staffordshire, Inglaterra, que saca a «Todd», el zorro, al parque y convive con dos «labradores» -primos hermanos de los golden- que Emma D’Sylva tiene en su casa.

Con los que juega o imagina juguetes por doquier en su sueño perpetuo porque el mamífero de cola larga y orejas puntiagudas es ciego. «Todd» se arrulla en los brazos de su amada protectora y en cuanto la olfatea hopea su cola, vibra de contento y se estremece de amor.

Se han descrito cientos de historias sobre perros. Pero la que más me impactó fue «De vuelta a casa», de Disney, no en dibujos sino en animación real: tres perros y un gato deciden ir a buscar a sus dueños que se habían marchado a otra casa en la montaña nevada con riscos peligrosísimos. La aventura estremece y te hace llorar.

La película la vi con mi entonces novia, la catedrática de Ortodoncia Dra. Muelas, que enseguida se quedó frita. Manda huevos. Fue en una de las salas multicine del Bilbao. Sin apenas público; las otras, llenas a base de sexo.

Y ya para horadar del todo el lagrimal, escuche usted la canción «Callejero» de Alberto Cortez y se estremecerá.

Por último, me siento muy alagado cuando saqué en los albores de los 90 mi novela «Canela», considerada -según la crítica- una de las obras señeras de Guadalajara, tierra materna, la mía, junto a «Viaje a la Alcarria» o «El río que nos lleva».

A este respecto, Eduardo Chamorro, en la crítica sobre mi maravillosa spaniel escribió:

«Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero Santiago es el mejor amigo del perro».

Tal distinción, perdón por la inmodestia, es mi mayor galardón, aunque me haya salido un pareado.

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