Hay una escena en la película Cuando Harry encontró a Sally que en 1989 hizo reír a todo el mundo y que treinta y cinco años después sigue siendo la descripción más precisa que el cine ha dado de un fenómeno que las estadísticas confirman como mucho más frecuente de lo que la mayoría de los hombres imagina.
Meg Ryan, sentada en una cafetería de Nueva York, finge un orgasmo con tal convicción que la señora de la mesa de al lado, interpretada por la propia madre del director Rob Reiner, pide al camarero «lo mismo que ella».
La sala entera ríe. Pero detrás de esa risa hay una verdad incómoda que los datos confirman con una claridad que no admite interpretaciones optimistas.
El orgasmo fingido: datos que incomodan
El 60% de las mujeres españolas ha fingido un orgasmo en algún momento de su vida, según una encuesta de LELO, la marca sueca de juguetes eróticos de lujo. La principal razón, según el mismo estudio, fue evitar que la otra persona se sintiera mal (35,5%). Le siguen el deseo de terminar la relación lo antes posible porque no se estaba disfrutando (22%) y evitar que la pareja se sintiera no deseada (20%).
Cuatro de cada diez personas no saben identificar cuándo su pareja está fingiendo.
Y el dato más revelador de todos: el 46% de los hombres alcanza siempre el orgasmo al mantener relaciones con otra persona. En el caso de las mujeres, esa cifra cae al 20%.
La brecha no es accidental. Es el resultado de siglos de educación sexual asimétrica en que el placer femenino ha sido sistemáticamente ignorado, minimizado o directamente negado.
Los fingimientos más famosos de la historia del cine
El orgasmo simulado ha tenido sus grandes intérpretes en la pantalla grande, y no precisamente en el cine para adultos. Algunas de las actuaciones más memorables sobre el tema pertenecen al cine de autor y al cine comercial más exigente.
- Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally (1989) protagoniza la escena más citada de la historia del tema. Cinco minutos de gemidos, jadeos y gestos en una cafetería pública que terminan con la frase más célebre de la película. El director Rob Reiner admitió que Ryan improvisó gran parte de la actuación y que el rodaje de esa escena requirió varias tomas porque el equipo no podía parar de reír.
- Natalie Portman en Cisne Negro (2010) ofrece una versión radicalmente diferente del tema: no finge ante una pareja sino ante sí misma, en un personaje que ha disociado tan completamente el placer de la experiencia que ya no sabe distinguir lo real de lo representado.
- Julianne Moore en Boogie Nights (1997) de Paul Thomas Anderson construye el retrato más complejo del cine sobre una actriz del cine para adultos cuya vida entera es una actuación dentro de la actuación, donde los límites entre lo fingido y lo auténtico se han borrado por completo.
- Meryl Streep en Kramer contra Kramer (1979) y en múltiples entrevistas posteriores habló sobre cómo las actrices de su generación aprendieron a representar emociones que el sistema no les había permitido experimentar libremente, una metáfora que trasciende el ámbito sexual.
- Monica Bellucci en Irreversible (2002) de Gaspar Noé protagoniza la escena más brutal y más honesta del cine contemporáneo sobre la violencia sexual y sus consecuencias, en un film que deliberadamente invierte la cronología para mostrar el antes y el después de la agresión.
- En el cine español, Penélope Cruz en Volver (2006) de Almodóvar construye un personaje cuya relación con el placer y con el dolor está tan entrelazada que resulta imposible separar lo auténtico de lo representado, en una actuación que le valió el César y la nominación al Oscar.
Qué es realmente un orgasmo
Más allá del cine y las estadísticas, la ciencia tiene una definición que combina la fisiología con la psicología de una forma que la cultura popular raramente captura bien.
Para el médico psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin, el orgasmo es «una descarga de tensión física acompañada de una intensa sensación de placer». Pero añade algo que la definición puramente fisiológica pierde: «El orgasmo es una respuesta fisiológica, emocional y social que une el cuerpo a la capacidad de gozar y de compartir la experiencia sexual».
La especialista en sexualidad Francesca Gnecchi lo describe de forma más poética pero igualmente precisa: «El orgasmo es la consecuencia del encuentro entre dos o más personas dispuestas a abandonarse a sus sensaciones, a sentir placer, a encontrarse y a conocerse sin tabúes, sin vergüenza y sin temores». Y añade el elemento que con más frecuencia se olvida: sin el miedo a hacer el ridículo.
La anorgasmia: cuando el placer no llega
El 20% de las mujeres españolas son anorgásmicas, es decir, no alcanzan el orgasmo o rara vez lo hacen, según un estudio de Erotique Pink y la SASH de 2018. A nivel mundial, la cifra afecta a alrededor del 30% de las mujeres. En Asia los números alcanzan el 40%.
El 90% de las causas de la anorgasmia son psicológicas, no fisiológicas. La principal es la ansiedad de rendimiento: la mujer se convierte en espectadora de sí misma, pendiente de la imagen que ofrece, de si está gustando, de si el otro estará satisfecho, incapaz de abandonarse a la sensación porque la vigilancia permanente bloquea exactamente el mecanismo que hace posible el orgasmo.
«La clave del orgasmo está en la pérdida de control», señala la especialista. «En un orgasmo se pierde, por unas milésimas de segundo, el control de la corporeidad. Hay que permitirse perder el control; es probable que muchas mujeres no quieran o no puedan pasar por la experiencia con total libertad y sin prejuicios».
La diferencia entre hombres y mujeres: no es lo que parece
La respuesta sexual femenina no es lineal como la masculina. En los hombres el proceso sigue una secuencia relativamente predecible: deseo, excitación, meseta, orgasmo. En las mujeres, según el modelo de Rosemary Basson, profesora de la Universidad de Columbia Británica y directora de su departamento de medicina sexual, la respuesta es circular: la excitación y el deseo se retroalimentan en función del grado de intimidad y de la calidad de los estímulos recibidos.
Esa diferencia explica por qué las estadísticas de orgasmo son tan asimétricas entre géneros y por qué las condiciones en que se produce el encuentro importan para las mujeres de una manera que el modelo masculino no captura bien.
A diferencia de los hombres, las mujeres tienen un período refractario muy corto o inexistente y pueden alcanzar orgasmos múltiples si la estimulación continúa. Y mientras que para los hombres la sensación de placer se localiza principalmente en la región genital, las mujeres experimentan el orgasmo de pies a cabeza.
Los tipos de orgasmo femenino
La investigadora y educadora sexual Betty Dodson clasificó al menos nueve formas diferentes de orgasmo. Las más estudiadas y documentadas son el orgasmo vaginal, que irradia profundamente por todo el cuerpo con contracciones rítmicas de las paredes musculares vaginales y que paradójicamente es el más conocido y el más difícil de conseguir; el orgasmo clitoriano, que produce una sensación de hormigueo a través de la superficie de la piel y que es estadísticamente el más frecuente; y el orgasmo del punto G, que requiere posiciones específicas o estimulación con juguetes diseñados para alcanzar esa zona interior de la vagina.
Una investigación del Instituto Kinsey de la Universidad de Indiana confirmó que cuando el clítoris entra en juego, más del 40% de las mujeres alcanza el orgasmo en más del 75% de las ocasiones. Solo el 18% reconocía poder llegar al clímax únicamente con la penetración vaginal.
Lo que cambia cuando se habla de esto
«La comunicación en la pareja, la autoexploración y la educación sexual son fundamentales para lograr cambios verdaderamente significativos en la vida sexual de las mujeres», afirma Gnecchi. «Hay que permitírselo y no demandarlo en el otro. Es importante el aprendizaje de nosotras con nuestros cuerpos».
El problema, como siempre, es cultural antes que fisiológico. Las mujeres cargan, en palabras de Gnecchi, «con la mochila del pasado, un pasado en el que su disfrute se encontraba oculto y en el que las relaciones estaban dadas por y para la reproducción».
Cambiar eso requiere algo más que información. Requiere el tipo de conversación honesta que el cine, cuando es valiente, lleva décadas intentando provocar.
Desde aquella cafetería de Nueva York donde Meg Ryan demostró que el fingimiento es un arte, hasta los laboratorios del Instituto Kinsey donde los científicos intentan entender por qué el placer femenino sigue siendo la gran asignatura pendiente de la sexualidad humana.
La señora de la mesa de al lado lo tenía claro.
Quería lo mismo que ella.
Pero esta vez, de verdad.