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¿Qué es la crisis de los 40 y cómo puede resolverse?

Lo que sucede en esa mal llamada crisis de los 40 no es característico de hombres ni de mujeres. Nos puede pasar a todos y tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de ello

¿Qué es la crisis de los 40 y cómo puede resolverse?

La famosa mid-life crisis, como la denominan los estudiosos norteamericanos que más la han analizado, no es una etapa vital por la que necesariamente todos tengamos que transitar, pero sí es cierto que obedece a un patrón que es identificable en diversos perfiles de pacientes, sin que a todos les defina una misma y particular vulnerabilidad psicológica.

La mal llamada crisis de los 40 puede afectaros cerca de los 30 o de los 50, pero se relaciona, en cualquier caso, con un denominador común: la persona se sitúa en una etapa vital en la que se precipita la necesidad de hacer cierto análisis de nuestra vida o de elaborar un balance que de cuenta de la consecución (o no) de todas esas expectativas e ilusiones que habíamos depositado sobre nuestro ‘yo’ en el futuro, y cuyos frutos ya podemos evaluar una vez se han ido consumiendo algunos plazos y la perspectiva ya es posible al disponer de una medida de tiempo razonable.

Desde una posición excesivamente crítica y auto exigente tendemos a olvidar las circunstancias de vida que nos han ido confiando y, por lo tanto, valoraremos más mal que bien todo eso que hemos conseguido (o dejado de conseguir), como si fuera extremadamente poco en relación a lo que ansiábamos.

En tal momento de auto exigencia tampoco somos conscientes de que quizá esas expectativas estaban mal planteadas desde el inicio, infladas de manera injustificada o formuladas desde una posición de inmadurez y desconocimiento.

Obviamos también que, si bien hay cosas que sí nos compete a nosotros lograr, por el camino nos vamos encontrando con múltiples imprevistos que no estaba en nuestra mano gestionar. Nos juzgamos duramente en esa mirada al pasado como si hubiésemos tenido mas poder, más fuerza y más control de lo que humanamente nos es posible tener; como si cada momento de flaqueza que hubiésemos tenido se hubiera podido evitar.

En tal contexto, la frustración contamina todas nuestras interpretaciones y esa mirada pesimista hacia el pasado nubla también la proyección de futuro: lo que queda por delante no es peor, sino todo lo contrario, pero en lugar de ver en el futuro la oportunidad solo vislumbramos auto reproche y derrotismo.

Esto no significa que esta situación no pueda resolverse, o incluso prevenirse. Pero instalarse en tal estado de ánimo sí conlleva un riesgo particular: el de la evitación pesimista, el de razonar en términos emocionales y cometer el error de sacrificar nuestro futuro por localizarnos en el lamento a propósito de nuestro pasado.

Mucho ojo, porque esto, ahora sí, lo elegimos voluntariamente, o, al menos, disponiendo de alternativas y pudiendo hacer algo al respecto, pudiendo asumir responsabilidades para evitarlo.

El riesgo, entonces, es el de mirar para otro lado cuando en lugar de atender de manera provechosa y resoluta a nuestras emociones.

La desilusión y la frustración propias de esa especie de balance a mitad de vida lo que nos indican es que se ha producido una importante disonancia entre nuestros deseos, nuestros auto concepto y nuestros esquemas de pensamiento y todo aquello que observamos cuando echamos un vistazo a nuestro alrededor.

Es decir, o bien es cierto que no hemos hecho lo suficiente por hacernos cargo de nuestros proyectos, o bien es que aquellas proyecciones de futuro se habían planteado de manera absolutamente irracional. La disonancia nos indica que o bien hemos de cambiar el esquema o bien hemos de cambiar el comportamiento y la actitud, pero que en cualquier caso de brazos cruzados no podemos quedarnos porque nos condenamos al sufrimiento y a la resignación.

¿Qué hacer entonces? Fácil: ocuparnos y resolver. De este punto de inflexión podemos salir muy reforzados (y así suele suceder, de hecho) pero para ello es importante pararse a analizar a fondo nos está ocurriendo. En este proceso, la guía de un profesional de la psicología puede ser de gran ayuda.

Lo que la crisis nos pide es análisis y resolución. La situación nos pide parar para tomar conciencia de lo que efectivamente esas emociones nos estaban alertando, atenderlas y responsabilizarnos de las ideas y esquemas de pensamiento que las estaban generando. Sólo así podemos tomar las medidas que sean oportunas o emprender las acciones que más coherentes sean con nuestra identidad.

La resolución de esa crisis no puede estar exenta de cambios y para salir enriquecido de esta encrucijada suele ser necesario, como mínimo, replantearnos algunos hábitos de vida, asumir algunas responsabilidades que se habían dejado de lado, modificar ciertas interpretaciones sobre el mundo que nos rodea y formular objetivos de vida novedosos y más realistas.

Autor

Ana Villarrubia

Ana Villarrubia es Psicóloga Sanitaria, directora del centro sanitario 'Aprende a Escucharte', docente en la rama clínica de la psicología, escritora y colaboradora en múltiples medios de comunicación.

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Experto
Ana VillarrubiaPsicología

Ana Villarrubia Mendiola es Psicóloga Sanitaria, Experta en el tratamiento de trastornos de personalidad, Experta en terapia de pareja, Especialista en Psicoterapia y Psicodrama, docente en diversos másteres de psicología clínica y terapia cognitivo-conductual, y divulgadora en múltiples medios de comunicación, directora del Centro de Psicología ‘Aprende a Escucharte’, en Madrid, y autora del libro ‘Borrón y cuenta nueva: 12 pasos para una vida mejor’.

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